Por César Santomé López. Analista y consultor.
México necesita abandonar sus falsas salidas: el populismo que cree transformar narrando y la tecnocracia neoliberal que cree transformar solo transformándose a sí misma. A lo largo de la historia la cultura política se ha distinguido por argumentaciones para luchar por el poder sin definir el plano más importante: la relación que cada ideología guarda con el cambio y la verdadera transformación. Toda ideología promete transformación, pero cuando llega al poder buscan conservarse. Por eso se parecen tanto los de la mafia del poder y los de la mafia del no poder.
Las nuevas izquierdas populistas tienden a sobrestimar en su narrativa, las capacidades sociales de cambio y en la práctica no hacen nada más que aplastar la capacidad social del cambio y por tanto de cualquier transformación. Por su parte, la ideología más apegada a la derecha tiende a subestimar las capacidades de cambio y transformación de la sociedad. El resultado es equivalente, la sociedad es dejada a un lado y cuando esta acumula suficiente presión y hartazgo, sobreviene un cambio que nadie esperaba de esa forma.
Ese razonamiento social proviene en gran parte de las rupturas entre los políticos y la realidad cuyo resultado siempre es abandonar a la sociedad a su suerte: Los populistas esperando que la realidad cambie con la administración permanente del relato y los tecnócratas neoliberales creyendo que las reformas económicas generarían espontáneamente una nueva sociedad y dejando de explicar sus decisiones se distanciaron de la sociedad y terminaron confundiendo la estabilidad macroeconómica con la legitimidad política.
Por eso los populistas perdonan la corrupción y los errores y premian el activismo que satura la narrativa y los neoliberales castigan los errores sin percatarse que, con el tiempo ese divorcio con la sociedad terminó en una frívola corrupción. La política hoy más que nunca tiene el imperativo de encontrar el equilibrio entre ambas ideologías revalorando le importancia de categorías sociales y políticas como la verdad, el saber experto, el análisis, la deliberación, la prospectiva, la honestidad, la justicia, el discurso político y el bien común entre otros.
Pero por encima de todo deben entender y hacernos entender que gobernar en democracia significa estar limitados en el ejercicio del poder cuyo marco de actuación se define precisamente con las categorías que acabamos de mencionar, lo cual nos permite transformar, cambiar y mejorar sin retroceder y dejando de adivinar un pasado que todos sabemos en qué terminó.
Las ideologías políticas dejaron de cumplir una función histórica que consistía en tratar de llevarnos al futuro de manera equilibrada, sana, segura y con mejores niveles de bienestar, las ideologías políticas eran entonces distintos modos de relacionarnos con la realidad y con el futuro.
El fin de la historia de Fukuyama creo que no está cerca, al contrario, nos hemos alejado de este, la obscuridad que presagiaban Krastev y Holmes requiere nuevas luces de pensamiento y de estrategia casi pedagógica para una sociedad ávida de explicación y sentido. Al final la política nos debe ayudar para saber cuánta realidad y cuanta verdad somos capaces de asumir, entender y gestionar.
Los llamados neoliberales se dirigen a la sociedad desde un nivel del que pretenden aliviar la inquietud social haciéndole ver al gran público que las cosas son de tal forma que lo mejor es aspirar a mantener equilibrios permanentes en todo. Los de la izquierda populista, quieren convencer a la sociedad de que todo lo que existía al momento de su arribo al poder, no sirve y tendrá algún valor siempre y cuando se pueda reformar, muy a su manera y alejados de toda lógica que podría proveer el saber experto.
Por eso el nuevo populismo sea de izquierda, derecha o psicodélico, es más atractivo para la sociedad y es tan proclive a sentirse moralmente superior, ello origina que nos lleven de ocurrencia en ocurrencia y de fracaso en fracaso. Del otro lado de la moneda los neoliberales y la derecha son adversos a la experimentación y van a lo seguro según indica algún manual.
Al final ni unos ni otros se percatan de lo que realmente piensa, siente y necesita la sociedad, los populistas se instauran en una melancolía redentora y los otros en un sueño técnico en el cual la mano invisible asegurará que, si bien, en el largo plazo estaremos muertos, nuestro tránsito por la vida estará asistido por las decisiones más racionales de cada uno.
Estas diferencias ideológicas no resueltas agotan a la sociedad en periodos de tiempo cada vez más cortos y electoralmente nos enfrascamos en una búsqueda sin fin de la tierra prometida. Mientras, los políticos en cada cambio de tuerca polarizan cada vez más, ignorando que una de las funciones de la política y de la producción ideológica es precisamente reducir las diferencias entre ideologías y transformar esas colecciones de sentencias y narrativas en argumentos y programa social.
La deliberación política en la verdadera democracia permite el contraste de toda idea, sin entrar a la descalificación como argumento principal, por eso es tan fácil encontrar diálogos sordos entre los que ocupan los cargos políticos a todo nivel ya que ninguno se ha puesto a trabajar en un verdadero discurso político que describa los problemas con cruda verdad y objetividad y que proponga las soluciones dentro de un marco de verdad, conocimiento experto y ejecución normativa impecable.
Y para lograrlo es indispensable que unos y otros renuncien a sus pasados, a sus narrativas y a sus necias sentencias. Logrado esto es necesario reconstruir la política basados en la definición de nuevas categorías de análisis y discusión, proponiendo un marco de deliberación argumentado para permitir que fluya esa deliberación en sentido constructivo.
Estamos ante la verdadera urgencia de asumir el esfuerzo social que nos queda por delante: discutir cómo diseñar una mejor política que considere que el cambio y la transformación real existen y que ello implica cambiar gobiernos y políticos que no funcionan o que no entienden. Los doctores neoliberales de la mafia del poder saben, pueden, pero no entienden y los populistas creen que entienden, pero no saben y no pueden. Entre ambos extremos México sigue buscando una política capaz de reconciliar verdad, libertad, conocimiento, ciudadanía y poder. Allí comienza, quizá, la verdadera transformación. Ejercer el poder sin que el país se caiga y sin que nadie quede al margen.










