En el Casco de Santo Tomás, el secretario de Educación Pública, Mario Delgado, llegó este sábado a las inmediaciones de Canal Once con una propuesta clara: instalar un diálogo para liberar Canal Once y reanudar la operación del medio público mientras corre una mesa formal en los próximos días. La frase no tardó en encender el debate: estudiantes del IPN, que mantienen un plantón y control de accesos, respondieron que no habrá apertura sin una respuesta por escrito a su pliego y con las dependencias clave sentadas en la mesa. La discusión sobre el “diálogo para liberar Canal Once” marcó el tono del día y define, ahora mismo, la ruta del conflicto.
¿Qué pasó hoy en el Casco de Santo Tomás?
Desde poco después de las 14:00 horas de este sábado 23 de mayo de 2026, Mario Delgado se presentó frente al contingente estudiantil que resguarda los accesos de Canal Once, en el campus del Casco de Santo Tomás. El objetivo declarado: abrir una conversación de arranque —incluso antes de la mesa formal prevista para mitad de semana— y permitir que el canal retomara su operación. La escena, con estudiantes, docentes y reporteros en el sitio, tuvo momentos de tensión controlada: hubo intercambio directo, preguntas punzantes y exigencias puntuales.
De acuerdo con testimonios y reportes periodísticos, el secretario propuso entregar un primer borrador de respuesta al pliego estudiantil, admitir que algunas demandas requieren procesos administrativos y presupuesto, y, a la par, permitir el ingreso de personal técnico para reactivar transmisiones. Del otro lado, el estudiantado del IPN insistió en condiciones mínimas: que la respuesta del Gobierno llegue por escrito, con fecha y firmas; que se detallen avances sobre la identificación de presuntos agresores de un alumno; y que la interlocución sea de alto nivel, con presencia de Segob y Hacienda, además de SEP. A falta de ese piso común, la liberación del inmueble quedó en pausa.
Las frases que encendieron la discusión
El punto de quiebre del intercambio fue la idea de “liberar” el canal. Para el Gobierno, la expresión se refiere a normalizar la operación del medio público sin cancelar el diálogo. Para el movimiento estudiantil, el verbo activa alarmas: sugiere ceder un control que, argumentan, hoy es su principal herramienta de presión para que sus demandas avancen. De ahí que se escucharan réplicas como: “¿vienes por el IPN o por el canal?” y “no vamos a abrir solo por un borrador”. La distancia semántica no es menor: al centro del lenguaje está el equilibrio entre la continuidad de un servicio público y la eficacia de una protesta que exige respuestas verificables.
¿Por qué exigen no solo a la SEP?
La estructura de las demandas ayuda a entender por qué el estudiantado presiona por una mesa ampliada. Su pliego no es únicamente académico; incluye exigencias sobre presupuesto, transparencia en el manejo de recursos y procesos internos del IPN que, por diseño, involucrarían a Hacienda, a la propia SEP y a autoridades de gobierno con capacidad de decisión normativa. Además, piden que el intercambio sea público —idealmente transmitido— para que haya trazabilidad de compromisos. Bajo ese marco, la consigna “diálogo para liberar Canal Once” solo tendría sentido, dicen, si primero hay garantías firmes y verificables.
Contexto del conflicto: del plantón a la toma
Las movilizaciones del IPN no arrancaron hoy. Desde semanas atrás, grupos estudiantiles han realizado protestas escalonadas en planteles y sedes administrativas, con especial foco en la Secretaría de Educación Pública y, posteriormente, en las instalaciones de Canal Once. El viernes y el jueves previos, el movimiento intensificó acciones: primero, un plantón y cierre parcial en el acceso principal de la televisora; después, bloqueos intermitentes en el Circuito Interior de la Ciudad de México para presionar por una respuesta inmediata. En su narrativa, el canal no es un objetivo en sí mismo, sino un amplificador simbólico y operativo: si Canal Once transmite un mensaje, si el conflicto se ve, las posibilidades de una negociación con resultados —y no solo con promesas— aumentan.
