La tragedia populista: ciudadanos sin futuro

Por César Santomé López. Analista y consultor.

Decir que la democracia está en crisis no es nuevo, pero no deja de inquietarnos el hecho de que asistimos a ciclos políticos de giros y desplazamientos electorales e ideológicos que muestran lo que puede suceder cuando una experiencia política basada en fuerte polarización, promesas fantásticas y deterioro de la confianza termina asociada a frustración social, económica, inseguridad y destrucción institucional.

En esos casos, el electorado puede no regresar a antiguas historias ni buscar algún centro ideológico. Puede desplazarse hacia una oferta igualmente disruptiva, pero de signo contrario. No todos estos vuelcos obedecen a las mismas causas, pero muestran algo que conviene observar: cuando la frustración política alcanza determinada dimensión, la alternancia puede dejar de significar moderación para convertirse simplemente en la búsqueda de la próxima disrupción.

Y todo comienza con un balance a veces abrupto de lo que cada país ha perdido por encima de aquello que pudo haber ganado con las promesas mesiánicas. Desde luego, ningún periodo político puede reducirse exclusivamente a sus fracasos. Pero hay momentos en que las pérdidas se convierten en losas demasiado pesadas: corrupción, omisiones, instituciones debilitadas o destruidas, promesas incumplidas, mentiras y capacidades nacionales que desaparecieron sin que nada mejor, o por lo menos equivalente, ocupara su lugar.

Ahí se descubre una de las tragedias más delirantes del populismo, que no consiste solamente en gobernar mal, culpar, prometer, fantasear, estigmatizar o destruir capacidades nacionales e instituciones. Consiste en reducir tan dramáticamente la expectativa social, política y económica de una nación hasta el punto en que su sociedad deja de aspirar a progresar y convierte su principal expectativa en recuperar lo que ha perdido.

Si tuviéramos que hacer un balance de nuestra realidad actual, probablemente hablaríamos demasiado de lo que hemos perdido: servicios de salud y educación; seguridad pública; justicia autónoma; libertad de expresión; contrapesos institucionales; confianza en el Estado de derecho; capacidades energéticas; oportunidades; expectativas de bienestar y aspiraciones de futuro. El verdadero desafío es  identificar qué sustituyó aquello que se destruyó.

Durante mucho tiempo, la lógica de la sustitución política implicaba —al menos como aspiración— reemplazar instituciones, políticas o estructuras que habían dejado de funcionar por otras que pretendían hacerlo mejor. El progreso político nunca fue lineal y muchas de esas sustituciones fracasaron, pero conservaban una idea elemental: cambiar debía significar mejorar alguna capacidad.

El constructo de la transformación introdujo otra lógica. Una institución desaparece y la que la sustituye tiene menos autonomía y mucha menos eficacia. Un mecanismo técnico es reemplazado por uno dependiente del poder y, curiosamente, del dinero. Una política pública imperfecta es destruida sin construir otra con capacidades equivalentes.

Esto se llama sustitución regresiva: el proceso político mediante el cual una institución, política o capacidad existente es eliminada o reemplazada sin que aquello que la sustituye conserve o aumente las capacidades nacionales, los derechos humanos, laborales o sociales o los niveles de bienestar previamente alcanzados.

Aquí Joseph Schumpeter, Capitalism, Socialism and Democracy (1942), se encontraría frente a una ironía por lo menos incómoda. Su famosa idea de la destrucción creativa (Joseph A. Schumpeter,) explicaba cómo la innovación destruye estructuras existentes precisamente porque crea otras nuevas. Trasladada, con todas las reservas necesarias, al terreno político, la lógica populista puede producir exactamente lo contrario:

destrucción sin creación o sustitución regresiva.

Se desmantela antes de saber y comprender qué se sustituye. Se condena antes de analizar. Se declara inútil aquello que tardó décadas en construirse. Y se convierte en traidor, mafioso o enemigo a quien antes sabía hacer aquello que el nuevo poder ni siquiera ha aprendido todavía a descifrar. Y existe una consecuencia todavía más profunda: con la sustitución regresiva se pierde el futuro.

La defensa contra los ataques del régimen termina convirtiéndose en el modo cotidiano de existencia de la oposición, que sin una propuesta evolucionada cae en la trampa del asedio. El recuento de aquello que desapareció ocupa el lugar que antes correspondía a la aspiración por construir algo nuevo y mejor. Y entonces sucede algo extraordinariamente regresivo: la sociedad comienza a buscar en el futuro un pasado que también ya fue destruido.

Una sociedad deja de preguntarse qué podría construir mañana y empieza a preguntarse qué puede salvar hoy. La aspiración ya no consiste en mejorar el sistema de salud, sino en recuperar los medicamentos básicos. No en construir mejores contrapesos, sino en recuperar alguno de los que desaparecieron. No en ampliar oportunidades, sino en evitar perder las existentes.

La política abandona entonces la producción de futuro y entra en una lógica de conservación, recuperación y supervivencia. Eso transforma también psicológicamente a la sociedad y modifica la imaginaria social con la que interpretamos nuestras posibilidades.

No puede suceder que nuestra mejor aspiración política termine siendo la defensa de aquello que estamos viendo desaparecer o que ya desapareció. Ahí reside una de las formas más perversas del nuevo populismo. Mientras esto sucede, el mundo no se detiene. Es decir: mientras nosotros discutimos cómo recuperar capacidades destruidas, el futuro continúa acumulando nuevas exigencias. Ésa es la paradoja. Necesitamos reconstruir el pasado al mismo tiempo que deberíamos prepararnos para problemas que nunca habíamos enfrentado.

Y frente a ello tampoco bastará la fantasía del Estado benefactor omnipotente, el que todo puede, todo sabe, distribuye la riqueza y todo lo transforma. Ningún Estado puede proteger indefinidamente a una sociedad mientras destruye las capacidades e instituciones que hacen posible esa protección.

Tal vez ésa sea la verdadera tragedia populista. No solamente que una sociedad pierda justicia, derechos, instituciones, capacidades, seguridad y bienestar, sino que, después de perderlos, termine dedicando una parte sustancial de su futuro simplemente a intentar recuperar lo perdido.

Y entonces aparece la pregunta: ¿cómo puede una democracia volver a transformar sin destruir, corregir sin arrasar y progresar sin cancelar aquello que necesita conservar? Eso exige volver a pensar la democracia como una política de equilibrio y progreso.

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