De Política Alejandro Álvarez Manilla
Durante 25 días, México dejó de discutir, al menos por momentos, sobre política, inseguridad o inflación. El país encontró un punto de encuentro alrededor de un balón. No importó si se trataba de una pantalla gigante en una plaza pública, un restaurante lleno, una sala familiar o las gradas de un estadio: millones de personas compartieron la misma emoción, el mismo nerviosismo y, al final, la misma esperanza.
El Mundial FIFA 2026, cuya etapa en territorio mexicano concluyó este domingo con la eliminación de la Selección Nacional frente a Inglaterra, dejó mucho más que estadísticas, goles o una despedida dolorosa. Dejó una experiencia colectiva que difícilmente podrá medirse únicamente en cifras.
Durante casi un mes, la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey se transformaron en escaparates del país. Recibieron a miles de visitantes extranjeros, mostraron su riqueza cultural, su gastronomía, su historia y también demostraron que México tiene la capacidad logística para organizar uno de los eventos deportivos más importantes del planeta.
Es cierto que hubo obras aceleradas, inversiones multimillonarias y una derrama económica que beneficiará principalmente a los sectores turístico, hotelero, restaurantero y comercial. También es verdad que muchas de esas inversiones permanecerán como infraestructura útil para las ciudades sede. Pero reducir el legado del Mundial únicamente al aspecto económico sería quedarse con una visión incompleta.
El verdadero éxito estuvo en las calles.
Las imágenes de familias enteras reunidas en los Fan Fest, de niños jugando con camisetas de distintas selecciones, de turistas conviviendo con mexicanos en un ambiente de respeto y de miles de personas celebrando juntas recordaron algo que con frecuencia parece olvidarse: el espacio público también puede ser un lugar de encuentro.
Durante esos 25 días, México mostró una de sus mejores versiones. La hospitalidad que tanto presume encontró sustento en hechos. La convivencia entre aficionados de diferentes nacionalidades transcurrió, en términos generales, con respeto y alegría. El futbol consiguió lo que pocas actividades logran: romper barreras sociales, políticas, económicas e incluso generacionales.
La Selección Mexicana también hizo su parte.
Aunque el objetivo de llegar más lejos volvió a escaparse, el equipo recuperó algo que parecía perdido en los últimos años: la conexión con su afición. El paso perfecto por la fase de grupos, la victoria sobre Ecuador y la manera en que compitió frente a Inglaterra devolvieron una ilusión que muchos habían dejado de sentir.
La eliminación dolió precisamente porque existía la sensación de que esta vez podía ser diferente.
Y quizá ese sea uno de los mayores triunfos del torneo: hacer que millones de mexicanos volvieran a creer.
Sin embargo, también conviene evitar los excesos del entusiasmo. El Mundial no resolvió los problemas estructurales del país. La inseguridad, las desigualdades sociales, las carencias en infraestructura fuera de las ciudades sede y los desafíos económicos siguen presentes. El futbol ofrece momentos de unidad, pero no sustituye las políticas públicas ni corrige las asignaturas pendientes.
El reto comienza ahora.
Las autoridades deberán demostrar que las inversiones realizadas no fueron únicamente para lucirse ante los ojos del mundo, sino que realmente mejorarán la movilidad, los espacios públicos y la calidad de vida de quienes habitan las ciudades todos los días. Un estadio lleno durante un mes es importante; una ciudad funcional durante décadas lo es mucho más.
También queda una lección para la sociedad.
El Mundial confirmó que los mexicanos todavía somos capaces de encontrarnos alrededor de causas comunes. Que, pese a las diferencias políticas o ideológicas, existen momentos en los que el sentido de comunidad prevalece. Esa cohesión no debería depender únicamente de un torneo de futbol que ocurre cada cuatro años.
El domingo terminó el Mundial para México, pero el recuerdo permanecerá durante mucho tiempo.
No será recordado únicamente por el 3-2 frente a Inglaterra ni por la eliminación en los octavos de final. Será recordado por las plazas llenas, por las banderas ondeando en cada rincón, por los abrazos entre desconocidos después de un gol, por los niños soñando con vestir algún día la camiseta nacional y por un país que, durante 25 días, decidió creer que era posible celebrar unido.
Tal vez esa sea la mayor victoria que dejó el Mundial 2026: recordarnos que, cuando existe un motivo para compartir, México también sabe jugar como un solo equipo.











