Nadie defiende el futuro

Por César Santome López Analista y consultor.

La manera desproporcionada en que procesamos los acontecimientos nacionales e internacionales vuelve a recordarnos cuál debería ser la función esencial de la política: equilibrar las urgencias del presente con las necesidades del futuro.

La sobredimensión y la subestimación de problemas y personajes es el pan de cada día en este ecosistema político cuyas narrativas corren por las redes sociales e a velocidades que apenas comprendemos, una de las consecuncias es por ejemplo, que observamos pasivos como los intereses de los políticos de hoy no tienen nada que ver con los intereses de las generaciones que se desarrollan hoy en nuestra sociedad en las escuelas y en las familiass y eso lo normalizamos.

La falta de visión y de formación política de los gobernantes les deja como unica expresión adoptar una consigna heredada por la cual descubren enemigos y adversarios por donde quiera y las amenazas inventadas por los sabios asesores, colapsan con los apuros reales que enfrentan los ciudadanos. El sistema político se reduce con gobernantes que con frecuencia confunden el mensaje con el mensajero y el fin con los medios.

El problema con la confusión de los políticos es que nos conducen a un futuro pobre, incierto y desastrozo y nuestro pecado colectivo es que nos mimetizamos con el régimen en turno y seguimos adversos a la crítica, a la negociación, a la información, al análisis y aferrados a un presente que parece eterno y en el que no estamos dispuestos al esfuerzo por hacer viable un mejor futuro.

Hoy acumulamos luchas por alguna causa justa todos los días, seguimos combatiendo males que son producto de un presente mal gobernado y por un pasado que tampoco estuvo marcado con esfuerzos por diseñar futuro. Nadie defiende el futuro cuando éste es una de las pocas luchas que nos serían útiles para detener el deterioro que vivimos.

Los significados políticos y sociales están alterados, padecenos gobernantes que no gobiernan pero con un gran poder, colectivos convertidos en masa cuyos pensamientos y demandas se silencian, sociedades enteras que no piensan y que no participan, maestros que no educan, diputados que no legislan y jueces que no comprenden las leyes ni la Constitución.

Todo ello caracteriza una lenta y constante degradación social, política y económica de nuestra sociedad es el retroceso más perturbador que se haya documentado, es nuestra retirada colectiva de nuestra ambición de bienestar y libertad.

No más futuro parece que gritamos. Retiramos progresivamente nuestras demandas, ilusiones y deseos de progreso. Los intereses en una sociedad democrática siempre serán desiguales y el papel de la política consiste en hacer posible que todos convivan en paz mediante una maquinaria de compensaciones sociales, políticas y económicas que permiten el desarrollo y la evolución de la sociedad.

El problema es que para los modernos populistas ya no existen loa arreglos sistémicos, solo puede existir un solo punto de vista, un solo interés y un solo bienestar el de ellos. Permitimos la irrupción populista a punta de negación e indiferencia y poco a poco nos están desvinculando de nuestro presente y de nuestro futuro a base de estrategias de normalización de todas las anomalías sociales, políticas y económicas.

Este ecosistema polìtico está por todo el mundo y nos agobia con un presente extralimitado que va desmontando nuestra idea de futuro y la sustituye por una simulación de igualdad, prosperidad prometida y democracia, que solo sirven de narrativa engañosa, aprovechando el monstruoso deterioro educativo y cultural que prevalece en la sociedad de hoy.

Pacencia nos piden los políticos, porque el paraíso prometido tarde años en construirse pero ignoramos la condición humana y su limitada capacidad de modificar los mecanismos que harían posible un mejor futuro. Eso sí nos dejamos impresionar con los fenómenos políticos que inquietan a los populistas, como el auge de la ultraderecha, el miedo al cambio se siembra fácil en sociedades tan desinformadas y se alimenta del cansancio que produce el agotamiento inconsciente de una sociedad a quien no le resuelven nada a excepción de su dosis de narrativa diaria que sigue inflando la simulación.

Las sociedades no declinan cuando se empobrecen, el derrumbe sobreviene cuando le arrebatan la capacidad de imaginar un futuro distinto y renuncian a construirlo. Ése quizá sea el verdadero agotamiento inconsciente de nuestro tiempo.

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