La agenda estudiantil, resumida por voceros en el sitio, incluye puntos como: auditorías y transparencia sobre presuntos desvíos; incremento de presupuesto para laboratorios, insumos y vacantes docentes; proceso democrático y con vigilancia ciudadana para la designación de la Dirección General del IPN; y atención a denuncias de agresiones contra alumnos y alumnas. En paralelo, demandan que la resolución no se fraccione en “mesas eternas” y ofrezca, desde el arranque, un paquete de compromisos verificables con cronograma, responsables y montos asignados. No piden milagros en 24 horas —aseguran—, pero sí un mínimo de certeza y de respeto a la interlocución que han sostenido en calles, asambleas y accesos.
El pliego en 10 puntos y el reclamo de transparencia
De manera consistente, el estudiantado ha planteado un pliego cercano a diez ejes, entre ellos la eliminación de cobros y cuotas que consideran opacos; la restitución de plazas y mejoras laborales para docentes; la recuperación de infraestructura crítica en escuelas y laboratorios; y la publicación de información sobre fundaciones y patronatos vinculados al IPN. La consigna de “transparencia total” incluye mesas técnicas con participación estudiantil y de la SEP, reglas claras para auditorías, y la presencia de Hacienda cuando sea indispensable hablar de dinero real y no de buenas intenciones. La exigencia es sencilla de decir y compleja de cumplir: quieren trazar, con el Gobierno, un mapa de soluciones con puertas y llaves a la vista de toda la comunidad politécnica.
La polémica de “liberar” y la operación del canal
En cualquier conflicto que toca infraestructura de medios públicos surge una tensión: ¿cómo mantener servicios esenciales sin vaciar de fuerza a una protesta legítima? En este caso, el “diálogo para liberar Canal Once” se topa con ese dilema. El Gobierno argumenta que garantizar la operación de la televisora no cancela derechos de expresión ni pliegos; los estudiantes replican que liberar el inmueble —sin antes asegurarse de respuestas firmes— mermaría su única palanca tangible. La salida está, probablemente, en fórmulas híbridas: permitir accesos controlados y seguros para el personal técnico, acordar ventanas de transmisión y cobertura del propio proceso de negociación, y establecer protocolos contra cualquier tipo de confrontación en los accesos. Si el canal vuelve a funcionar mientras el pliego avanza en público, la palabra “liberar” dejaría de oler a rendición y podría leerse como un acuerdo operativo de mutuo beneficio.
Qué sigue: rutas de salida y escenarios
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Escenario 1: mesa inmediata con borrador y pasos verificables. Si la SEP formaliza por escrito una primera respuesta —con compromisos, calendarios y responsables— y la mesa ampliada incorpora a Segob y Hacienda, el estudiantado tendría incentivos reales para relajar la presión sobre el inmueble. Ese acuerdo podría incluir, en el corto plazo, una ruta mínima de operación de Canal Once y, en paralelo, grupos de trabajo temáticos (finanzas, infraestructura, normatividad). Clave: que la comunidad vea avances en días, no solo promesas para “la próxima semana”.
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Escenario 2: bloqueo prolongado con ventanas de negociación. Si el borrador no satisface los puntos críticos del pliego, la toma podría prolongarse con picos de tensión —bloqueos breves, mensajes públicos, acciones simbólicas— y con una interlocución intermitente. Aquí, el riesgo es la fatiga social y mediática: sin hitos claros, el apoyo puede diluirse. Mantener la transparencia —por ejemplo, con minutas públicas, transmisión de mesas o conferencias conjuntas— sería la única vacuna contra la narrativa de “todo se quedó en discurso”.
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Escenario 3: escalamiento y ruptura. Es el peor de los mundos: sin respuestas y con un desalojo o confrontación, cualquier narrativa institucional perdería frente a imágenes de fuerza. Nadie —ni el Gobierno ni el movimiento— tiene incentivos para ir ahí. Por eso, el énfasis de los últimos mensajes oficiales en que no habrá represión y en que se apuesta por la vía política es vital para enfriar los ánimos y cuidar a la comunidad estudiantil.
