TECNOLOGÍA, SOCIEDAD Y POLÍTICA: UNA RELACIÓN DISRUPTIVA

TECNOLOGÍA, SOCIEDAD Y POLÍTICA: UNA RELACIÓN DISRUPTIVA

Por César Santomé López. Analista y consultor

Hemos colocado parte de nuestra discusión sobre el futuro en el terreno del conocimiento, la verdad y la legitimidad científica. Sin embargo, existe un elemento que tiene impactos muy potentes en nuestra transformación y que hoy se ha convertido en un factor omnipresente en la vida contemporánea: hablemos de la tecnología y especialmente de las tecnologías de la comunicación y la digitalización.

La transformación política y social que vive el mundo difícilmente podría explicarse sin el impacto tecnológico. Las redes y las plataformas de comunicación están modificando dramáticamente la manera en que los seres humanos se relacionan, producen información, ejercen poder y perciben la realidad. El espacio digital es al mismo tiempo, mercados, arenas políticas, sistemas de vigilancia, instrumentos de propaganda y campos de confrontación cultural e ideológica.

La disrupción tecnológica reside en la capacidad ampliada de interconexión global que no tiene precedentes, nuestras reacciones a casi todo son y se demandan inmediatas. Como nunca la humanidad había estado tan conectada y tampoco nuestras sociedades había mostrado tan altos niveles de fragmentación, polarización, incertidumbre y desinformación.

Todavía no terminamos de comprender las consecuencias culturales, sociales, políticas y psicológicas de esta transformación cuando, además, entra al juego la inteligencia artificial, agregando nuevos niveles de complejidad al problema de distinguir entre información, manipulación y verdad.

Werner Herzog, cineasta y observador crítico de la modernidad tecnológica, advierte que la digitalización ya transformó la comunicación y también la manera en que los seres humanos perciben la realidad y construyen sus vínculos sociales. La experiencia humana comenzó a trasladarse a entornos que se perciben a través de pantallas, algoritmos y sistemas digitales capaces de alterar nuestra relación con lo real.

Ya hemos destacado la aportación de Jean Baudrillard cuando señaló que las sociedades contemporáneas corrían el riesgo de vivir en un universo de simulaciones donde la representación sustituye a la realidad. Por otro lado, Hannah Arendt comprendió también que una de las grandes amenazas para las democracias modernas consistía en destruir la capacidad de distinguir entre hechos, propaganda y opinión.

La tecnología complicó todos estos problemas. Durante años se creyó que la globalización y la tecnológica nos conducían a un mundo más abierto, racional y cooperativo, la humanidad pensó que cosas como el internet actuarían contra estructuras autoritarias, que reduciría fronteras y fortalecería instituciones internacionales capaces de mediar el caos del nuevo orden global. El resultado es distinto.

La tecnología intensificó las disputas por el poder y las trasladó hacia al territorio de la narrativa y la posverdad. La soberanía se manosea a conveniencia, atada a fetiches territoriales y se ignora cuando esa soberanía es afectada por manipulación de datos, plataformas digitales, la infraestructura tecnológica criminal, que incluye algoritmos, control informativo, control económico y territorial dentro de los países mismos. Lo que pone en la mesa la necesidad de reconfigurar también ese concepto de soberanía.

Los arreglos geopolíticos de hoy en día reflejan dicha transformación. Las grandes potencias disputan liderazgo tecnológico, control territorial y de recursos naturales, información, supremacía digital y narrativa mundial, mientras las organizaciones internacionales pierden capacidad de coordinación y legitimidad.

La cooperación termina convirtiéndose en lucha por el poder, competencia, rivalidad y conflicto. Pero uno de los efectos más negativos es que la democracia de algunos países ha migrado hacia un autoritarismo populista, lo que refleja la necesidad de reconsiderar nuestras viejas categorías políticas. Numerosos gobiernos invocan constantemente la soberanía o la cooperación como consigna política, cuando sus territorios, economías y sociedades son atacados a diario por complejas estructuras criminales, manipulación digital y formas de poder tecnológico que ya no reconocen fronteras tradicionales, lo cual destaca la liquidez o inestabilidad de nuestros conceptos tradicionales de la política.

La criminalidad organizada también comprendió rápidamente el potencial tecnológico. Redes financieras digitales, inteligencia artificial, sistemas de comunicación cifrada y plataformas globales permiten hoy operar con capacidades antes reservadas exclusivamente para los Estados. La tecnología, por sí misma, no garantiza sociedades más libres, más racionales o seguras. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario: les da más potencia a las iniciativas de polarización, a los conflictos y profundiza debilidades institucionales imponiendo una simulación que tarde o temprano nos pasará la factura.

El problema que plantea la tecnología y su uso no se limita al mundo del procesamiento de datos, ni a la digitalización de las economías y los sistemas energéticos, el problema del mal uso de la tecnología requiere del más profundo análisis político, cultural, ético y social. El reto, consiste en reconstruir la sociedad para que seamos capaces de gobernar la tecnología sin destruir los principios de cooperación, seguridad, ética social y desarrollo humano.

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