Hay dolores que hablan de lo que se da y no se recibe. En la parte delantera de la cabeza, la lectura apunta al afecto y a lo justo.
Por Laura Aline Pérez — Consultora e Instructora Holística.
Hay personas a las que todos recurren. Resuelven el problema del equipo, organizan la comida familiar, contestan la llamada de la madre y recuerdan los cumpleaños de todos. Por fuera, una vida generosa y competente. Por dentro, una pregunta que casi nunca se dice en voz alta: quién se ocupa de ellas. Algunas lo notan a mitad de semana, cuando la presión aparece en la frente y en las sienes y los pendientes siguen ahí.
En consulta se escuchan frases como “Doy mucho y recibo poco” o “Me parece injusto, pero no lo he dicho”. Quien las pronuncia suele hablar de otro tema: el trabajo, la familia, la pareja. El dolor de cabeza aparece al final, casi como un dato secundario.
La necesidad de afecto
Según la lectura de la cinta craneal que se ha recorrido en esta serie, la parte delantera de la cabeza se asocia con dos vivencias muy humanas. La primera es la necesidad de sentirse querido: contar con la presencia, la palabra o el gesto de alguien. Cuando ese afecto falta o no se percibe, la carencia puede volverse una preocupación constante, que ocupa los pensamientos incluso cuando la persona está atendiendo otra cosa. Es una hipótesis de trabajo que sirve para hacer preguntas.
En la vida de ciudad esa necesidad se disfraza con facilidad: se confunde con eficiencia, con independencia o con la idea de no necesitar nada de nadie. Quien aprendió desde pequeño a no molestar suele llegar a la edad adulta pidiendo poco y esperando que los demás lo adivinen.
El peso de lo injusto
La segunda vivencia es la injusticia: un trato desleal, una decisión arbitraria, un reparto desigual. Puede ocurrirle a la propia persona o a alguien cercano, y la sensación se parece mucho: algo está mal y nadie lo reconoce. Puede ser el ascenso que se dio a otro, la carga familiar que cae siempre en las mismas manos o la promesa que alguien dejó de cumplir. Lo que más pesa suele ser lo que no se dijo, porque sin palabras no hay manera de pedir que se repare. Hay cosas que no se dicen y se quedan viviendo en el cuerpo.
La pareja y el deseo
Esta lectura incluye también la zona de la pareja: el deseo, el lugar que ocupa el otro en la propia vida y el que uno ocupa en la del otro. Aparece en quien vive una relación que ya no lo nutre, en quien siente que el deseo se apagó y en quien anhela compartir la vida con alguien que todavía no llega. En ninguno de los casos hay culpa. Son maneras distintas de extrañar algo que se necesita.
En consulta suele observarse un patrón: quien más da es quien menos pide, y lo aprendió temprano. Con frecuencia fue la hija o el hijo que se hizo cargo de un hermano menor, que escuchaba los problemas de pareja de sus padres o que aprendió a no estorbar en una casa con demasiado conflicto. Esos papeles se admiran en la edad adulta, y por eso nadie los cuestiona, ni la propia persona.
La Psicosomática Clínica mira en esa zona de la cabeza lo que se vivió como injusto sin poder decirlo. Suele ubicar la primera crisis cerca de un momento en que algo se rompió en el vínculo con los padres o con la pareja: una separación, una infidelidad, la partida de alguien querido.
Algunas señales de que algo falta por nombrar:
- Cansancio de ser quien siempre resuelve.
- Molestia al ver que otros reciben lo que uno también merecía.
- Conversaciones de pareja que se reducen a la logística.
- Frases que se ensayan en la cabeza y nunca se dicen.
Dar sin que nadie pregunte
Fernanda, fisioterapeuta de 41 años con clínica propia, cuidaba de todos: de sus pacientes durante el día y de su madre enferma por las tardes. Sus hermanos opinaban a distancia y cada fin de semana prometían ayudar. Con su pareja, después de nueve años, las conversaciones se habían reducido a la logística. Llegó con migrañas en la frente y las sienes, con su tratamiento médico vigente y una frase que repetía sin darse cuenta: “Yo me encargo.”
Al ordenar su historia, Fernanda reconoció que llevaba años sintiendo injusto el reparto y nunca lo había dicho. Preparó una conversación con sus hermanos y propuso un calendario de turnos. Una hermana aceptó; el otro no, y ella dejó de esperar que lo hiciera. A su pareja le pidió algo más sencillo: una tarde a la semana sin pendientes. Con el tratamiento médico y esos cambios, las crisis se fueron espaciando. Fernanda no sabe cuál de las dos cosas pesó más. Sí sabe que pedir dejó de darle vergüenza.
Lo que se obtiene al nombrar lo que falta
En consulta se ordena lo que se ha necesitado sin pedirlo y lo que se ha vivido como injusto sin decirlo. De la primera sesión sale un Mapa Emocional, que muestra de dónde viene lo que se vive y por dónde empezar a resolverlo. En la sesión se escribe una lista con lo que se ha dado, lo que se ha recibido y lo que falta, con nombres propios. Verla en una hoja suele cambiar la conversación interna. Ese mapa suele ayudar a tres cosas: poner nombre a lo que falta, decidir qué pedir y a quién, y reconocer lo que no depende de uno. Los resultados varían de una persona a otra. Lo que se nombra a tiempo deja de pesar en silencio.
En el siguiente artículo, el recorrido llega a la garganta y a lo que no se puede decir.
¿Qué sientes que das sin que nadie lo note, y qué situación te parece injusta que todavía no has dicho en voz alta?
Este tipo de patrones se vuelven visibles cuando se revisan con método y en compañía, y una consulta holística ofrece justo eso.
Aclaración: la migraña es un padecimiento real, con diagnóstico y tratamiento que corresponden al médico. El acompañamiento emocional va al lado de esa atención y no la sustituye.
Nota: los nombres, edades y profesiones de los casos referidos han sido modificados para proteger la identidad y la confidencialidad de las personas que acuden a consulta.
Fuentes de referencia: relés cerebrales del Dr. Ryke Geerd Hamer (Nueva Medicina Germánica) y lectura clínica de la Psicosomática Clínica humanista del Dr. Salomón Sellam.











