Por César Santomé López. Analista y consultor
La entrega anterior terminaba con una idea sencilla, pero extremadamente complicada para la lógica populista: comprender al adversario no significa concederle la razón. Y podríamos agregar ahora una idea más: cuando renunciamos a comprenderlo ponemos la primera piedra de una imagen del adversario que se parece cada vez menos a la realidad. Esto nos lleva al siguiente paso en la estrategia populista: la polarización como principio de simplificación de la realidad; como niego comprenderte, te simplifico y te etiqueto.
Con el arribo de los populismos y en coincidencia con la pandemia de COVID-19, en el mundo se gestaba otro contagio peligroso: el virus de la simplicidad. El populismo insistió en negar la complejidad y a cambio ofreció una simplificación majadera de la realidad que terminó por dominar buena parte de la política, contribuyendo a la masificación del ciudadano y facilitando su manipulación. Parte de los mecanismos del populismo consiste precisamente en simplificar y polarizar.
La diferencia política, social o cultural no constituye por sí misma un problema democrático; al contrario, es alimento de la democracia. Las sociedades plurales existen precisamente porque en ellas conviven intereses, valores, identidades y proyectos distintos. El problema comienza cuando dejamos de reconocer al otro como interlocutor y elegimos reducirlo a una etiqueta: conservador, progresista, neoliberal, populista, feminista, machista, migrante, extranjero, privilegiado, pobre, blanco, indígena. Hasta poseer una doble nacionalidad puede convertirse en sospecha para el populista. La etiqueta sustituye a la persona, simplifica, evita el esfuerzo de comprenderla y el prejuicio termina ocupando el lugar del conocimiento.
Entonces la polarización deja de ser solamente una categoría ideológica y se vuelve un instrumento simplificador que profundiza la fractura social e institucional. Ya no solamente discrepamos de lo que alguien piensa, sino que comenzamos a desconfiar de quien lo piensa. Después viene el desprecio y la utilización del cuento de la superioridad moral y de la diferencia entre un nosotros y un ellos. Finalmente, la sociedad puede adoptar la convicción de que convivir con ese otro constituye una amenaza. El adversario político se convierte entonces en enemigo moral y la diferencia social, racial, religiosa o de género puede transformarse en motivo de segregación, ataques y violencia.
Estos procesos no siempre ocurren de manera masiva y evidente; por ello resulta pertinente reconocer que la polarización actúa silenciosamente. Comienza a formar parte de las conversaciones familiares, de los grupos de amigos, de las empresas, de las universidades, de las redes sociales y de los espacios públicos. De esta manera interviene a la hora de decidir con quién hablamos, a quién contratamos, a quién escuchamos, de quién desconfiamos y con quién estamos dispuestos a convivir. Antes de expresarse en violencia puede haber producido fronteras sociales que comienzan a separar a personas que antes podían compartir un mismo espacio.
Por todo lo anterior resulta insuficiente estudiar la polarización únicamente como distancia entre partidos o posiciones ideológicas. También deberíamos observar sus consecuencias sociales. El odio político, racial, religioso o de género puede alimentarse de mecanismos semejantes: simplificación del otro, generalización, atribución de intenciones, deshumanización y construcción de enemigos. Cuando esas dinámicas se normalizan, la segregación puede preceder a la violencia y ésta terminar apareciendo como consecuencia aceptable de una diferencia que antes podía resolverse mediante una buena discusión y una convivencia de aprendizaje mutuo.
Nuestras democracias comenzaron a debilitarse cuando nosotros, los ciudadanos, dejamos de reconocer, respetar y comprender adversarios y a cambio sólo encontramos enemigos. Giovanni Sartori estudió hace décadas el peligro de los sistemas políticos excesivamente polarizados; investigaciones posteriores sobre polarización afectiva han mostrado algo todavía más inquietante: podemos estar menos separados por nuestras posiciones concretas de lo que estamos por nuestras identidades y nuestros afectos políticos.
Quizá por eso la polarización sea una de las palabras que mejor describen nuestro tiempo político. Siempre hemos estado divididos en lo político y en lo social, pero el grado y la intensidad que hoy experimentamos se amplifican por la enorme capacidad tecnológica y comunicativa que tenemos para clasificar, enfrentar y llevar al extremo la simplificación de nuestro razonamiento. Eso agranda nuestras diferencias al mismo tiempo que debilitamos nuestra disposición para comprender a los demás.
La polarización gana terreno cuando comprender al otro comienza a interpretarse como debilidad o traición; cuando dialogar parece atentar contra una pretendida superioridad moral y cuando cambiar de opinión se considera una derrota. Por estas razones la polarización resulta tan importante para el populismo: la niega como estrategia, pero la opera como táctica. Le permite justificar la concentración del poder, controlar la discusión pública, desacreditar instituciones y presentar cualquier contrapeso como obstáculo o enemigo.
Habrá quienes sostengan que la polarización no domina por igual todas las sociedades y tendrán razón. Sus formas e intensidad dependen de la historia política, de las instituciones y de la cultura ciudadana de cada país. Pero precisamente por eso conviene observarla más allá de su expresión político-partidista.
La polarización ya no es solamente una separación entre posiciones opuestas, como sugería originalmente la metáfora de los polos. En política ha terminado convirtiéndose en algo más: un mecanismo de reducción de la complejidad social. Una sociedad integrada por intereses, identidades, experiencias y posiciones múltiples termina comprimida en dos campos aparentemente homogéneos y enfrentados.
La polarización no elimina nuestras diferencias; las reorganiza alrededor de un eje elemental: nosotros y ellos. Cuanto más aceptamos esa simplificación, menos espacio dejamos para los matices, la negociación, el cambio de opinión y la construcción de acuerdos. El territorio intermedio comienza a parecer sospechoso: comprender al otro se interpreta como debilidad, negociar como claudicación y reconocerle alguna razón como traición.
Tal vez ése sea uno de los mayores peligros de la polarización: convertir una sociedad compleja en una realidad artificialmente binaria. Cuanto más difícil resulta comprender el mundo, más seductora puede volverse la promesa de explicarlo de manera simple mediante dos polos.








