LA CONDICIÓN HUMANA FRENTE A LA TECNOLOGÌA.

Por César Santomé López

Estamos incorporándonos a una ola tecnológica: al uso indiscriinado de la inteligencia artificial, todos los días alguien se congratula de los “éxitos” que nos facilita la IA y que vamos aplicando en el trabajo y en la vida de cada uno de nosotros. Para unos la IA  ha sido una gran ayuda, nos abrevia horas de búsqueda y otros tantos esfuerzos de síntesis. Para otros es una verdadera maravilla acceder al potencial que ofrecen los programas de IA, dominan el cálculo, cierta predicción analítica o abrevian diagnósticos e incluso en el arte la IA tiene espectaculares aportaciones.

Las posibilidades de la IA dependen de cada uno, mientras mayores competencias tiene un humano, los procesos de IA potencian su alcance, mientras mayor capacidad descriptiva posea alguien, mejores resultados obtendrá de la IA. Creación de modelos, artes visuales, diseño, incluso la escritura de historias son objetivos perfectamente alcanzables por la IA.

Este abanico infinito de posibilidades han llevado a muchos a especular sobre la sustitución del humano en muchos ámbitos, incluído el terreno de la creatividad y ello nos lleva a una idea inquietante, esta realidad está poniendo jaque mucho de lo que pensamos nos distinguian de las máquinas, algunas personas ya han caido en la trampa y algunas de sus capacidades ya están en peligro de extinción.

La creación de soluciones, obras de arte, literatura e investigación, se podrían quedar sin autores humanos.

Hoy en día revisamos en las compañías, trabajos que presentan una dificultad creciente para identificar si la obra es humana o fue producto de una consulta al Chat GPT. Claro que existen programas que nos ayudan a distinguir el contenido generado por IA, de lo que es trabajo humano y sin embargo el efecto sobre el desarrollo humano y su entorno es fenomenal.

En ello incluimos las artes, la política, el cálculo de ingeniería o el actuar de múltiples profesionales como jueces o analistas, cuyo trabajo debería depender de interpretación, contexto social y criterio humano comienzan a delegar parte de esas capacidades a sistemas de IA.

Tan solo plantear el análisis de las líneas que acabamos de escribir, nos presenta un verdadero desafío humano y social, hasta dónde será posible integrar la creación artificial en nuestro mundo, hasta donde es necesario imponer límites para utilizar la potencia computacional integrada a la IA y hasta donde es saludable para el ser humano continuar en esta senda.

En cierto sentido, la creatividad humana no puede imitarse, repetirse ni automatizarse. En ella existen errores, inconsistencias, intuiciones y reacciones impredecibles. Además, a ciertos humanos les encanta romper reglas, desviarse, improvisar o desafiar estructuras establecidas.

Nada de ello parece reducible completamente a reglas algorítmicas, aproximaciones cibernéticas o identificación de patrones lógicos.

Hago énfasis en todo ello dado que diversos estudios recientes sobre capacidades cognitivas humanas han comenzado a describir tendencias preocupantes. Investigadores asociados al llamado “efecto Flynn inverso” sostienen que, por primera vez en generaciones recientes, ciertos indicadores de razonamiento, concentración y comprensión compleja parecen mostrar signos de deterioro respecto a generaciones anteriores.

Más allá de la discusión técnica sobre el IQ, el fenómeno refleja algo más profundo: la fragmentación de la atención, la sobreestimulación digital, la dependencia tecnológica y el agotamiento cognitivo de sociedades hiperconectadas que procesan cada vez más información, pero comprenden cada vez menos el mundo que construyen.

La paradoja es inquietante. La humanidad creó tecnologías extraordinarias para ampliar sus capacidades, pero no necesariamente para desarrollar mayor inteligencia política, cultural, social o ética. Mientras unas cuantas sociedades lograron convertir la tecnología en bienestar, educación, innovación y desarrollo humano, buena parte del mundo terminó utilizándola para profundizar polarización, control, vigilancia, consumo masivo, manipulación y disputa geopolítica por recursos, información y poder.

La tecnología dejó de ser únicamente una herramienta; se convirtió también en objeto del deseo y de conflicto geopolitico global. Y el verdadero riesgo no es que las máquinas piensen como humanos, sino que los humanos renuncien lentamente a pensar por sí mismos.

Todo ello aplicado a la política nos plantea un problema de fronteras: hasta donde la tecnologìa puede ayudar a la política, al ciudadano y a la sociedad, a recuperar su inteligencia política y a generar de nuevo esa producción de ideas políticas que buena falta nos hace.

Como sociedad estamos obligados a recapacitar hasta donde la tecnología como la IA nos auxilia y donde debe ponerse en juego nuestra creatividad para impulsar al hombre nuevos límites, impredecibles, retadores, más justos y mejor gobernaods. Al final reconozcamos que los humanos debemos seguir preguntándonos como afecta a nuestra naturaleza el entorno que hemos creado con la tecnologìa, en tanto que a las maquinas y a muchos políticos contemporaneos no parace importarles tanto.

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