Por Glen Rodrigo Magaña / HOMO ESPACIOS
A principios del siglo XX, en la era de los frágiles discos de 78 revoluciones, diversos sellos discográficos comenzaron a prensar música como estrategia para vender muebles o como reivindicación cultural, dejando a su paso anécdotas y temas fundacionales que inmortalizaron a leyendas como Louis Armstrong, Ma Rainey y Jelly Roll Morton.
Allá en los inicios de la década de 1910, corporaciones como la Victor Talking Machine Company y Columbia, poseían un monopolio casi absoluto sobre la industria discográfica de discos de goma laca “shellac” en Estados Unidos. De hecho, fue el gigante Victor quien lanzó al mercado la que es considerada formalmente como la primera grabación de jazz de la historia: el icónico sencillo de 1917 que incluía el tema “Livery Stable Blues” en la cara A y “Dixieland Jass Band One-Step” en el reverso, a cargo de la Original Dixieland Jass Band. Sin embargo, cuando las restrictivas patentes de estas compañías comenzaron a expirar, junto a otros factores como el crecimiento del mercado, las mejoras tecnológicas y la aparición de nuevos públicos, surgió una explosiva oleada de pequeños sellos independientes que buscaron talento en lugares que las multinacionales despreciaban.
Talvez el caso más raro en la historia fonográfica es el de Paramount Records, cuyo origen carece por completo de vocación musical. La discográfica fue fundada en 1917 en Grafton, Wisconsin, como una subsidiaria de la Wisconsin Chair Company, una fábrica de muebles que comercializaba fonógrafos para el hogar. Al notar que el público no compraría sus reproductores si no tenían qué escuchar, la empresa de muebles decidió fabricar discos de blues y jazz exclusivamente como incentivo promocional. El éxito fue tan abrumador que la venta de estos sencillos superó rápidamente las ganancias de su negocio ebanista.

Los fabricantes de sillas construyeron el catálogo más importante del blues rural. Paramount grabó a figuras históricas y prensó sencillos inmortales como “Bo-Weevil Blues” de Ma Rainey y los míticos temas “Got the Blues” y “Long Lonesome Blues” de Blind Lemon Jefferson, además de su legendario “Matchbox Blues”. Los insólito es que, para abaratar costos, la compañía fabricaba los discos usando goma laca de baja calidad mezclada con aserrín, cartón y polvo de piedra caliza. Esto otorgó a las grabaciones originales un sonido áspero y un fuerte siseo que hoy es venerado como una eco de culto por coleccionistas de todo el mundo.
Mientras tanto, en Richmond, Indiana, operaba Gennett Records, un estudio cuyas instalaciones desafiaban cualquier lógica acústica. El recinto era un almacén de madera sin aislamiento ubicado a escasos metros de unas vías ferroviarias. Durante las míticas sesiones de 1923, el ingeniero de sonido y los músicos debían detenerse por completo y en silencio absoluto cada vez que se acercaba un tren de carga, arruinando tomas que estaban a punto de alcanzar la perfección. Fue en este lugar donde la King Oliver’s Creole Jazz Band, con un jovencísimo Louis Armstrong como segunda corneta, registró joyas como “Dippermouth Blues” y “Canal Street Blues”. Aún más histórico fue el registro del tema “Chimes Blues”, grabación que contiene uno de los primeros solos de trompeta grabado por Louis Armstrong.
Okeh Records, por su parte, es un sello fundado por el inmigrante alemán Otto K.E. Heinemann. La compañía pasó a la historia tras publicar en 1920 el éxito “Crazy Blues” de Mamie Smith, inaugurando formalmente el millonario mercado de los mal llamados “discos raciales”. El sello Okeh, fue famoso por el registro del trabajo de campo musical: montaron equipos de grabación en furgonetas modificadas para salir de Nueva York y Chicago, viajando por el sur profundo para registrar el talento originario en improvisadas sesiones dentro de habitaciones de hotel y graneros.
En un contexto social profundamente segregado, la creación de Black Swan Records en 1921 reescribió las reglas de la industria. Fundado en el barrio de Harlem por el empresario afroamericano Harry Pace, fue el primer sello discográfico de gran alcance en ser propiedad exclusiva de la comunidad afroamericana. La disquera construyó su prestigio publicitando un catálogo estelar y genuino, lanzando grabaciones emblemáticas que rompieron récords de ventas como “Down Home Blues” de Ethel Waters, y dando plataforma a pioneros de la orquestación de la talla de Fletcher Henderson.
Más allá de las fronteras estadounidenses, estas grabaciones de blues y jazz comenzaron a circular por Europa durante la década de 1920 gracias a las redes internacionales de distribución de compañías como The Gramophone Company y Pathé, así como a la creciente importación de discos procedentes de Estados Unidos. En aquella época la música se comercializaba principalmente en sencillos de 78 revoluciones por minuto, muchas ediciones incluían información limitada sobre los intérpretes, especialmente en mercados extranjeros. La escasez de estos datos alimentó la curiosidad de los primeros aficionados europeos al jazz, quienes intercambiaban catálogos, publicaciones especializadas y discos importados para identificar a los músicos y reconstruir la historia detrás de las grabaciones.
El creciente interés por esta nueva música favoreció la aparición de círculos de aficionados, clubes y sociedades de jazz en ciudades como París y Londres. En estos espacios, coleccionistas y melómanos debatían sobre estilos, formaciones e intérpretes, comparando grabaciones emblemáticas como “Tiger Rag” de la Original Dixieland Jass Band, “Dippermouth Blues” de la King Oliver’s Creole Jazz Band, “King Porter Stomp” y “Original Jelly Roll Blues” de Jelly Roll Morton, así como clásicos de Louis Armstrong como “Muskrat Ramble”, “Potato Head Blues” y “West End Blues”, así como otras piezas procedentes de Nueva Orleans, Chicago y Nueva York que se convirtieron en material de estudio para los primeros aficionados europeos al jazz. Aquellas reuniones contribuyeron a la consolidación de una de las primeras comunidades internacionales de estudio, preservación y difusión del ritmo roto.












