Zona Analítica, por César Santomé López. Analista y consultor.
Hasta dónde ha llegado la política que las características personales de los políticos se han convertido en objeto privilegiado del análisis y no sus decisiones, errores, aciertos y resultados en el ejercicio del poder. Estamos frente a un enorme distractor social: el espectáculo de las acusaciones y descalificaciones personales mientras, detrás del escenario, se mueven las piezas y las reglas que pueden costarnos mucho más de lo que pensamos.
Ya ni siquiera los códigos o perfiles ideológicos se conocen o se discuten suficientemente. Lo personal de cada político debería importarnos cuando transgrede el pacto al que se comprometió al asumir una responsabilidad pública: servir al país y a sus ciudadanos. Una cosa es la vida privada y otra aquello de su conducta personal que compromete el ejercicio de la función pública.
Para las nuevas generaciones, la política corre el riesgo de convertirse en una especie de show del Gran Hermano. Y con ello permitimos también la degradación de la vida democrática.
Esta desmedida atención a lo personal puede obedecer a una estrategia que sirve tanto a gobernantes como a opositores: evitar que reparemos en sus lamentables limitaciones y en lo caro que resulta mantener un politburó y una burocracia que, en buena parte, puede ser inútil e ignorante.
El descuido del debate democrático es directamente proporcional a la excesiva cobertura de los pecados personales de quienes participan en política. El escándalo desplaza al análisis; la filtración sustituye a la evaluación; la descalificación ocupa el lugar de la rendición de cuentas. Prestamos poca atención a debatir qué hicieron bien, qué hicieron mal, qué prometieron, qué cumplieron, qué libertad coartaron, cuánto costaron sus decisiones y cuál fue el daño que produjeron las corruptelas, incompetencias o abusos de poder.
A veces parece importar más si un político se baña, es gordo o resulta personalmente desagradable que el daño que puede provocar al país su ignorancia, incompetencia o corrupción. Llegamos al extremo de asomarnos tanto a la vida privada de los políticos que terminamos convirtiéndolos en mártires o verdugos y así el personaje se beneficia de una cultura política que ha sustituido la observación del desempeño por el espectáculo.
El “antipriismo”, el “antimorenismo”, el “antipanismo” o la satanización del régimen neoliberal son moneditas de oro de este fenómeno. Deberíamos evaluar el ejercicio del poder mediante indicadores de paz, seguridad, desarrollo económico, pobreza, educación, salud, corrupción, calidad institucional, autonomía de los poderes y libertades.
Los gobiernos y los poderes Legislativo y Judicial deberían responder a evaluaciones autónomas de su desempeño de manera natural y programada.
Y aquí aparece una distinción importante: la narrativa gubernamental no sustituye la evaluación independiente ni los datos duros. Un gobierno no puede ser al mismo tiempo ejecutor, comunicador, evaluador y juez definitivo de sus propios resultados. Información, evaluación y rendición de cuentas son cosas distintas y las tres son indispensables para una democracia.
Nos quieren hacer creer que el gobierno o la administración de la cosa pública dependen demasiado de algunas características personales de quienes gobiernan. Las nuevas narrativas atribuyen a los mesías capacidades y virtudes que muchas veces nunca demostraron.
Gobernar es administrar instituciones, servicios y procesos regulados por leyes. Y al frente de ellos deberían encontrarse personas que cumplan por lo menos tres condiciones: entender que ejercen un servicio público, saber cómo desempeñarlo y poder hacerlo eficientemente. Parece elemental, pero cada vez resulta menos frecuente encontrar juntas las tres condiciones.
Tal vez por eso una parte creciente del espectáculo político consiste en señalar culpables para todo: para cada fracaso, para cada reto que no comprenden, para cada corruptela descubierta. Tal vez por eso tenemos tantos chivos expiatorios. Cuando una sociedad deja de evaluar y de premiar o castigar a los políticos por su desempeño comienza la debacle. Dejamos de ser ciudadanos y nos convertimos en espectadores. Y eso beneficia particularmente al populismo: la democracia necesita ciudadanos; el populismo necesita aficionados.
Así alimentamos una involución política que sigue recuperando viejo lenguaje para una sociedad que debería estar diseñando su futuro. Renovemos entonces el catálogo de objetos de nuestra vigilancia democrática. Frente a las agendas que hoy nos ofrece la política, importa saber con quién se pacta y quién gobierna, pero importa todavía más saber cómo se gobierna, cómo se legisla y cómo se juzga.
Muy pronto tendremos oportunidades para poner a prueba nuevos criterios para vivir la política. Pero el problema rebasa cualquier elección. Si no recuperamos nuestra capacidad para evaluar a quienes ejercen el poder, seguiremos eligiendo personajes cuando deberíamos estar evaluando capacidades, instituciones y resultados. El espectáculo necesita personajes; la democracia, resultados.












