Morena define a Mojica y Torres Piña en dos estados

Morena en Guerrero y Michoacán ya movió sus fichas más pesadas rumbo a 2027. El 14 de septiembre de 2026, la dirigencia nacional del partido presentó a Beatriz Mojica como coordinadora de la Defensa de la Transformación en Guerrero y a Carlos Torres Piña como coordinador en Michoacán, dos nombramientos que, aunque todavía no equivalen formalmente a una candidatura constitucional, sí los colocan como las cartas más fuertes del oficialismo en ambos estados. Para decirlo sin rodeos: Morena en Guerrero y Michoacán acaba de prender la carrera local con dos decisiones que reordenan grupos, alianzas y egos dentro del movimiento.

Dos nombramientos que mueven el tablero rumbo a 2027

Lo que ocurrió no fue un simple anuncio partidista de rutina. Morena llega a este punto después de un proceso interno que arrancó en junio de 2026, cuando abrió el registro de aspirantes en los 17 estados que renovarán gubernatura en 2027. Días antes de las definiciones en Guerrero y Michoacán, Ariadna Montiel había recordado que la convocatoria le daba al partido margen hasta diciembre para cerrar estas coordinaciones, precisamente para intentar procesar con calma las disputas internas y evitar que el pleito por las encuestas terminara por romper a la militancia. En ese contexto, los casos de Guerrero y Michoacán destacaban porque ambos concentraban jaloneos entre figuras con peso territorial, apoyos cruzados y lecturas nacionales sobre quién controla realmente la sucesión local.

La figura de coordinador o coordinadora de la Defensa de la Transformación se ha vuelto, en los hechos, el filtro clave de Morena para perfilar a sus futuros abanderados. Por eso cada anuncio trae más de una lectura. La primera es electoral: quien gana la coordinación se queda con la plataforma de organización territorial, discurso de unidad y exposición pública rumbo a la campaña. La segunda es política: también se mide qué grupo interno impuso condiciones, quién cedió y quién tendrá que tragarse el coraje para no romper. En Guerrero, el resultado benefició a Beatriz Mojica, una senadora con licencia y una vieja conocida de la política local; en Michoacán, el triunfo de Torres Piña fue leído como una victoria del bloque cercano al gobernador Alfredo Ramírez Bedolla. Esa combinación revela que Morena no solo está escogiendo perfiles competitivos, también está acomodando equilibrios de poder state por estado.

Además, el momento no es menor. Antes de Guerrero y Michoacán, Morena ya había adelantado nombramientos en Aguascalientes, Campeche, Colima, Querétaro y Sinaloa, así que estas nuevas designaciones sirven para mandar un mensaje interno: el partido quiere llegar al arranque real de la competencia con menos ruido del posible y con las estructuras territoriales ya alineadas. El problema, claro, es que la unidad en Morena casi nunca sale gratis. Cada encuesta deja heridos, y en estos dos estados los dejó visibles. Por eso el tono de la dirigencia y de los ganadores se concentró en una palabra que ya se volvió mantra: unidad. La cuestión es si esa unidad será auténtica o solamente la pausa obligada antes del siguiente jaloneo.

Guerrero: Beatriz Mojica gana la pulseada y cambia el guion

En Guerrero, Morena optó por Beatriz Mojica Morga, quien fue anunciada el 14 de septiembre como coordinadora estatal, una posición que la deja como virtual candidata del partido para la elección de 2027. La decisión no pasó desapercibida porque Mojica derrotó en la interna a perfiles con reflectores, como Esthela Damián, Abelina López y Karen Castrejón, en una contienda donde también flotaba el peso político del grupo de los Salgado. De acuerdo con la cobertura de ese día, el nombramiento fue presentado por la dirigencia nacional en la Ciudad de México y estuvo acompañado de un llamado explícito a cerrar filas. No era para menos: Guerrero llegaba con tensión acumulada, con un morenismo dividido entre las cartas locales, los perfiles cercanos al centro y el factor permanente de Félix Salgado Macedonio, que seguía apareciendo como un actor popular pero políticamente acotado por las reglas internas contra el nepotismo.

La lectura de fondo en Guerrero es potente. Mojica no es una improvisada ni una apuesta exótica de último minuto. Es senadora desde 2024, pidió licencia para competir y ya había buscado la gubernatura anteriormente. Su trayectoria viene de la izquierda guerrerense, con paso por el PRD y luego por Morena, y eso la convierte en una figura conocida tanto por las bases del partido como por los grupos que han disputado el control político del estado en la última década. Según las crónicas publicadas tras su nombramiento, la senadora llega respaldada por una mezcla de estructura local y acuerdo político, algo indispensable en una entidad donde Morena gobierna, pero donde la marca no alcanza por sí sola para apagar rivalidades. También hay otro detalle nada menor: en Guerrero, Morena prevé ir en alianza con el Partido Verde, mientras el PT tomaría otra ruta. En otras palabras, Mojica no solo tendrá que ordenar a los suyos; también deberá administrar la aritmética de una alianza parcial y convencer de que puede retener el estado sin abrir una guerra innecesaria con sus aliados.

