El triunfo de la selección en el Mundial 2026 a España, no sólo le permitió sumar una segunda estrella a su palmer internacional, sino también logró, al menos por unos días, cambiar la crispación y el encono por la celebración y el júbilo. Sólo en Madrid más de 2 millones de personas, según informó la delegación del gobierno, salió a las calles para vitorear a sus campeones, que se dieron un baño de masas subidos en un autobús descapotable después de ser recibidos en audiencia por los reyes de España, Felipe y Letizia, y por el presidente del gobierno español, el socialista Pedro Sánchez.
El equipo de futbol que se coronó campeón del mundo también es un reflejo de la España del siglo XXI; una de sus principales estrellas, Lamine Yamal, es hijo de migrantes (Marruecos y Guinea Ecuatorial) y fue criado en Barcelona, con las particularidades de su cultura, entre ellas la lengua catalana.
Pero además los jugadores proceden de las regiones diversas que integran el país, como el capitán y jugador más valioso del torneo, Rodri, quien es madrileño; o el mediocampista Fabián y el extremo Gavi, quienes son andaluces; o Ferran Torres, el delantero de origen valenciano que anotó el gol de la victoria frente a Argentina en la final del pasado domingo; o la representación del País Vasco, entre ellos el máximo goleador del equipo, Mikel Oyarzabal, el portero Unai Simón o el extremo izquierdo que dio la asistencia del gol del campeonato, Nico Williams, quien además es fruto del drama de la migración, ya que su madre llegó a España procedente de Senegal en una pequeña embarcación de madera y a él y a su hermano mayor, Iñaki –también jugador profesional– ya los criaron en Bilbao.
De ahí que el triunfo del Mundial haya permitido enterrar por unas horas la crispación y el enfrentamiento político en favor de una celebración colectiva, que se vivió casi con la misma intensidad desde el norte de Galicia hasta el sur de Andalucía, desde los pueblos montañosos del Pirineo aragonés hasta las comarcas agrícolas de la sierra de Extremadura, o desde la capital catalana, Barcelona, hasta el centro del país y Madrid. La alegría inundó por unas horas las calles de todo el país, donde se escuchaban constantemente los vítores de los aficionados mezclados con los pitidos del claxon de los coches.
Además, la mayoría de ellos iban vestidos con la camiseta oficial del equipo o con alguna bandera o bufanda roja para celebrar el triunfo, que suma en tan sólo dos años una Eurocopa y un Mundial, el segundo en su historia.
El avión que trasladó al equipo de la ciudad de Nueva York –donde se jugó la final– aterrizó en Madrid alrededor de las dos y media de la tarde (hora local).
Después de trasladarlos a un hotel del centro de la ciudad para descansar un rato fueron llevados al Palacio de la Zarzuela, donde los recibió el rey Felipe VI y su familia, incluidas sus dos hijas, Leonor y Sofía. Ahí el monarca elogió su actuación y les dijo que eran “un equipo legendario para la historia del futbol español”.
Posteriormente visitaron el Palacio de La Moncloa, sede de la presidencia del gobierno, donde fueron recibidos por Pedro Sánchez y decenas de trabajadores del complejo residencial, que además de ser la casa oficial también funge de oficina y es la sede del Ministerio de la Presidencia.
Una vez hechas las visitas oficiales empezó el baño de masas, con un recorrido por las principales calles del centro de Madrid hasta llegar a la glorieta de Cibeles, donde hubo un concierto de varios artistas españoles.
La gente procedía de todo el país, pero la mayoría de la región, de Madrid, que inundaron las calles de la capital con sus camisetas rojas, su sonrisa de oreja a oreja y sus cánticos de “¡campeones, campeones!” Esas 2 millones de gargantas estuvieron durante más de cinco horas gritando sin cesar, lanzando sin tregua elogios a esos jugadores que iban encaramados al autobús mientras bailaban y lanzaban gritos de respuesta a sus admiradores.












