T-MEC: el tratado que dejó de dar certidumbre

De Política Alejandro Álvarez Manilla

QEPD el Dr. Alfonso Sánchez Anaya, mexicano que apoyo el desarrollo del campo mexicano

Durante más de tres décadas, desde la entrada en vigor del TLCAN y posteriormente del T-MEC, México construyó buena parte de su modelo económico sobre una premisa fundamental: la certeza. Empresas nacionales y extranjeras invirtieron miles de millones de dólares convencidas de que América del Norte era una región integrada, con reglas claras y de largo plazo.

Esa certeza hoy comienza a resquebrajarse.

La decisión de Estados Unidos de rechazar una renovación automática del T-MEC por otros 16 años y sustituirla por revisiones anuales hasta 2036 cambia por completo la lógica del acuerdo. Aunque el tratado continúa vigente, el mensaje para los inversionistas ya no es el mismo: cada año existirá la posibilidad de reabrir negociaciones, modificar reglas o incluso utilizar el comercio como moneda de cambio política.

El problema no es únicamente jurídico. Es psicológico.

Los mercados detestan la incertidumbre. Un empresario que analiza instalar una planta automotriz, un centro logístico o una fábrica de semiconductores necesita saber cuáles serán las reglas dentro de diez o quince años, no únicamente durante los próximos doce meses. Cuando el tratado más importante del país queda sujeto a revisiones permanentes, las decisiones de inversión inevitablemente se vuelven más cautelosas.

A este escenario se suma un actor impredecible: Donald Trump.

Desde su regreso a la Casa Blanca ha demostrado que considera los aranceles una herramienta de presión política más que un mecanismo estrictamente comercial. La amenaza constante de imponer nuevos gravámenes a productos mexicanos —incluso cuando muchos bienes cumplen con las reglas del propio T-MEC— genera un ambiente de tensión permanente entre los socios comerciales.

Paradójicamente, esta estrategia también perjudica a empresas estadounidenses. La integración productiva de Norteamérica significa que un automóvil, un electrodoméstico o un dispositivo electrónico cruzan varias veces la frontera antes de llegar al consumidor final. Castigar a México con aranceles termina elevando costos para la propia industria de Estados Unidos.

Sin embargo, Trump parece apostar más por el rendimiento político interno que por la lógica económica.

Para México, el desafío será doble. Por un lado, defender los beneficios del tratado en cada revisión anual. Por otro, convencer al mundo de que el país sigue siendo un destino confiable para invertir, aun cuando el principal socio comercial modifica constantemente las reglas del juego.

El llamado nearshoring, que hace apenas dos años era presentado como una oportunidad histórica, también enfrenta un nuevo examen. Muchas empresas continúan viendo a México como una plataforma estratégica por su ubicación geográfica, su mano de obra especializada y su red de tratados comerciales. Pero el entusiasmo puede enfriarse si cada revisión del T-MEC viene acompañada de amenazas arancelarias o de nuevas exigencias sobre reglas de origen, contenido regional o políticas laborales.

La buena noticia es que México conserva ventajas competitivas difíciles de reemplazar. La mala es que ninguna ventaja es suficiente cuando falta confianza.

El Gobierno de Claudia Sheinbaum ha optado por privilegiar el diálogo y evitar una confrontación directa con Washington. Es una estrategia comprensible. Enfrentar a Estados Unidos en una guerra comercial sería un error para ambas economías. Pero también será necesario mostrar firmeza en la defensa del tratado y acelerar la diversificación de mercados para reducir la enorme dependencia del vecino del norte.

Porque el verdadero riesgo no es que el T-MEC desaparezca.

El verdadero riesgo es que sobreviva convertido en un acuerdo sujeto a negociaciones permanentes, donde cada revisión anual represente un nuevo episodio de incertidumbre para empresas, inversionistas y trabajadores. Un tratado comercial nació para ofrecer estabilidad; si termina generando dudas cada año, habrá perdido precisamente la razón por la que fue creado.

La economía mexicana ha demostrado una notable capacidad de adaptación. Sin embargo, ningún país puede construir un proyecto de desarrollo sólido cuando las reglas del comercio cambian al ritmo del calendario político de otro. Esa es la lección que deja la nueva etapa del T-MEC: el mayor enemigo de la inversión no siempre son los aranceles, sino la incertidumbre que los precede.

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