Más allá del corto plazo, el conflicto del IPN vuelve a poner sobre la mesa un asunto de mayor calado: la gobernanza de las instituciones públicas de educación superior. ¿Cómo se eligen sus autoridades? ¿Quién fiscaliza los recursos de patronatos y fundaciones? ¿Cuáles son las reglas para que una comunidad tenga voz real —y no solo simbólica— en decisiones presupuestales y académicas? La coyuntura de Canal Once es, en buena medida, el síntoma visible de un sistema que requiere más transparencia, mayor participación y procesos democráticos robustos. Si la negociación aterriza en compromisos puntuales —por ejemplo, auditorías con calendario, publicación de contratos y convenios, y participación estudiantil en comités de vigilancia—, la chispa que hoy incomoda podría traducirse en una oportunidad institucional.
Por lo pronto, el clima político es el de una tregua frágil: hay voluntad declarada de dialogar y, a la vez, una negativa estudiantil a “liberar” el inmueble sin papeles firmados y autoridad completa en la mesa. Nadie quiere que un medio público quede apagado; nadie quiere que una comunidad sea ignorada. El reto está en diseñar un mecanismo que no convierta la palabra “liberar” en sinónimo de rendirse, sino en un acuerdo operativo que preserve el carácter público del canal y respete la protesta.
En términos de comunicación pública, que Canal Once relate con pulcritud lo que sucede —datos, voces, acuerdos, pendientes— puede ser parte de la solución. La televisión pública tiene, precisamente, ese mandato: abrir micrófonos, construir memoria y no esconder los conflictos de interés público. Si el propio canal se convierte en ventana de la negociación —con garantías de no represalia y de pluralidad—, se estaría enviando un mensaje potente: la educación y la transparencia no compiten, se alimentan.
Hay, sin embargo, tareas inaplazables. Identificar con nombre y cargo a presuntos responsables de agresiones no es opcional, es la base mínima de confianza. Igual de urgente es clarificar, con documentos y cifras, el flujo de recursos en fundaciones y patronatos vinculados al IPN, así como eliminar cualquier cuota o cobro injustificado que afecte la trayectoria de quienes menos pueden pagarla. Y por supuesto, invertir en lo que más se resiente en aulas y laboratorios: insumos, equipos, seguridad y plazas docentes.
En las próximas horas, lo razonable sería ver un primer documento del Gobierno con compromisos calendarizados, más la confirmación de una mesa ampliada que incluya a Segob y Hacienda. Si ese papel llega y convence, el “diálogo para liberar Canal Once” dejará de ser una consigna en disputa y se transformará en un proceso con etapas, fechas y responsables. Si no llega, el plantón seguirá marcando la agenda, con el reloj —y las cámaras— como aliados del contingente.
Mientras tanto, la comunidad politécnica mantiene el pulso y la disciplina que han hecho reconocible a su movimiento: asambleas, vocerías rotativas, puntos informativos y una regla de oro que repiten en megáfonos y cartulinas: nada se decide sin la base. En ese ecosistema, habilitar un espacio de negociación que no borre la fuerza del plantón, pero que arranque soluciones concretas, es el arte político del momento. Ahí, donde el lenguaje importa, conviene recordar que liberar puede ser sinónimo de abrir una puerta —no de cerrarla— si se hace con llaves compartidas y un acta firmada a la vista de todos.
Y sí, a veces las palabras pesan: si el canal vuelve al aire gracias a acuerdos verificables y no por inercia, el público dejará de ver en “liberar” una capitulación y empezará a leerlo como un derecho doblemente público: el de informarse y el de protestar sin ser ignorado. Ese es el punto de equilibrio que hoy se disputa en el Casco de Santo Tomás. Ahí se juega no solo la señal de un canal, sino la señal de que la política —cuando se hace en serio— todavía puede resolver conflictos sin apagar voces.













