Por César Santomé López. Analista y consultor.
En 1944 Karl Polanyi publicó La Gran Transformación, uno de los libros más importantes de la economía política del siglo XX. Su pregunta sigue siendo vigente: ¿cómo fue posible que la sociedad terminara organizándose alrededor del mercado, en lugar de que el mercado permaneciera subordinado a la sociedad? Ocho décadas después creo que estamos entrando en otra transformación aún más profunda. Ya no sólo cambió la relación entre mercado y sociedad. Está cambiando la relación entre política, conocimiento, tecnología y realidad.
En medio de una época que encadena crisis —geopolíticas, energéticas, climáticas, económicas, sanitarias y de seguridad— comenzamos a descubrir dos hechos inquietantes: no estamos resolviendo definitivamente ninguna de ellas y como consecuencia, nuestras expectativas sobre el futuro han cambiado profundamente.
A lo largo de la historia, la economía se había embebido o incrustado en la sociedad, la economía respondía a la cultura; a las instituciones; a la religión; a la familia; al derecho; a la política. Pero con el capitalismo liberal del siglo XIX y con el neoliberalismo del SXX ocurrió algo que nadie ha explicado por completo: ¿cómo fue posible que esta relación se invirtiera? Desde hace tiempo, la sociedad es la que debe adaptarse al mercado y al amparo de este fenómeno, explicado a medias se han incubado las más aberrantes olas políticas como el moderno populismo, otro fenómeno que apareció cuando aún no terminábamos de comprender la gran transformación descrita por Polanyi.
Hemos sobrevalorado las capacidades de los políticos y también las nuestras para modificar la realidad. Creímos que podíamos gobernar razonablemente cualquier emergencia. Hoy nos conformamos con evitar que las cosas se descontrolen. Mientras aceptamos que vivimos expuestos a una incertidumbre permanente que se ha instalado en el imaginario colectivo como uno de nuestros mayores temores. Sin darnos cuenta estamos sustituyendo el progreso por un pensamiento de mantenimiento.
Después de cada crisis buscamos estabilizar, no mejorar. Nuestro objetivo ya no parece ser transformar los sistemas sino contener su deterioro. Hemos pasado de anticipar a remediar.
El problema también se expresa en el lenguaje. El nuevo vocabulario político gira alrededor de palabras como resiliencia, mitigación o control. No es casualidad. Revelan una sociedad que ya no imagina el futuro, sino que aprende a resistir el presente. ¿Será que el nuevo reto ya no consiste en evitar las crisis, sino simplemente en soportarlas?
Así las cosas, la esperanza va perdiendo fuerza en manos de lo que llaman las izquierdas o del moderno capitalismo. Parafraseando a Marx, reformulamos: lo revolucionario es ahora preservar el mundo presente porque ya no sabemos o no podemos cambiarlo.
Es el escenario perfecto para las dictaduras, una imaginaria social llena de incertidumbre y miedo que se deja llevar por un dictador que le promete alargar el presente a cambio de la libertad del futuro.
Ahora aparece, a mi juicio, la segunda gran transformación. La primera consistió en desincrustar la economía de la sociedad, la segunda consiste en desincrustar la política de la realidad. La política ha dejado de responder prioritariamente a los hechos, a la verdad y al conocimiento para responder a tendencias, algoritmos, emociones, propaganda, captura de la atención y estrategias de polarización. Ha dejado de producir futuro para administrar el presente. Ésa es la verdadera transformación. Ya no es solamente económica, es cognitiva, política, social, institucional y educativa.
Estamos perdiendo el equilibrio de nuestras capacidades sociales. Ya no sólo se trata de distribuir ingreso y riqueza; se trata de crearlas. ¿Cómo construimos una sociedad capaz de pensar, innovar, deliberar, producir futuro? Ya no hablamos solamente de economía política.
Si Polanyi nos enseñó que la economía podía dejar de estar al servicio de la sociedad, nuestro tiempo nos obliga a preguntarnos si la política ha dejado de estar al servicio de la realidad. Tal vez la verdadera tarea de las próximas décadas no sea únicamente recuperar el crecimiento económico o la estabilidad institucional. Tal vez sea volver a incrustar la política en la realidad para que recupere su capacidad más importante: producir futuro.











