Zona Analítica. Por César Santomé López. Analista y consultor.
Las democracias modernas tratan de sobrevivir y evolucionar en medio de esta crisis política internacional, defendiendo reglas, procedimientos e instituciones y sosteniéndose en algo mucho más difícil de construir y mucho más fácil de perder: la confianza.
Los acontecimientos recientes en Brasil y México nos recuerdan que no basta con que una decisión sea jurídicamente posible o que una institución exista formalmente. La democracia necesita también imparcialidad, competencia, credibilidad, negociación y distancia suficiente entre quienes compiten por el poder y quienes administran sus reglas.
Primero Brasil. Luiz Inácio Lula da Silva obtuvo la reelección en una elección presidencial muy cerrada. Si bien el problema electoral parece resuelto, queda la lección de que la sospecha está formando parte del ejercicio político; sospechas sobre el bolsonarismo pero también reservas sobre el movimiento de Lula y sobre los resultados y perspectivas de su política económica. Por ello Brasil no resolvió simplemente una elección cerrada; el resultado fue una arquitectura política escindida. Una sociedad polarizada reeligió a Lula para conducir el Ejecutivo y al mismo tiempo fortaleció de manera significativa a las fuerzas de derecha que deberán limitar, negociar o bloquear parte de su agenda desde el Congreso. Al cierre de este texto, el Senado brasileño reportó el 25 de octubre que el PL tendrá 29 senadores y el PT 10. En la Cámara, el PL tendrá 121 diputados y el PT 70.
No necesariamente hay contradicción: voto dividido, deseo de continuidad presidencial y búsqueda de contrapesos legislativos. El resultado es una democracia obligada a gobernar sobre una distribución mucho más compleja del poder. El análisis y la deliberación deberán reclamar su espacio para darle viabilidad al país, sobre todo en los aspectos económicos y financieros, por los cuales la reacción de los mercados fue muy distinta a la reacción política. Por cierto, el papel de las redes sociales en esta elección brasileña es digno de comentarios aparte.
México enfrenta otro problema, distinto pero relacionado. Guadalupe Taddei anunció su renuncia a la presidencia del Instituto Nacional Electoral mientras la Auditoría Superior de la Federación investiga posibles irregularidades, conflictos de interés y manejo de contratos. Taddei sostuvo que su salida busca proteger la estabilidad, credibilidad e independencia del INE y pidió que cualquier señalamiento se investigue con evidencia, rigor y debido proceso. Lo importante aquí no es adelantar culpabilidades que todavía deben acreditarse. Es comprender lo que la crisis revela.
Una institución electoral necesita mucho más que legalidad formal. Necesita credibilidad y prestigio públicos. Necesita que sus decisiones puedan ser defendidas técnica y jurídicamente, pero también que sus integrantes estén suficientemente alejados de intereses particulares y de sospechas que comprometan su autoridad.
La democracia depende de instituciones cuya legitimidad no puede basarse exclusivamente en el voto y la norma. Necesita también imparcialidad, competencia profesional y confianza. No basta con que una institución esté legalmente constituida; debe ser competente. No basta con que sea competente; debe ser confiable. Y no basta con que reclame honestidad: debe poder demostrarla.
La democracia puede sobrevivir a errores. Lo que difícilmente soporta es que la incompetencia, las sospechas de corrupción no esclarecidas y la pérdida de credibilidad coincidan en las instituciones encargadas de gobernar, legislar, administrar el voto y la justicia.
Pero hay otra dimensión del problema. Cuando la política se polariza y las instituciones pierden credibilidad, la oposición corre el riesgo de quedar atrapada en una inmovilización defensiva. Ya no produce proyecto, porque consume buena parte de sus recursos en responder acusaciones, defender procedimientos, impugnar decisiones y resistir presiones.
El poder ni siquiera necesita eliminar completamente al adversario. Puede bastarle con obligarlo a gastar permanentemente su energía política defendiéndose. De ahí surge un triple eje que debemos observar con atención: vulnerabilidad cognitiva / polarización dirigida / inmovilización defensiva.
El primero, la moralización de la política, destruye la deliberación democrática al sustituirla por una profesión de fe; el segundo polariza a la sociedad alrededor de identidades artificialmente irreconciliables y enfrentadas; el tercero reduce la capacidad de producir alternativas por el agotamiento de la producción ideológica y por el alto costo de oponerse. Cuando eso ocurre, el conflicto democrático deja de generar competencia y comienza a producir agotamiento, ignorancia y enajenación. Así comienza la autorregulación como preparación para la represión.
Y el cerco al ciudadano lo vamos cerrando, moralización, honestidad solo de discurso, exhibición emocional, espectáculo, pan y circo, simplificación, etiquetas, polarización, desaparición del interlocutor, debates por letanías, descalificaciones y posiciones incapaces de producir propuestas. Esta forma de conformar la sociedad produce una rigidez donde caben todos los abusos y simulaciones.
Las democracias necesitan adversarios, no enemigos morales; instituciones autónomas y contrapesos, no instituciones capturadas o bajo sospecha; necesitan oposición propositiva, no resistencia permanente; necesitan análisis y deliberación, no dogmas y doctrinas anacrónicas y necesitan sobre todo ciudadanos, no creyentes.
En tiempos de polarización, moralización e incertidumbre institucional, la honestidad, la competencia y la imparcialidad no son arengas de discurso, son condiciones elementales de supervivencia democrática. En este mundo que nos toca vivir, la razón, el análisis, el compromiso y los valores son ideales revolucionarios. Ya deberíamos aprender algo de todo esto. Insisto, el problema no son los medios, ni las redes, el problema somos nosotros.












