Alejandro González Iñárritu volvió a encender la conversación sobre el rumbo del séptimo arte con una consigna que suena a manifiesto: vida textura y olor. El cine, dijo sin rodeos, no puede rendirse a la dictadura del marketing ni a los dictados del dinero. Su frase —“que tenga vida, que tenga textura, que huela”— retumbó en la Cineteca Nacional Chapultepec, donde presentó el libro que celebra los 25 años de Amores perros y, de paso, lanzó dardos a una industria que, según él, hoy calcula demasiado y arriesga poco. Para Iñárritu, si una película nace pensando en los resultados, ya empezó cansada: le falta cacayanga, esa “mugre vital” que la vuelve memorable.
Un rugido contra el marketing: la consigna de las tripas
El discurso del director mexicano fue directo, casi punk, frente a un público que abarrotó la sala. Su diagnóstico: los marqueteros y financieros se han apoderado de decisiones creativas que antes pertenecían a cineastas, fotógrafos, guionistas y editores. Ya no solo se planea el póster antes de rodar; ahora hay equipos completos que preconfiguran la conversación incluso antes de que el primer plano exista. El resultado, advierte, es un cine pulcro, encerado y simétrico… pero sin latido. El contraste con su ópera prima —rodada a contracorriente y con recursos limitados— es también una forma de decir que no hay algoritmo que calcule el accidente feliz, ni hoja de Excel que mida la electricidad de un set cuando todo sale mal y, de pronto, sale mejor.
En un sistema hiperprofesionalizado, muchas producciones se blindan para que nada escape al plan. Sin embargo, Iñárritu insiste en que el cine que trasciende se hace “en carne viva”, en presente continuo, sin esa ansiedad de “optimizar” el futuro. No se trata de romantizar la precariedad ni de negar que el marketing sea necesario para llevar películas a las salas. Se trata de no confundir el mapa con el territorio: la estrategia con la emoción. El marketing puede acompañar, nunca dirigir.
“Cacayanga”: el antídoto contra el cine perfecto y vacío
Entre risas, el director bautizó como cacayanga ese plus orgánico que ninguna cámara estandarizada ni flujo de trabajo inmaculado garantizan: imperfecciones, texturas, sudor, azar. Es la diferencia entre ver una imagen “bonita” y sentirla. La cacayanga es una poética del error bienvenido: el golpe de luz inesperado, la toma que se desvía un milímetro y descubre otra verdad, el nervio que se cuela porque el tiempo apremia. Oler la escena, como reclama Iñárritu, es aceptar que el cine huele porque está vivo. Y cuando está vivo, contagia vida.
25 años de Amores perros: del rodaje feroz al libro con entrañas
El aniversario de Amores perros no es nostalgia vacía. Es una revisión a contraluz de cómo se gesta una película que partió de la calle —literal y simbólicamente— para morder la historia del cine mexicano. El volumen conmemorativo, editado en colaboración con sellos especializados, rescata fotografías, notas de rodaje, materiales inéditos y fragmentos de ese making of que, por lo general, termina olvidado en estantes y discos duros. Es memoria, pero también método: una invitación a ver de cerca el músculo artesanal de un filme que apostó por la textura y la mezcla de mundos (periféricos, íntimos, violentos, tiernos) cuando asomaba el milenio y la industria local peleaba por su lugar.
El encuentro en la Cineteca tuvo algo de masterclass, algo de ritual y algo de terapia colectiva. Entre anécdotas, el cineasta reiteró que Amores perros se hizo sin pensar en el futuro, sin plan de dominación global, sin garantías. Se hizo con hambre. Es ese apetito —y su ética— lo que el libro intenta fijar para las nuevas generaciones: que se puede filmar con rigor y al mismo tiempo dejar una ventana abierta al caos, porque a veces el caos escribe mejor.
Una comunidad cinéfila al rojo vivo
La estampa fuera de la sala lo confirmó: filas largas desde la mañana, fans que se quedaron sin boleto pero no sin selfie, complicidad de pasillo. El eco del 25 aniversario ya había reactivado proyecciones, conversatorios y relecturas críticas del filme en el último año, y el lanzamiento del libro elevó el pulso. Más que un cumpleaños, fue un punto de reunión para hablar de por qué una película pegó tan hondo y por qué sus temas —lealtad, violencia, clase, amor torcido— siguen latiendo.
Teléfonos, IA y la batalla por la atención: ¿quién manda en la imagen?
