Zona Analítica, por César Santomé López. Analista y consultor.
La realidad del mundo que estamos viviendo y destruyendo nos dejará mal parados. No sólo estamos viviendo la Segunda Gran Transformación y un retroceso potencial en lo social, lo político, lo económico y lo cultural, sino que estamos permitiendo algo más profundo: el retroceso de la imaginaria social y hasta del lenguaje que utilizamos.
Parece que mientras más tiempo pasa, las descripciones de las crisis que padecemos resultan cada vez más insuficientes. A diferencia de la igualdad, la inclusión y la solidaridad que se pregonan en favor de los más necesitados, muchos de quienes están al frente de gobiernos populistas y autoritarios alrededor del mundo y en los espacios digitales que capturan la atención de la sociedad exhiben un egoísmo y un narcisismo insultantes.
Hemos sustituido el debate y la propuesta por el chisme, la filtración, la intriga, la mentira y la manipulación, ejercidos además con un cinismo frío y monumental. Nos estamos acostumbrando a presenciar una política basada en la ficción, en espacios donde los valores han desaparecido y la ley se pone al servicio de políticos caníbales. Las relaciones de fuerza se convierten en mecanismo ideal: los fuertes ignorantes aplastan a los débiles razonables.
Terminamos fascinados por episodios diarios de política ficción que utilizan los mecanismos más primitivos del poder. Todo termina explicado por la voluntad de un personaje y su brutalidad. Pero quizá la mayor sorpresa no sean esos personajes sino la sociedad que los contempla. El comportamiento social frente a ellos puede resultar temerario, inverosímil e irracional.
Es como aplaudir en una plaza digital comportamientos políticos que buena parte de la historia contemporánea nos enseñó a reconocer como peligrosos y aun así aceptar con una tranquilidad aterradora explicaciones que no tienen un ápice de realidad y que no hacen más que reproducir una misma letanía. No cabe duda de que el virus de la simpleza y la ignorancia puede resultar más peligroso y persistente que muchos otros. Es como vivir aceptando que lo peor ya ha sucedido y que, por lo tanto, nada de lo que venga puede sorprendernos.
No estamos cayendo en cuenta de que esta fascinación popular por lo peor concede a las caquistocracias un valor y un lugar en la imaginaria social que no merecen. Tácitamente doblamos las manos ante ellas y terminamos condenándonos a una impotencia majadera y enajenante.
Esta fascinación por lo peor nos convierte en víctimas propiciatorias y en cómplices involuntarios. Estamos desactivando la potencia de la indignación y entregándonos a la comodidad de considerar inevitable el destino que proponen los autoritarios. Estamos ignorando que los populistas nos hacen creer que pueden mucho más de lo que en realidad pueden.
El triunfo más profundo del autoritarismo no ocurre cuando concentra el poder, sino cuando logra que la sociedad considere normal aquello que antes habría considerado intolerable. Entonces sobreviene algo aún más peligroso: la normalización del autoritarismo produce una percepción exagerada de su poder y una percepción disminuida de la capacidad de resistencia de la sociedad. Ellos terminan felices con nuestra propia fascinación por lo peor y les ofrecemos nuestra ingenua e indiferente voluntad en bandeja de plata.
Todos contribuimos así a la reducción de la política. Nos sacudimos responsabilidades al dar por sentado que la política es sólo cuestión de poder y declinamos actuar de otra manera. Seguimos como espectadores, ignorando algo elemental: no existe el autoritarismo de beneficencia pública.
Nuestro diagnóstico de la realidad puede servir para frenar una crisis anunciada o para traer al presente el peor de los futuros de manera anticipada. Al consumir información deberíamos distinguir entre crítica razonada, narrativa especulativa y narrativa falsa y no dejarnos impresionar por la forma ostentosa en que ejercen el poder los nuevos populistas, cuyo daño crece proporcionalmente al nivel de atención, resignación y enajenación que les permitimos.
Cada uno elegirá entre la conducta que más favorece a los autoritarios, aquella que trata de despertarnos frente a la realidad o aquella que se limita a sostener una crítica histérica sin contenido. Y deberíamos incorporar a nuestro análisis todos aquellos razonamientos que hagan patentes las limitaciones de los autoritarios, sobre todo para descubrir que sus manifestaciones más estridentes de poder muchas veces esconden sus verdaderas debilidades.
La dramatización de la crítica y de los acontecimientos contrarios a los populistas autoritarios, colocando al Pueblo permanentemente como víctima propiciatoria, esconde además el verdadero descuido respecto de aquello que dicen defender. El trato que dispensa el populismo autoritario al Pueblo es el de una víctima eterna. Y al convertirlo permanentemente en víctima termina también por despojarlo de responsabilidad, autonomía y capacidad de transformación. Un pueblo al que solamente se le enseña quién tiene la culpa difícilmente aprende qué puede hacer por sí mismo.
Se habla de desigualdad, pero se enseña poco a crear riqueza verdadera. Se proclama la defensa del Pueblo mientras se debilitan las capacidades que podrían hacerlo más autónomo. Y cuando llegue el fracaso anunciado, naturalmente serán otros los culpables, nunca su limitada capacidad para gobernar con honestidad y razón. Por eso el autoritarismo necesita convencernos de que no es posible gobernar sin dominar, imponer, prohibir, engañar o fabricar enemigos.
Este retroceso populista ha llevado al extremo su deriva narrativa. El retroceso al que ha sometido a las sociedades incluye incluso un lenguaje que creíamos olvidado y categorías que suponíamos superadas por la historia. Hemos vuelto a hablar de propaganda, censura, adoctrinamiento, imperialismo, expansionismo, invasión extranjera, enemigo interno, traición a la patria, esferas de influencia, militarización, autocracia, masa y enajenación. Hasta la expresión Guerra Fría ha recuperado una inquietante actualidad.
Las palabras del pasado regresan cuando el presente vuelve a dar vida a las realidades que aquellas palabras describían. Y quizá ésta sea una de las señales más perturbadoras del retroceso: no solamente estamos recuperando conflictos que creíamos superados; estamos necesitando nuevamente el vocabulario con el que alguna vez aprendimos a nombrarlos. Ese lenguaje también sirve para capturar a las nuevas generaciones y, en lugar de enseñarles a ver y construir futuro, los populistas les enseñan a estar ciegos y regresar al pasado. En resumen, el retroceso populista necesita fabricar nostalgia incluso entre quienes nunca vivieron el pasado que se les invita a extrañar.
La masa tampoco desapareció. Se digitalizó. El populismo ya no necesita reunir físicamente a las masas; la propaganda diaria en los medios y las redes mueve a millones en favor de un mesías y en contra de un mismo enemigo imaginario. La antigua sociedad de masas puede estar adquiriendo una dimensión nueva: una especie de masificación algorítmica que todavía no terminamos de comprender.
Esta reflexión busca mover conciencias. No somos impotentes frente al poder, tampoco frente al que se pretende absoluto. En los momentos más difíciles de la historia existen también algunos resquicios para resistir y oponerse. Incluso cuando todo parece conspirar para que se imponga la fortuna más despiadada, siguen existiendo oportunidades para que la virtud trabaje.
Si hablamos de política y escribimos de política, tenemos una responsabilidad: apegarnos al conocimiento, a sus herramientas y a la realidad, procurando señalar salidas razonables frente a un mundo violento y mediocre al que pretenden someternos. Recordemos siempre que nuestros problemas no comienzan cuando aparece lo peor. Lo peligroso de verdad comienza cuando dejamos de reconocerlo como tal.












