De Política Alejandro Álvarez Manilla
A un día de que se cumplan dos años de la elección presidencial del 2 de junio de 2024, el balance político de Claudia Sheinbaum no puede leerse solo en cifras, reformas o conferencias mañaneras. También hay que verlo en las plazas llenas, en los templetes, en las transmisiones simultáneas y en esa narrativa que ha ido afinando con disciplina: Sheinbaum y soberanía nacional como una misma idea de poder. Desde su triunfo, validado por el conteo rápido del INE con una ventaja estimada de entre 58.3% y 60.7% de la votación, la hoy presidenta entendió algo clave: en México no basta con gobernar, también hay que escenificar el respaldo. Y en eso, le guste o no a sus detractores, ha mostrado oficio. (centralelectoral.ine.mx)
Lo interesante no es solo que Sheinbaum convoque gente. Lo verdaderamente llamativo es cómo ha convertido cada acto multitudinario en una pieza de narrativa política: el Zócalo como termómetro, el país como eco y la transmisión a distancia como extensión del músculo territorial. No es casualidad que su informe del 31 de mayo de 2026 se haya planteado desde el Monumento a la Revolución y, al mismo tiempo, con retransmisión en plazas públicas de los 32 estados. El mensaje es clarísimo: la presidenta no solo quiere llenar una explanada, quiere ocupar la conversación nacional al mismo tiempo. (elpais.com)
Del triunfo electoral al ritual de la plaza
Sheinbaum llegó al poder con una victoria amplia, pero también con un reto enorme: demostrar que su legitimidad no dependía únicamente del arrastre de López Obrador. En esos primeros meses, su gobierno necesitaba construir una identidad propia sin romper con la base obradorista. Y ahí aparecieron los actos públicos como herramienta política de primer orden. No como accesorio, sino como método.
Su informe por los primeros 100 días, realizado el 12 de enero de 2025 en el Zócalo capitalino, fue un ejemplo muy claro. En ese mensaje no solo presumió programas, obras o prioridades; también subrayó que en ese arranque visitó las 32 entidades del país y recorrió 32 mil 449 kilómetros. Es decir, la narrativa fue doble: gobierno en movimiento y cercanía territorial. No era una presidenta encerrada en Palacio, sino una figura que buscaba presentarse como presencia física constante. En política, eso importa mucho más de lo que a veces se admite. (gob.mx)
Hay quien minimiza estos eventos y los reduce a una vieja costumbre priista reciclada con colores guindas. La crítica no es menor y, de hecho, toca una fibra sensible: la línea entre rendición de cuentas, liturgia partidista y movilización corporativa a veces sí se vuelve borrosa. Pero quedarse solo con esa lectura también es corto de vista. Porque si algo ha demostrado Sheinbaum es que entendió el valor contemporáneo de la plaza: hoy no funciona solo para la foto aérea ni para la nota del día, sino como dispositivo de validación emocional. La multitud sigue diciendo algo, incluso en la era del algoritmo.
Su apuesta, además, tiene una diferencia importante frente a la política clásica del mitin: no depende solo del cuerpo presente. La presidenta ha combinado la liturgia de la concentración con la lógica del streaming, de la replica local, de la pantalla encendida en otras ciudades. Ese híbrido le permite construir una idea muy útil para su proyecto: que el apoyo no está concentrado en la capital, sino desplegado en red por todo el país. Y ahí es donde la operación política deja de ser solo un evento y se convierte en arquitectura de poder.
En otras palabras: Sheinbaum no ha usado las plazas como simple nostalgia del pasado, sino como actualización del viejo músculo territorial. Menos acarreo a secas, más sincronización simbólica. Menos centralismo puro, más sensación de país conectado a un mismo guion. Puede sonar frío, pero es eficaz. Y por eso sus eventos importan.