En su repaso del presente, Iñárritu no solo señaló al marketing. También habló de esos “pequeños rectángulos” que todos cargamos. ¿Qué le hacen a nuestra percepción? ¿Qué nos hacen esperar de una película? El director sostiene que la era de la pantalla mínima —y de la atención partida— empuja a la industria a uniformar ritmos, colores y encuadres para que todo “entre” suave y no distraiga. El problema —otra vez— es confundir claridad con domesticación. Ver cine en salas, con un público que respira a tu lado, y ver clips en un celular son experiencias distintas; pretender que una alimente a la otra con la misma gramática redunda en imágenes predecibles.
La discusión se complica todavía más con la inteligencia artificial. En meses recientes, el propio Iñárritu alertó que la masificación de imágenes generadas por IA puede erosionar la confianza en lo que vemos. ¿Cómo crees lo que se te presenta si no sabes cómo se originó? ¿Cómo sostienes el pacto con el espectador cuando todo puede fabricarse sin huella humana? No es un rechazo tecnológico, sino una petición de honestidad y de límites éticos: si el cine va de presencia y de tiempo, ¿qué hacemos cuando una parte sustantiva ya no es presencia, ni tiempo, ni cuerpo?
¿Y el negocio qué? Sano es el equilibrio, no la obediencia
La polémica no niega la realidad: sin inversión no hay largometrajes, y sin distribución no hay salas encendidas. Pero una cosa es el equilibrio —producir con cabeza y comunicar con astucia— y otra la obediencia a métricas que reducen lo complejo a fórmulas. Si la conversación se define desde hojas de cálculo y test screenings infinitos, la diversidad visual y temática se achica. El cine que vivirá en la memoria, sugiere Iñárritu, será el que se atreva a salir del carril trazado. Vida textura y olor no son un eslogan; son una metodología: dejar que lo humano desborde el molde sin pedir permiso cada cinco minutos.
Cómo se cocina una película con “olor”
Más allá de la consigna, ¿cómo se aterriza esa filosofía en el set? El director suele insistir en procesos que favorezcan la serendipia. No se trata de improvisar por improvisar, sino de tensar el dispositivo para que pueda capturar lo inesperado: ensayos que busquen la emoción antes que la marca; luz natural aprovechada hasta exprimir su carácter; encuadres que arriesguen la imperfección si con eso ganan verdad; montajes que no tengan miedo a respirar cuando el cuerpo de una escena lo pide. Es el tipo de decisiones que no “venden” sola una campaña, pero que sostienen una película cuando las luces del estreno se apagan.
Esa ética de trabajo conecta, además, con un México que Iñárritu filma con carne y lenguaje. La textura de la ciudad (ruidos, perros, tránsito, calle), la violencia como telón de fondo que nunca se siente gratuita, los afectos rotos pero insistentes: todo eso vive en capas cuando el rodaje permite que contaminen el encuadre. La fórmula de la fórmula —esa que pule para que nada desborde— esteriliza; la fórmula del riesgo —esa que acepta el temblor— fecunda. Son dos políticas visuales en pugna.
El libro como taller abierto
El volumen de aniversario funciona como taller portátil para cineastas jóvenes y público curioso. Ver los stills, las hojas de llamado, los apuntes de fotografía y arte, y los testimonios del equipo es asomarse a una cocina donde el hambre y la organización conviven. La edición refuerza una idea que cualquier set conoce: rodar es tomar decisiones a la velocidad de un latido, y el estado de gracia se alcanza cuando el latido capta algo que ni el guion ni el plan de rodaje anticipaban. Esa captura —ese olor narrativo— es la que Iñárritu reclama preservar frente a la comodidad de la “previsibilidad total”.
Lo que se dijo, lo que queda
—El cine no puede nacer obedeciendo a resultados. Nace sintiendo.
—El marketing acompaña; no dirige.
—La tecnología es increíble, pero la emoción no es un preset.
—Si una película no tiene cacayanga, no tiene memoria.
El director habló desde la trinchera de alguien que ha jugado en todos los frentes: cine independiente y estudios, salas y streaming, narrativas clásicas e instalaciones inmersivas. Su reclamo no es apocalíptico, es pragmático: si el cine quiere seguir importando, que huela. Y para oler, necesita vida textura y olor literal y metafóricamente: cuerpos presentes, riesgos asumidos, texturas que no parezcan salidas de una plancha.
Ese fue el pulso de una tarde intensa: el festejo de una película que no envejece y la advertencia de una industria que, si no suelta el freno de mano corporativo, puede olvidar por qué alguna vez amamos sentarnos frente a una pantalla. La conversación no se cierra aquí: apenas empieza. Porque el arte que dura no nace de complacer métricas, sino de incomodarlas.












