México a 216 años de Independencia, que cambió y lo que aún duele

De Política Alejandro Álvarez Manilla

El 16 de septiembre de 2026, México llega a 216 años del inicio de la Independencia. México a 216 años no es solo una frase de calendario ni un pretexto para el pozole, la bandera en el balcón y el grito con garganta prestada: es una pregunta incómoda sobre qué tan libre es un país donde la celebración se vive con orgullo, pero la conversación de fondo sigue atravesada por desigualdad, miedo y cansancio. La fecha importa porque el aniversario 216 no es una efeméride cualquiera; es un espejo. Y cuando México se mira en ese espejo, encuentra avances reales, sí, pero también una lista de pendientes que ya no cabe debajo del mantel tricolor. 

Hay algo muy mexicano en eso de celebrar incluso cuando las cosas no terminan de acomodarse. No es una contradicción menor: la conmemoración del 216 aniversario de la Independencia dejará en la Ciudad de México una derrama superior a 6 mil 700 millones de pesos, impulsada por restaurantes, bares, hospedaje y comercios. Es decir, la patria también pasa por la caja registradora. Y eso no tiene por qué verse con cinismo automático; también habla de una economía viva, de rituales compartidos y de una sociedad que todavía necesita símbolos comunes. El problema aparece cuando el festejo se vuelve una cortina cómoda y dejamos de hacer la pregunta central: después de más de dos siglos, ¿independientes para qué y para quiénes? 

La libertad que sí llegó

Sería injusto decir que nada ha cambiado. México de 2026 no se parece, ni de lejos, al país fragmentado, profundamente desigual y casi sin movilidad social ni derechos civiles amplios que emergió tras la guerra de Independencia. Hoy votamos, discutimos, nos organizamos, estudiamos más años, denunciamos abusos en tiempo real y participamos en una conversación pública mucho más amplia que la de cualquier generación anterior. Incluso la forma de informarnos dice mucho del salto histórico: de acuerdo con el INEGI, en 2024 nueve de cada diez personas en México usaban internet. La plaza pública ya no está solo en el zócalo; también vive en el celular. 

Eso cambia todo. Cambia la velocidad del enojo, la capacidad de exhibir a un funcionario, la manera de acompañar causas sociales y hasta el modo en que nos construimos como nación. La independencia, en su versión moderna, ya no consiste únicamente en expulsar a un poder externo; también pasa por tener voz, acceso a información y herramientas para no tragarse entero el discurso oficial, venga del gobierno, de los partidos o de los poderes económicos. En ese terreno, los mexicanos de hoy somos bastante más libres que nuestros antepasados. Más conectados, más conscientes y, para bien o para mal, menos obedientes.

También cambió la relación con la identidad nacional. Antes la patria se enseñaba casi como un altar intocable; hoy se discute, se cuestiona y se resignifica. Hay quien ve eso como falta de respeto, pero en realidad puede ser una forma más adulta de amor al país. Amar a México no tendría que significar repetir consignas sin pensar, sino exigir que el relato heroico se parezca un poco más a la vida diaria de su gente. Si algo hemos aprendido en más de dos siglos es que la patria no se defiende solo con ceremonias, sino con derechos que sirvan de verdad.

La deuda que nadie quiere brindar

Ahora viene la parte que duele y que arruina cualquier discurso demasiado triunfalista. Porque sí, México avanzó, pero avanzó chueco. Según el INEGI, en 2024 la pobreza multidimensional alcanzó a 38.5 millones de personas, equivalentes al 29.6 % de la población. La diferencia territorial además sigue siendo brutal: en el ámbito rural la pobreza fue de 45.8 %, mientras que en el urbano fue de 25.0 %. Dicho de otro modo, el país moderno existe, pero no llega igual a todos. Hay un México que pide comida por aplicación y otro que todavía pelea por lo básico. A veces conviven en la misma ciudad, a unas cuantas calles de distancia. 

Y esa es, quizá, la gran vergüenza nacional que suele perderse entre fuegos artificiales: nos encanta hablar de orgullo mexicano, pero seguimos normalizando que millones vivan con carencias estructurales. El mismo reporte del INEGI señala que en 2024 el 34.2 % de la población, es decir 44.5 millones de personas, tenía carencia por acceso a servicios de salud. Además, entre 2016 y 2024 la población que habitaba en viviendas con hacinamiento bajó, sí, pero todavía fue de 6.1 millones de personas en 2024. Entonces no, no basta con decir que vamos mejor si la dignidad material todavía depende demasiado del código postal. 