El discurso de Mojica tras la designación buscó justo eso: bajar la temperatura. El mensaje se centró en servir, organizar y unir, y en la idea de que nadie sobra dentro del movimiento. Es el tipo de frase que suena institucional, pero en Guerrero tiene una carga práctica: Morena necesita evitar que la inconformidad se convierta en operación en contra, fuego amigo o abstención disfrazada. Y hay razones para pensar que ese riesgo existe. La propia nota de El Financiero reportó que Abelina López desconoció el resultado de la encuesta, mientras que la cobertura de El País interpretó la designación como un reacomodo en el que pesaron la gobernadora Evelyn Salgado, Félix Salgado y la dirigencia nacional. Dicho de forma más terrenal: Mojica ganó, sí, pero ahora debe demostrar que puede ser más que la vencedora de una encuesta y convertirse en el punto de equilibrio de un estado donde Morena suele ganar cuando logra contenerse a sí mismo.

También hay un dato simbólico que vale la pena subrayar. La apuesta por Mojica muestra que Morena prefirió una figura con trayectoria partidista, conocimiento del estado y capacidad de interlocución, en vez de una jugada puramente mediática. Para un partido que a veces resuelve sus internas entre encuestas reservadas y señales cruzadas desde el centro, Guerrero deja una impresión clara: el oficialismo quiso blindar una plaza complicada con una política que ya conoce el terreno, sus cicatrices y sus clanes. No es garantía de victoria, pero sí una pista bastante seria de por dónde piensa competir el partido: con estructura, memoria de izquierda y un discurso de unidad que intenta tapar, aunque sea con cinta adhesiva, las fracturas que quedaron abiertas.

Michoacán: Torres Piña se impone y el bedollismo saca músculo

Si en Guerrero la clave fue el equilibrio, en Michoacán la lectura principal fue el poder interno. Carlos Torres Piña fue designado coordinador de los comités de defensa de la transformación en el estado, y con ello quedó perfilado como el principal aspirante del oficialismo a la gubernatura de 2027. La noticia pegó fuerte porque dejó fuera a Raúl Morón, uno de los cuadros con más peso dentro de Morena en Michoacán, y porque confirmó algo que se venía comentando desde hace semanas: la contienda ya no era solo entre aspirantes, sino entre grupos que buscaban controlar la sucesión estatal. Torres Piña llegó a esta definición como exfiscal de Michoacán y exsecretario de Gobierno, es decir, con una hoja de servicios profundamente ligada al aparato estatal y con cercanía política al gobernador Alfredo Ramírez Bedolla.

Eso explica por qué la designación tiene una carga política mayor que la simple foto del destape. De acuerdo con la cobertura de El País, el triunfo de Torres Piña fue leído como una victoria del grupo de Bedolla frente al de Morón. Y aunque en público siempre se invoque la neutralidad institucional, los nombres que llegaron a la recta final dejaban ver ese pulso interno con bastante claridad. La Voz de Michoacán había señalado horas antes del anuncio que, además de Torres Piña y Morón, competían perfiles como Fabiola Alanís, Gabriela Molina, Gladyz Butanda y Celeste Ascencio, todos moviéndose en una cancha donde el resultado redefiniría el equilibrio de fuerzas locales. Al final, Morena optó por un cuadro que combina cercanía con el gobierno estatal, experiencia en operación política y una narrativa de continuidad del proyecto. En un estado complejo por seguridad, gobernabilidad y disputas regionales, el partido decidió apostar por alguien a quien considera capaz de ordenar territorio antes que por una figura solamente carismática.

La derrota de Morón, además, arrastra historia. En 2021 él había sido el candidato de Morena a la gubernatura, pero el Tribunal Electoral canceló su candidatura por irregularidades relacionadas con el reporte de gastos de precampaña; entonces Ramírez Bedolla entró como relevo y terminó ganando la elección. Ese antecedente vuelve todavía más pesada la decisión de 2026, porque no se trata solo de escoger al perfil mejor colocado para la siguiente elección, sino de definir qué grupo narrará la continuidad del morenismo michoacano. Bajo esa luz, la coordinación para Torres Piña funciona como premio, plataforma y mensaje. Premio, porque corona meses de competencia interna. Plataforma, porque le da una posición privilegiada en la construcción territorial. Y mensaje, porque deja claro que el bedollismo todavía tiene la mano firme dentro del partido en el estado.

Ahora bien, el gran reto de Torres Piña será demostrar que su victoria no se limita al círculo interno del poder. Morena necesita convertir la coordinación en un vehículo de cohesión, no en un trofeo de facción. Michoacán llega a la ruta de 2027 con problemas serios de seguridad, desgaste institucional y una oposición que seguramente intentará explotar cualquier división del bloque oficialista. Si el nuevo coordinador se encierra en la lógica de grupo, el costo puede ser alto; si logra incorporar a los equipos derrotados y traducir la operación partidista en narrativa de gobierno, la apuesta podría rendirle frutos. Por eso, igual que en Guerrero, la palabra unidad volvió al centro del libreto. Solo que en Michoacán el asunto suena todavía más rudo: aquí no basta con la foto de reconciliación, hará falta disciplina política de verdad para que los resentidos no terminen cobrando factura más adelante.

Visto en conjunto, los coordinadores de Morena en estados de Guerrero y Michoacán dibujan dos estilos de resolución interna con un mismo objetivo: llegar competitivos a 2027 sin incendiar la casa antes de tiempo. En Guerrero, Morena eligió una figura de trayectoria y equilibrio para retener una plaza complicada. En Michoacán, se inclinó por un operador con cercanía al poder estatal para consolidar la continuidad del grupo gobernante. Dos estados, dos lógicas, una misma urgencia: mantener el control político mientras el reloj electoral corre. Así que sí, el anuncio fue partidista, pero sus efectos ya son estatales. Y si alguien pensaba que faltaba mucho para 2027, la realidad es otra: en Morena la carrera ya arrancó, y arrancó en serio.

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