Plazas físicas, pantallas prendidas
El momento que mejor exhibió esa fórmula fue la asamblea del 9 de marzo de 2025 en el Zócalo, convocada en medio de la tensión con Estados Unidos por los aranceles impulsados por Donald Trump. Reuters reportó que Sheinbaum habló ante miles de simpatizantes en una concentración masiva donde sostuvo que el diálogo y el respeto habían prevalecido para lograr la pausa a los aranceles, pero también dejó una línea política que desde entonces no ha soltado: la soberanía de México va primero. Ahí se vio con toda claridad que sus actos multitudinarios no son solo celebraciones domésticas; también son escenarios para mandar mensajes al exterior. (investing.com)
Ese episodio marcó un antes y un después porque mezcló tres capas al mismo tiempo. La primera, la emocional: banderas, orgullo, respaldo popular, tono patriótico. La segunda, la diplomática: mostrar que la presidenta puede responder con firmeza sin romper de golpe con Washington. Y la tercera, la interna: recordarle a Morena, a la oposición y a los poderes fácticos que, cuando la coyuntura aprieta, ella puede llenar el Zócalo y monopolizar la narrativa del interés nacional. No es poca cosa.
Además, la escena del 9 de marzo dejó una enseñanza política bastante brutal: en tiempos de presión internacional, la plaza todavía funciona como refugio simbólico del poder. Mientras en otros países los liderazgos se blindan con comunicados fríos y ruedas de prensa calculadas, Sheinbaum eligió el formato de asamblea popular. Eso la conectó con una tradición muy mexicana de hacer política de cara al pueblo, pero con un giro contemporáneo: la imagen de la plaza ya no se queda en la plaza, rebota de inmediato en redes, canales, cuentas oficiales, medios locales y pantallas instaladas en otras ciudades.
Por eso el informe del 31 de mayo de 2026 no debe verse como un simple aniversario adelantado de su triunfo. El hecho de que el evento se organizara en el Monumento a la Revolución, con transmisión simultánea en plazas públicas de los 32 estados, revela una evolución de la estrategia. Ya no se trata solo de reunir a decenas de miles en Ciudad de México, sino de construir una experiencia nacional coordinada. Es la plaza física ampliada por vía digital. Un mitin que se vuelve red. Un mensaje central que baja al territorio sin necesidad de mover a todo el mundo a la capital. (elpais.com)
Y sí, aquí vale meter un poco de polémica: cuando un gobierno domina tan bien el formato del evento masivo presencial y remoto, la frontera entre comunicación pública y campaña permanente se adelgaza peligrosamente. Para sus simpatizantes, eso es liderazgo con contacto popular. Para sus críticos, es propaganda con recursos del poder. La discusión es legítima. Pero más allá de bandos, lo cierto es que Sheinbaum ha logrado algo que muchos presidentes quieren y pocos consiguen: que cada acto sea leído como prueba de fuerza.
Eso explica por qué sus eventos no son anecdóticos. Funcionan como termómetro, como advertencia y como blindaje. Si la oposición no logra disputar ese terreno simbólico, seguirá llegando tarde a la conversación. Porque en la política actual no solo gana quien administra mejor, sino quien logra que su imagen de mando parezca más grande, más estable y más compartida.
La soberanía como bandera y como examen
Si las plazas son el escenario, la soberanía es el libreto. Sheinbaum lo ha repetido una y otra vez desde el inicio de su mandato. En enero de 2025 aseguró que siempre defendería a México, al pueblo, a la soberanía y a la independencia nacional. Un mes después anunció una iniciativa de reforma constitucional para reforzar explícitamente la defensa de la soberanía nacional y prohibir cualquier intento de intervención extranjera. Ahí quedó claro que no era una frase lanzada al aire por coyuntura mediática, sino una línea política que su gobierno quería volver estructural. (gob.mx)
El problema —y también la potencia— de la soberanía es que sirve para casi todo. Sirve para cohesionar a la base, para responder a Washington, para elevar el tono ante una crisis y para marcar distancia con cualquier actor percibido como injerencista. Pero también corre el riesgo de convertirse en un comodín retórico. Cuando una palabra explica demasiado, empieza a desgastarse. Y ahí está la prueba que enfrenta Sheinbaum en este segundo tramo político: que la defensa nacional no se vuelva eslogan automático cada vez que arrecie la presión externa o la incomodidad interna.
