¿Quién necesita un pueblo sabio?

Por César Santomé López. Consultor y analista.

La entrega pasada revisamos el concepto de Tlatoani y propuse la idea de que la política debería tener como obligación o meta no necesitar uno más. Lo mismo pasa con el populismo, por donde quiera se leen y escuchan comentarios contra los populistas y al parecer, poco impacto tienen en el ánimo popular. La pregunta que flota en el aire y en no pocos críticos es saber si los análisis que se hacen están mal enfocados o acaso los equivocados sean los que votan o los que no votan.

Cuando se invoca al pueblo para tomar decisiones y luego se evalúan los resultados, la pregunta es, ¿Si el Pueblo es sabio, cómo es que vivimos con tantos problemas?, ¿Cómo es que el Pueblo ha votado por los personajes que vemos a diario en las redes sociales y en las noticias? Qué pasa que el populismo y ese “Pueblo” resisten todas las denuncias, todos los escándalos y todos los reclamos.

Decir que los factores externos siempre arruinan la fiesta populista o decir que el Pueblo también se equivoca no basta. Denunciar la irracionalidad de ciertas decisiones políticas tampoco lleva muy lejos. ¿El análisis está entonces mal enfocado?

Otra pregunta surge inevitablemente cuando un Pueblo harto, protesta o vota distinto y de repente cambia de rumbo, entonces, ¿es al mismo tiempo sabio y culpable de los fracasos? Cuando los británicos decidieron abandonar la Unión Europea mediante el Brexit, muchos concluyeron que el pueblo se había equivocado. Cuando el pueblo cambió de rumbo en Argentina, Chile, Estados Unidos o Coahuila, México, unos celebran la madurez democrática y otros denuncian una catástrofe colectiva y fraude.

Dependiendo del resultado, el Pueblo parece alternar entre la sabiduría y la ignorancia. Pero ahí no está el problema, sino en cómo entendemos al Pueblo. Como advirtió Hannah Arendt, la política existe porque los seres humanos somos diferentes. El pueblo no es una sola persona, no tiene una sola voluntad, ni una sola opinión, ni una sola identidad, nadie lo personifica y nadie tiene la patente de sus decisiones.

El Pueblo está compuesto por intereses, aspiraciones y conflictos distintos. El error comienza cuando dejamos de ver ciudadanos reales y comenzamos a utilizar al Pueblo como símbolo, pretexto o rehén. Allí nace el Pueblo imaginario: homogéneo, perfecto e infalible.

Jan-Werner Müller ha señalado que el populismo no pretende representar a muchos ciudadanos; pretende representar exclusivamente al verdadero Pueblo. Y allí aparece uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Quien se asume intérprete único de la voluntad popular termina convirtiendo a sus críticos en enemigos y a sus opositores en traidores.

La verdadera soberanía popular incorpora un elemento que las democracias modernas no pueden eliminar: la incertidumbre. Los ciudadanos pueden acertar y pueden equivocarse. Los gobiernos pueden acertar y pueden equivocarse. La democracia nunca prometió infalibilidad; lo que ofrece es mucha discusión, análisis, argumentación y correcciones sin recurrir a la violencia y así evitar la destrucción y un fracaso interminable.

Sin embargo, la embriaguez populista o la tecnocrática, olvidaron esa condición elemental de la vida democrática. Resultados inesperados en las urnas provocan sorpresa, indignación o desconcierto. Y esto sucede porque nos acostumbramos a creer que la política podía administrarse como una ecuación técnica perfecta, como una superioridad moral absoluta o con la descalificación permanente.

La realidad es que debemos asumir que la política también se ha deteriorado junto con sus antiguas categorías, hemos dejado de producir ideas, códigos ideológicos, plataformas, planeación, reglas de ejecución y evaluación. Hemos dejado de producir pensamiento político. Hemos dejado de producir marcos conceptuales capaces de explicar una realidad cada vez más compleja. Conceptualizar un problema es ya una parte de su solución y hemos abandonado precisamente esa tarea.

El debate público se llena de denuncias, agravios y descalificaciones. Pero cada vez se producen menos explicaciones. Criticamos más y comprendemos menos. Y ¿el Pueblo, sigue siendo sabio? El populismo ha aprovechado esta situación, pero no es el único responsable.

La tecnocracia neoliberal también contribuyó al problema, sabía mucho, pero entendía poco de política. Imponía ciencia y técnica con una arrogancia soberbia solo equiparable a como el populismo impone con total arrebato emocional, la voluntad de, su Pueblo. El resultado es inevitable una deriva hacia el autoritarismo y ambos limitan la voluntad popular, uno con ciencia y datos y otros con simulación y persuasión sin solución. La deliberación democrática entonces muere en ambos casos.

Así el populismo y la tecnocracia neoliberal terminan padeciendo males semejantes. Si hemos de rescatar la democracia, no podemos permitir que ningún gobierno rompa con la realidad, pero tampoco podemos aceptar que la técnica por sí sola resuelva problemas profundamente humanos.

Entre la emoción populista y la frialdad tecnocrática aparece la indiferencia ciudadana. Allí crece la abstención, se debilita la deliberación y se vacía la democracia de contenido.

El problema no es que el pueblo se equivoque, no somos sabios, ni debemos serlo. De eso está hecha la democracia. El problema es haber dejado de desarrollar las capacidades colectivas y políticas que permiten corregir nuestros errores.

Nadie necesita un pueblo sabio. Necesitamos un pueblo activo. Necesitamos ciudadanos capaces de pensar y participar, necesitamos una sociedad que vuelva a producir ideas y no solamente insultos. Porque dejar de pensar políticamente da pie a esperar milagros y es cuando aparece el Tlatoani y el Pueblo infalible. La democracia comenzará precisamente cuando renunciemos a esas ilusiones redentoras y retomemos el sentido común.

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