Democracia, Poder y Ciudadanos, más allá de los Fetiches

Por César Santomé López. Analista y consultor

Vivimos una etapa caraterizada por lo que denominamos la crisis de la democracia y no pocos han comentado que hemos llegado al final del camino con ella. En América Latina hemos transitado desde el siglo pasado por los viejos golpes de Estado hacia bruscos cambios de régimen producidos en las urnas. Europa, por su parte, enfrenta tensiones distintas, pero tampoco escapa al desencanto político. La democracia parece atravesar una época de deterioro permanente.

Y en este punto conviene, entonces, distinguir tres crisis diferentes: la crisis de la democracia, la crisis de los gobiernos electos democraticamente y la crisis de quienes la practican. Me refiero a reconocer que hemos permitido una crisis de nuestras instituciones, que funcionan de manera muy insuficiente, que ademas estamos solapando que gobiernen políticos con preparación y ética también insuficientes y otra cosa muy distinta es permitir que esos malos políticos nos lleven al autoritarismo simulando mecanismos democráticos y a partir de ello concluir que la democracia ha dejado de ser el mejor mecanismo para corregir pacíficamente nuestros propios errores.

Como recordaba Karl Popper, el gran mérito de la democracia no consiste en elegir gobiernos perfectos, sino en permitir sustituir a los malos gobiernos sin recurrir a la violencia. La serie de artículos que hemos desarrollado parte precisamente de esa convicción. Primero revisamos el mito del Tlatoani, esa permanente búsqueda del líder providencial. Después analizamos el fetiche del Pueblo Sabio, como si la voluntad popular fuera infalible por definición. Finalmente reflexionamos sobre el Pueblo Feliz y la felicidad administrada, donde el espectáculo sustituye gradualmente a la ciudadanía.

Estos fetiches del populismo tienen un elemento en común: tienden a desplazar la responsabilidad política de todos nosotros los ciudadanos hacia algún sustituto que nos releva de la responsabilidad democrática pero nos daña: Un líder mesíanico, un Pueblo idealizado o una emoción colectiva, que terminan en el extremo, ocupando el lugar que corresponde a la deliberación democrática y a la razón colectiva.

El verdadero problema, sin embargo, no radica en la democracia misma. El problema es la forma en que hemos decidido practicarla.

Durante décadas, tanto el populismo como ciertas expresiones de la tecnocracia cometieron errores semejantes. Unos afirman gobernar exclusivamente en nombre del Pueblo; otros actuaron como si el Pueblo no necesitara comprender las razones de las decisiones públicas. Los populistas terminan confundiendo mayoría con verdad y realidad con narrativa. Los segundos confundieron conocimiento técnico con infalibilidad y legitimidad política y social.  Ambos modelos terminan debilitando la vida y la deliberación democrática. La política entonces desplaza la producción de ideas por autoritarismo y narrativa. Covierte a la sociead y al ciudadano en masa y la política termina por convertirse en simulación.

Los partidos dejaron de construir proyectos y plataformas nacionales de gobierno para convertirse en maquinarias electorales que se pelean por un voto que les da patente de corso.

El diseño institucional y la gestión pública se sustituyeron por estrategias mediáticas de descalificación permanente y la confrontación terminó ocupando el espacio donde debían vivir el análisis, la deliberación, los hechos y la verdad.

Cuando aparece el autoritarismo aparecen los ciudadanos dependientes y la indiferencia social, es cuando los símbolos ocupan el lugar de la democracia y de la política. Cuando se debilitan las instituciones, aparecen los hombres providenciales y la voluntad del dictador.

Así la política deja de cumplir su propósito de explicar la realidad y el espectáculo oportunista termina administrando las emociones de iun Pueblo extraviado, desinformado y conformista por agotamiento.

La solución no consiste en predecir el pasado, ni en sustituir un populismo ignorante por uno peor. Tampoco se trata de regersar al gobierno de élites desconectadas de la sociedad. La alternativa exige reconstruir el equilibrio entre ciudadanía, conocimiento, verdad e instituciones.

Hannah Arendt recordaba que la política nace de la pluralidad. Daniel Innerarity insiste en que las democracias contemporáneas deben aprender a gobernar la complejidad y no esconderla bajo propaganda o simplificaciones. Douglass North demostró que el desarrollo depende, sobre todo, de la calidad de las instituciones. Ninguno de ellos propone ciudadanos perfectos ni gobernantes infalibles. Todos coinciden en algo mucho más sencillo y mucho más difícil: se requiere algo muy humano, construir reglas capaces de limitar el poder y favorecer la mejores decisiones basadas en conocimiento y legitimidad social.

Tal vez por ello el verdadero desafío democrático consiste menos en distribuir ingreso que no producimos sino en distribuir mejor poder del que siempre tenemos que descofiar y por ello el antídoto es fortalecer instituciones autónomas, recuperar contrapesos, profesionalizar la administración pública, exigir transparencia, elevar la calidad de la información pública y reconstruir partidos capaces de producir pensamiento político antes que propaganda electoral.

La democracia tampoco necesita ciudadanos sabios, sino activos y vigilantes, mejor informados que comprendan que la libertad siempre implica responsabilidad. Llego el momento de discutir cómo queremos ser gobernados y preocuparnos menos por la propaganda de quien nos quiere gobernar. La democracia como en el futbol, nunca garantiza el éxito, garantiza algo mucho más valioso: la posibilidad permanente de corregir nuestros errores.

Acostumbremonos a manejar mejor la incertidumbre en lugar de esas soluciones fantásticas tan utilizadas por los modernos dictadores. Más allá del Tlatoani, del Pueblo Sabio y del Pueblo Feliz, está la categoría que ninguna democracia puede darse el lujo de perder: la categoría de ser ciudadano.

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