¿CONEXIÓN QUE AGOBIA O PENSAMIENTO QUE LIBERA?
Por César Santomé López Analista y consultor.
Expuestos como estamos a la velocidad e histeria colectiva amplificadas por las redes sociales, el balance es oscilatorio, a veces la presión digital actúa a favor de la sociedad o de alguno de sus grupos que demandan causa justa y a veces actúa en contra de la sociedad cuando las granjas de bots oficiales buscan apagar voces, polarizar y repartir culpas en lugar de repartir responsabilidades.
El punto de contacto se denomina hiperconectividad. En otras notas hemos repasado lo disruptivo de las crisis contemporáneas, la energética, la económica, la migratoria, la sanitaria, nunca las noticias, opiniones, criticas, resultados de investigación y análisis habían transitado por todo el mundo en segundos y ello agrega un ingrediente más a las crisis que no es fácil de neutralizar. Las olas informativas o desinformativas.
Hoy basamos buena parte de los atributos de una sociedad, de una empresa, de un país o de un inmueble, en su capacidad de conectividad, este atributo ya constituye buena parte de los elementos decisorios modernos. Si bien este atributo en sentido positivo nos permite advertir interacciones prácticamente con todo para tomar mejores decisiones y para aumentar las alternativas de solución y oportunidades para todos, en sentido negativo nos enfrenta también a nuevos riesgos que acompañan esa misma accesibilidad que elevan la necesidad de mejor gobernanza.
Para gobiernos más democráticos y avanzados, ésta hiperconectividad ha modificado para bien muchos aspectos de la vida en esas sociedades, la atención médica, el servicio postal, la gestión pública, la eficiencia gubernamental y la transparencia, la participación social y política, la ejecución de correctivos, el establecimiento de los límites al poder, la educación, en fin, otros muchos aspectos.
En otro plano, estas capacidades tecnológicas se vuelven una verdadera amenaza para regímenes en proceso de exterminación democrática, a quienes no les conviene ni les interesa, la transparencia, la eficiencia, la justicia, la salud o la educación. Esta capacidad moderna del hombre tiende a ser subutilizada, aplastada y condenada por ciertos gobiernos que ocultan, culpan y simulan.
En el mundo moderno del progreso estar conectado es normal y es fuente de bienestar, de permanente actualización y de factor de potencia de ciertas capacidades sociales y nacionales.
Y ello no está exento de problemas, la demanda eléctrica de los servidores más potentes y para la inteligencia artificial, es equivalente anualmente a una cifra cercana a la electricidad que consume un país como España en el mismo periodo.
Redes como la 5G o más potentes, el internet de las cosas y la inteligencia artificial, todavía no terminan de plantearnos la nueva realidad de la sociedad. Y esto lo deberíamos estar pensando ya. Así como prever el mejor uso de esa potencia tecnológica de procesamiento y de comunicación. La revolución digital incluso está modificando la geopolítica de la energía, los minerales estratégicos y la infraestructura tecnológica mundial.
Interdependencia que requiere justicia y equilibrios, daño ambiental que requiere cooperación, son solo ejemplos de aspectos que requieren análisis, prospectiva, negociación y regulación. Por el contrario, a ese tipo de ruta, países en regresión democrática vuelcan esfuerzos en opacidad, censura, polarización, vigilancia y control.
Este entorno tan conectado y discrecional, si bien no cancela la verdad, sí nos expone a narrativas de medias verdades, mentiras, desinformación y pone en la imaginaria social emergencias falsas que justifican toda clase de arbitrariedades y corrupción. Con lo cual las en un solo país se están gestando sociedades paralelas, comunidades políticas cerradas que ya no comparten hechos sino únicamente narrativas, no necesariamente verdades y que poseen casi nula conciencia del ecosistema externo nacional e internacional. Autocontenidos por un régimen se autocomplacen mientras reciben la dádiva estatal.
Entonces terminamos viviendo dos mundos, uno conectado, más o menos eficiente y que progresa y otro autocontenido convencido de una posverdad que le fue inyectada en la imaginaria a base de narrativa constante.
A escala global es un problema, o peleas por acuerdos con potencias que no están muy entusiasmadas con la destrucción democrática o dependes de potencias para las que no eres más atractivo como país que en función de tus riquezas o posiciones estratégicas.
La realidad mundial nos está orillando a repensar muchas de las categorías con las que analizábamos nuestra realidad, sobre todo en países que no terminan de desarrollar, que padecen de recursos cada vez más limitados y donde el signo político no deja tranquilo a quien quiere invertir ante poderes democráticos en crisis, opacidad rampante, ignorancia que pretende hacer Estado y sociedades tan tibias políticamente que parece no reaccionarán pase lo que pase.
Creo que tenemos que responder tarde o temprano, la pregunta, ¿para nos sirve estar hiperconectados?. Una sociedad con esas capacidades puede producir más conocimiento, más libertad y mejores decisiones; pero también puede convertirse en una sociedad hipercontrolada, saturada de propaganda y encerrada en burbujas de información.
La tecnología no sustituye el pensamiento, le da potencia o lo destruye. La diferencia depende, otra vez, de la calidad de nuestros ciudadanos y de nuestras instituciones.










