México penúltimo en lectura ya no es una frase para prender focos amarillos: es un dato duro que volvió a exhibir el tamaño del rezago educativo. El IMCO reportó que el país quedó en el lugar 37 de 38 miembros de la OCDE en la edición 2025 de PISA, penúltimo en comprensión lectora y ciencias, mientras que en matemáticas apareció antepenúltimo. El golpe no es menor: los puntajes de lectura y matemáticas fueron los más bajos que ha registrado México en dos décadas dentro de esta prueba.
La foto completa pega todavía más cuando se revisan los promedios. México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias; del otro lado, la media de la OCDE fue de 463, 461 y 482 puntos, respectivamente. Dicho fácil: la distancia no es simbólica, es amplia y sostenida. Y aunque el país mostró un leve repunte en ciencias frente a 2022, no alcanzó para sacarlo de la parte baja de la tabla.
El dato que más duele no llegó solo
El IMCO resumió el problema con una mezcla de números fríos y consecuencias muy concretas. En la edición 2025, México promedió 403 puntos al juntar matemáticas, comprensión lectora y ciencias, contra 469 puntos del promedio de los países de la OCDE. Además, ciencias fue el área con mayor rezago frente al bloque, con una desventaja de 66 puntos; después aparecieron matemáticas, con 62 puntos menos, y lectura, con 47 puntos por debajo. No es un tropiezo aislado ni un mal día en el salón: es una brecha persistente que habla de aprendizajes débiles y de menos herramientas para competir en estudios superiores y en el mercado laboral.
Los niveles de desempeño también retratan el tamaño del boquete. De acuerdo con la nota país de la OCDE, solo 50% de los estudiantes mexicanos alcanzó al menos el nivel 2 en ciencias y 50% lo logró en lectura; en matemáticas, apenas 30% llegó a ese umbral básico. Eso significa que la mitad del alumnado de 15 años no alcanzó el estándar mínimo en lectura y ciencias, mientras que siete de cada diez quedaron por debajo en matemáticas. En la zona alta del tablero el panorama es todavía más flaco: en ciencias solo 0.2% llegó a los niveles más altos, en matemáticas 0.1% y en lectura 0.3%; el propio IMCO lo resumió así: apenas uno de cada 200 estudiantes mexicanos alcanza desempeños de élite.
Ese contraste vuelve especialmente incómodo el discurso optimista de siempre. Porque sí, México participa en PISA desde 2000 y la prueba mide habilidades aplicadas, no memorización escolar. Justo por eso duele más: no se trata de que el alumnado no recuerde una fecha o una fórmula, sino de qué tan bien puede entender textos, resolver problemas y usar conocimiento científico en situaciones reales. En 2025, además, 7 mil 843 estudiantes de 297 escuelas representaron a cerca de 1.58 millones de jóvenes de 15 años en el país, con datos que la propia OCDE consideró aptos para su publicación. No fue una muestra improvisada ni un ejercicio anecdótico.
Lectura: la caída que ya parece costumbre
Si hay una cifra que debería encender el debate público, es la de comprensión lectora. El histórico retomado por el IMCO muestra que México acumuló cinco descensos consecutivos desde 2009: pasó de 425 puntos ese año a 424 en 2012, 423 en 2015, 420 en 2018, 415 en 2022 y 408 en 2025. Son 17 puntos perdidos en poco más de una década y media. Dicho sin rodeos: México penúltimo en lectura no es una fotografía accidental, sino una tendencia que se ha ido consolidando edición tras edición. Y cuando una caída se repite cinco veces seguidas, ya no parece bache; parece problema estructural.
La OCDE agrega un matiz importante. En su análisis señala que los resultados de 2025 en México fueron más bajos que los de 2022 en matemáticas y aproximadamente iguales en lectura y ciencias en términos estadísticos; también advierte que, al revisar el largo plazo, los resultados recientes en lectura y matemáticas están por debajo de los observados entre 2009 y 2018. Al mismo tiempo, el organismo apunta que parte del deterioro aparente puede estar vinculado con la expansión de la matrícula de secundaria hacia poblaciones antes marginadas, es decir, con más jóvenes dentro de la escuela y, por tanto, con una población evaluada más diversa y vulnerable. Esa precisión importa, pero no borra el fondo del problema: integrar a más estudiantes es una buena noticia, siempre y cuando el sistema sea capaz de enseñarles mejor.
La edición 2025 fue, además, la primera realizada después de la implementación de la Nueva Escuela Mexicana, un dato que volvió inevitable la discusión sobre política educativa. El resultado llegó justo cuando el promedio de la OCDE también marcó su nivel más bajo histórico en ciencias, lectura y matemáticas, según Education GPS. O sea: el bajón internacional existe, pero México lo está viviendo desde una posición que ya era frágil. Cuando el piso global cae y tú ya estabas cerca del fondo, el golpe se siente doble.