La otra herida es el trabajo. Nos gusta presumir que México es trabajador, echado para adelante, que siempre encuentra cómo salir. Y sí, pero a veces esa frase romántica solo maquilla precariedad. En febrero de 2026, la informalidad laboral alcanzó a 33.0 millones de personas y la tasa de informalidad fue de 54.8 %. Más de la mitad de la población ocupada estaba en esquemas sin la protección que debería ofrecer un mercado laboral digno. Aquí es donde el discurso de la independencia se estrella con la realidad: un país no termina de ser libre si millones dependen de ingresos inestables, sin seguridad social suficiente y con un horizonte siempre frágil. 

Y ojo: reconocer avances no obliga a maquillar la deuda. De hecho, al revés. Precisamente porque México ha demostrado capacidad para crecer, conectarse, exportar, innovar y reinventarse culturalmente, resulta todavía más irritante que siga cargando niveles tan altos de desigualdad y vulnerabilidad. Lo polémico no es decir que al país le falta; lo verdaderamente escandaloso sería actuar como si todo estuviera resuelto solo porque la macroeconomía aguanta o porque en septiembre la bandera vuelve a verse bonita en las plazas.

Vivimos mejor, pero no tranquilos

Si hubiera que resumir la vida mexicana contemporánea en una sola frase, quizá sería esta: vivimos mejor que antes, pero no vivimos tranquilos. La inseguridad sigue marcando la conversación pública y privada. Una encuesta de Enkoll para EL PAÍS y W Radio reportó en marzo de 2026 que casi la mitad de las personas encuestadas colocaba a la inseguridad como el principal problema del país. Y otro reporte de abril, también retomado por EL PAÍS a partir de datos recientes, señaló que 61.5 % de los mexicanos se sentían inseguros en la ciudad donde viven. Podremos tener más acceso, más consumo y más conectividad, pero la libertad se encoge cuando la rutina se organiza alrededor del miedo. 

Ese miedo tiene efectos concretos y también simbólicos. Cambia la hora a la que sales, la ruta que tomas, el negocio donde inviertes, la conversación que tienes con tus hijos y hasta la confianza con la que ocupas el espacio público. Por eso, cuando alguien dice que México ya es completamente libre porque tenemos instituciones, elecciones y mercado, la respuesta tendría que ser más exigente. La libertad no solo se mide en constituciones o ceremonias; también se mide en la posibilidad de caminar sin terror, de trabajar sin abuso y de enfermarte sin caer al vacío.

Aquí está la paradoja mexicana que más pega: somos un país culturalmente potentísimo, demográficamente enorme, geográficamente privilegiado y socialmente resistente, pero seguimos atrapados en la costumbre de administrar lo urgente en vez de resolver lo importante. Hemos aprendido a sobrevivir con una elasticidad admirable, aunque a veces esa misma capacidad de aguante se vuelve un problema. Aguantamos la corrupción, la impunidad, la precariedad y el mal servicio público hasta que terminamos llamando normal a lo inaceptable. Y un país que normaliza demasiado deja de indignarse justo donde más debería hacerlo.

México a 216 años, entonces, no tendría que ser solamente una ocasión para repetir el álbum patriótico. Tendría que ser una pausa seria para revisar qué significa hoy la palabra independencia. ¿Es independiente una nación donde millones están conectados, pero no protegidos? ¿Dónde la identidad nacional emociona, pero los derechos no siempre alcanzan? ¿Dónde la celebración une, pero la realidad divide? La respuesta, si somos honestos, es incómoda: hemos ganado libertades políticas, culturales y tecnológicas que nuestros antepasados no imaginaron, pero seguimos debiendo libertades básicas relacionadas con seguridad, salud, ingresos y justicia.

Por eso este aniversario no pide cinismo ni patriotismo de utilería. Pide madurez. Pide entender que querer a México no es aplaudirlo todo, sino negarse a conformarse. Que ondear la bandera sirve de poco si aceptamos que la mitad del esfuerzo nacional se nos vaya en corregir desigualdades que ya deberían estar mucho más acotadas. Y que recordar a Hidalgo, Morelos, Josefa o Guerrero solo tiene sentido si la pregunta por el país que dejaron abierta sigue viva en nosotros.

Tal vez el verdadero homenaje para este 16 de septiembre de 2026 no sea el grito más fuerte, sino la conversación más honesta. Celebrar lo que sí cambió, sin regatearlo; y señalar lo que aún duele, sin miedo a parecer incómodos. Porque después de 216 años, México no necesita menos orgullo: necesita menos simulación. Y si algo debería unirnos en esta fecha, no es la fantasía de que ya llegamos, sino la certeza de que un país más libre todavía está en construcción.

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