Zona Analítica. Por César Santomé López. Analista y consultor.
Varios gobiernos del mundo están sometidos a una inmensa presión. Francia, Estados Unidos, Italia, México y numerosos países europeos y latinoamericanos enfrentan tensiones cada vez más difíciles de contener dentro de los límites de la política actual. He leído con interés diversos comentarios sobre la evolución de estas crisis que, por lo pronto, no conforman una sola crisis mundial, pero nos están dejando una sensación incómoda de que las distintas crisis están comenzando a encontrarse.
Y no sólo los gobiernos están preocupados. Grupos sociales de diverso origen y ciudadanos perciben que la crisis parece demasiado grande, demasiado extendida y demasiado difícil de resolver. Parte de esa sensación corresponde a que no estamos frente a un problema repentino: se vino gestando desde hace años y adquiere ahora una dimensión generacional.
Los jóvenes serán actores principales de esta etapa, pero no todos llegan a esta crisis en las mismas condiciones. Los jóvenes de cada país cuentan con herramientas intelectuales, educativas, económicas y políticas muy distintas. Sus preocupaciones parecen coincidir: incertidumbre económica, vivienda cada vez más costosa, transformaciones laborales muy severas, deterioro de los servicios públicos, cambios tecnológicos para los que no todos están preparados, participación política limitada o capturada por los gobiernos y desconfianza institucional.
Si bien la crisis puede sentirse global, las capacidades nacionales para comprenderla y enfrentarla son locales y profundamente desiguales. Y eso puede ser importante, ya que una generación conectada casi permanentemente puede reconocer en segundos que sus problemas no son completamente excepcionales. Un joven francés, mexicano, chileno, español o griego puede descubrir que otros enfrentan dificultades parecidas para acceder a vivienda, conseguir empleo estable, financiar estudios, acceder a servicios públicos razonables o simplemente imaginar un futuro mejor.
Esta crisis es disruptiva por al menos tres razones. La primera es la interdependencia económica que se desprende de la globalización: cadenas productivas distribuidas, alta especialización regional, rutas de comercio mundial digitalizadas, finanzas compartidas, lógica energética en constante cambio, reacomodo geopolítico y cadenas de suministro a escala global. La eficiencia del mercado se convirtió en principio de organización productiva, pero sin consideraciones sociales suficientes. Esa tarea correspondía a los gobiernos.
A ellos les correspondía construir explicaciones y rutas de educación, preparación, protección social, salud, vivienda, movilidad, infraestructura, regulación y mecanismos de compensación para quienes recibían los costos de esa integración económica. Esas tareas tienen una alta complejidad técnica y no serán fáciles para gobiernos poco preparados profesionalmente.
No todo fue fracaso. El neoliberalismo resolvió problemas, generó crecimiento, integración económica, innovación y modernización en numerosos sectores, pero dejó también desigualdad, precarización, territorios rezagados, pérdida de confianza y sociedades que comenzaron a sentir que la economía avanzaba mientras una parte de ellas quedaba atrás.
La segunda razón de esta crisis disruptiva es la hipercomunicación. Nunca el mundo había estado conectado de esta manera. La información viaja en segundos y con ella las imágenes, los agravios, los temores, las expectativas, las frustraciones y las formas de protesta. De esta manera se transmiten también sensaciones. El resultado es que se crea una especie de comunión global en plena crisis.
Un acontecimiento ocurrido en París se vive en tiempo real por todo el mundo. Una protesta, un abuso policial, un desalojo, una movilización o una confrontación política ya no están confinados al territorio donde ocurren: son ahora experiencias compartidas. Las sociedades descubren que muchas de sus frustraciones tienen equivalentes fuera de sus fronteras.
La tercera razón es la convergencia. No se trata de una sola crisis: enfrentamos varias que se superponen. Crisis social, política, económica, energética, inmobiliaria, climática, educativa, tecnológica, generacional e institucional. Y entre ellas se retroalimentan.
Entonces vale preguntar: ¿qué clase de política puede responder a una realidad semejante?
Al parecer, la lógica de los gobiernos populistas de cualquier signo han conseguido muy pocas de las respuestas necesarias y no las tendrá nunca.
Agotaron muy rápido su lógica de simplificar lo complejo, polarizar a la sociedad, destruir instituciones y capacidades nacionales autónomas que les estorbaban y reducir libertades ciudadanas en aras de “protegernos” de las ideas de los enemigos del pueblo y de los adversarios.
Las tendencias de recientes regímenes por el mundo se parecen: fracasan y pueden orillar a sus sociedades al siguiente salto hacia el extremo contrario. El común denominador es la pretensión de crear ciudadanos sometidos o dominados, a quienes conducir y utilizar en nombre de su “propio bienestar”.
El mesías populista no dice la verdad porque puede confundir; no permite la libre decisión porque el adversario puede engañarte; no tolera opiniones críticas porque “mienten” y debe proteger tus derechos de audiencia; no acepta determinados hechos porque el adversario los utiliza contra el pueblo.
Estamos olvidando que la democracia no es perfecta y supone incertidumbre, conflicto, negociación, límites al poder, diversidad de opiniones y responsabilidad individual. La democracia ofrece muchas dificultades: no elimina el conflicto, lo gestiona; no destruye al adversario, se enfrenta con él e incorpora ideas e intereses; no elimina los contrapesos, los necesita; no evita toda incertidumbre, la transforma en análisis, decisiones informadas, alternancia y límites al poder. La democracia limita el poder precisamente porque reconoce que nadie debe ejercerlo sin contrapesos.
Y ésta es la razón por la cual una posible salida a la crisis no consiste en regresar simplemente al modelo que fracasó ni en profundizar el populismo que nos conduce hacia la concentración del poder y hacia el empobrecimiento. Tenemos un desafío mucho más complicado y que nos costará mucho más trabajo del que pensamos.
Como dije en la entrega pasada, no es posible pensar que nuestra mejor aspiración sea recuperar lo que se ha destruido. Necesitamos trabajo y democracia y será difícil porque los regímenes populistas terminan destruyendo incentivos para trabajar, realizar un esfuerzo profesional y participar sin tutelas enajenantes.
Estamos a tiempo de reconstruir lo más elemental: jueces que sepan de leyes y de la Constitución; prensa crítica; expertos; oposición; instituciones autónomas; sociedad organizada y, más que denuncias y argumentos defensivos, ideas constructoras y métodos para solucionar y orientar la política.
Necesitamos una arquitectura institucional que permita gobernar sin dominar, que permita administrar sin robar y que nos obligue a recuperar la idea de que la democracia puede ser una política de equilibrio y progreso, sin moralizar y sin polarizar.
Se impone recuperar la razón y la objetividad. No será fácil, pero vale la pena intentarlo antes de que nuestro voto termine valiendo menos que un pejepeso.