En su mensaje del 31 de mayo de 2026, la presidenta volvió a apretar esa tecla con fuerza. N+ reportó que afirmó que México no acepta injerencias del extranjero y advirtió que cuando se presiona a las instituciones mexicanas desde fuera ya no se habla de cooperación, sino de injerencia. También llamó a realizar asambleas informativas en plazas públicas para llevar el mensaje al pueblo. Es decir, la soberanía no solo apareció como consigna de Estado, sino como convocatoria de movilización. Una defensa nacional que baja del atril a la calle. (nmas.com.mx)
Ahí está, precisamente, la jugada más inteligente de Sheinbaum: ligar la soberanía con participación. No presentarla como un concepto jurídico frío, sino como una emoción compartida, casi como identidad colectiva. En ese registro, la presidenta ha sido muy eficaz. Habla de soberanía y no suena a seminario universitario; suena a orgullo, a dignidad, a “aquí decidimos nosotros”. Y políticamente eso pega. Pega mucho, sobre todo cuando el vecino del norte vuelve a meter tensión en la conversación mexicana.
Pero ojo: esa misma eficacia puede volverse boomerang si no viene acompañada de resultados tangibles. Porque la soberanía no se defiende solo con discursos musculosos ni con plazas repletas. También se defiende con seguridad efectiva, instituciones que funcionen, crecimiento que no se desinfle y relaciones exteriores que sostengan la firmeza sin convertir cada diferendo en una batalla épica. Una presidenta puede ganar la plaza y perder el ánimo ciudadano si la vida cotidiana no mejora.
Por eso, a casi dos años de la elección, el saldo político de Sheinbaum es potente, pero no automático. Ha consolidado una forma de presencia pública que mezcla territorio, pantalla y narrativa patriótica. Ha usado los eventos multitudinarios físicos y a distancia como una extensión de su autoridad. Y ha hecho de la defensa nacional una marca de gobierno. En términos de comunicación política, eso es un logro serio. En términos de gobierno, es apenas la mitad del partido.
Mi impresión es esta: Sheinbaum entendió mejor que muchos de sus adversarios el clima de época. En un país cansado de élites que hablan en abstracto, ella ofrece símbolos claros, mensajes simples y escenas de comunidad política. El riesgo es que la puesta en escena se vuelva tan dominante que termine devorando la discusión sobre resultados. La oportunidad, en cambio, es enorme: si logra que esa narrativa de soberanía se traduzca en decisiones concretas que fortalezcan al país, habrá convertido el ritual en proyecto. Si no, sus plazas podrían terminar siendo puro eco.
En el corto plazo, sin embargo, hay una verdad incómoda para sus críticos: Sheinbaum no solo ganó una elección el 2 de junio de 2024; construyó, casi dos años después, una estética del poder propia. Una presidencia que se mide en multitudes, pero también en pantallas; en discurso institucional, pero también en emoción popular; en gobierno, sí, pero sobre todo en la capacidad de hacer sentir que la nación está siendo llamada a escena. Y hoy, para bien o para mal, esa mezcla de Sheinbaum y soberanía nacional sigue siendo uno de los relatos políticos más eficaces del país. (elpais.com)
Fuentes:
- Conoce los resultados del Conteo Rápido de la Presidencia de la República
- Versión estenográfica. Informe 100 días de gobierno
- Gobernadores, sindicatos y oposición asisten a informe de Sheinbaum en el Zócalo
- Presidenta anuncia iniciativa constitucional para reforzar la defensa de la soberanía nacional; con EUA hay coordinación, no injerencismo
- Siempre voy a defender a México por encima de todo: Presidenta Claudia Sheinbaum
- Mexico’s Sheinbaum rallies national pride after US tariff reprieve
- Claudia Sheinbaum rinde su informe nacional el 31 de mayo: horario, dónde ver y puntos clave
- Sheinbaum eleva el tono contra Estados Unidos en el aniversario de su victoria electoral
- “México No Acepta Injerencias”, Afirma Sheinbaum en el Monumento a la Revolución