¿Por qué pesa tanto la lectura? Porque sin comprensión lectora se complica prácticamente todo lo demás. El nivel 2 de PISA en esta materia implica, entre otras cosas, identificar la idea principal de un texto de longitud moderada, localizar información con criterios explícitos y reflexionar sobre el propósito y la forma del texto cuando se indica. Si solo la mitad de los estudiantes mexicanos llega a ese estándar, el mensaje es bastante claro: una proporción enorme de adolescentes está entrando a la recta final de su educación obligatoria con dificultades para procesar información escrita con soltura. Y en un país saturado de trámites, noticias, desinformación, contenidos digitales y exigencias laborales, eso no es un detalle menor: es una desventaja social de gran tamaño.
No es solo un examen: lo que revela del sistema
Los datos de contexto ayudan a entender por qué el rezago no se resuelve con discursos bonitos. Education GPS reporta que México tiene una cantidad reducida de computadoras por cada 10 estudiantes comparado con otros países participantes en PISA: 2.26, ubicándose en el lugar 82 de 86. También muestra que la relación de estudiantes por personal docente en las escuelas de jóvenes de 15 años es de 35, una de las más altas del conjunto evaluado, con posición 2 de 87. Traducido a la vida real: grupos grandes, menos margen de atención personalizada y menores recursos materiales para desarrollar habilidades complejas, incluidas las digitales y científicas. Así es más difícil cerrar brechas, aunque el alumnado tenga ganas.
Y aquí aparece uno de los contrastes más interesantes del reporte: las actitudes estudiantiles no son, por sí solas, el problema principal. Según la OCDE, 81.2% de los estudiantes mexicanos dijo que le gusta aprender cosas nuevas en la escuela, 71.3% aseguró que termina lo que empieza y 75.9% afirmó que pone esfuerzo adicional cuando el trabajo se complica. Incluso 81.1% reportó sentirse parte de su escuela. En otras palabras, hay motivación, curiosidad y pertenencia por encima o cerca de los promedios internacionales en varios indicadores. El choque está en otro lado: la disposición existe, pero el sistema no la está convirtiendo en aprendizaje robusto para la mayoría.
También pesa la desigualdad. La nota país de la OCDE señala que 30% de los estudiantes mexicanos se ubicó en el cuartil internacional más bajo de nivel socioeconómico. Entre el alumnado con mejores condiciones y el más rezagado hubo una diferencia de 68 puntos en ciencias. Aunque esa brecha es menor al promedio de la OCDE, sigue siendo enorme en términos educativos. El dato sugiere que México no solo enfrenta un problema de promedio bajo; también tiene que cargar con una estructura social que condiciona quién aprende más, con qué recursos y desde qué punto de salida.
Frente a ese panorama, el IMCO planteó dos rutas bastante concretas. La primera: restablecer una evaluación nacional de aprendizajes que sea estandarizada, comparable en el tiempo y con resultados públicos, algo que permita seguir a generaciones completas y dar evidencia para la política educativa, especialmente tras la desaparición de PLANEA y Mejoredu. La segunda: definir con mayor claridad qué contenidos de matemáticas y ciencias deben enseñarse en cada grado de secundaria, sin anular la autonomía escolar. La lógica es simple: sin medición constante y sin metas curriculares claras, el sistema corre el riesgo de moverse a ciegas.
Lo más incómodo del reporte es que obliga a salir de la discusión fácil. No basta con culpar a la pandemia, al celular, al magisterio, al plan de estudios o a una sola administración. La OCDE reconoce que el promedio del bloque cayó a mínimos históricos y que, en México, la ampliación de cobertura pudo influir en parte del descenso. Pero el mismo histórico muestra que la comprensión lectora venía bajando desde mucho antes y que matemáticas y lectura tocaron en 2025 su peor nivel en 20 años, según el IMCO. O sea, el problema es más viejo, más profundo y más terco de lo que conviene admitir en un debate político.
Al final, la discusión no debería quedarse en el ranking por puro morbo, aunque el dato del penúltimo lugar claramente sacuda. Lo importante es lo que ese lugar revela: millones de jóvenes mexicanos están llegando a los 15 años con aprendizajes básicos frágiles, especialmente en lectura, justo cuando el mundo exige más comprensión, más ciencia y más capacidad para distinguir información útil del ruido. Si el país quiere tomarse en serio la competitividad, la movilidad social y hasta la calidad del debate público, tendrá que empezar por algo menos glamoroso, pero urgente: enseñar mejor a leer, entender y pensar. Porque cuando un sistema se acostumbra a caer, lo verdaderamente polémico no es el resultado; es fingir que no pasa nada.









