Por César Santomé López. Analista y consultor.
Si Polanyi nos mostró cómo la economía podía dejar de estar al servicio de la sociedad, ahora estamos tardando demasiado en darnos cuenta de cómo la política ha dejado de estar al servicio de la realidad.
Cuando la política deja de responder a los hechos, a la verdad y al conocimiento para responder a emociones, propaganda, captura de la atención y estrategias de polarización, podemos esperar dos cosas: primero el retroceso y después la debacle. Y ese retroceso se acelera mediante un fenómeno cada vez más recurrente en el mundo, el aprendizaje autoritario: gobiernos que observan, reproducen y adaptan las prácticas que han permitido a otros exterminar la democracia y concentrar poder.
La geopolítica está marcada hoy por un ambiente de constante conflicto, incertidumbre y confusión, que produce relaciones internacionales inciertas, indefiniciones políticas y desafíos inéditos y a pesar de que cada crisis tiene un nicho de oportunidad, más bien lo que se observa es un retroceso.
Una primera señal es la crisis política neoliberal y el arribo de las caquistocracias de derecha, de izquierda o populistas. Estas últimas aparecen, en buena medida, como desecho y consecuencia de la crisis de las izquierdas, especialmente las latinoamericanas. No quiero decir que antes hubiera algunos libres de pecado, pero sí que, desde los inicios de este siglo, hemos presenciado eventos aberrantes producto de varias de las disfuncionalidades del mundo que habíamos construido y que dejamos sin resolver.
Para muchos, las épocas de conflictos bélicos estaban casi anuladas; eso pensaban algunos ingenuos privilegiados. Sin embargo, hoy tenemos guerras cada rato y por varios lugares del mundo que siguen padeciendo los mismos problemas, que la comunidad internacional no ha sabido resolver y además vivimos esta realidad con la incertidumbre de cuál será el evento que pueda detonar un conflicto mayor que ni siquiera hemos imaginado.
Como mencioné antes, este siglo comenzó con crisis inéditas, en 2001, Enron; 2002, WorldCom; 2003, Parmalat, el “Enron europeo”; 2008, Lehman Brothers; 2008, AIG; 2015, Volkswagen o 2018, Cambridge Analytica/Facebook. Estos casos ilustran una evolución: fraude corporativo, riesgo financiero, riesgo sistémico, manipulación tecnológica, manipulación cognitiva y política y también muestran las razones de regulaciones como la Ley Sarbanes-Oxley de 2002, lanzada para reforzar auditoría, responsabilidad corporativa y controles internos.
Después de aquella primera gran transformación, hemos visto cómo el mundo normalizó un ciclo: abusos, crisis, revelación, regulación, promesa de que aprendimos y nueva crisis; nuevas formas de prevención de riesgos; nueva regulación, nueva crisis. Hemos aprendido a convertir nuestro pensamiento de futuro progresista en uno de mantenimiento. La resiliencia es necesaria frente a una crisis; convertirla en proyecto de sociedad es otra cosa. Una sociedad cuyo máximo objetivo consiste en resistir ha renunciado previamente a progresar. No aprendimos a resolver las causas estructurales: contenemos la crisis, estabilizamos el sistema, introducimos correctivos y continuamos hasta la siguiente crisis. Los problemas entonces se están volviendo menos corporativos y más sistémicos, financieros, de gobernanza y de Estado.
Estos eventos nos enseñaron cuán frágiles son nuestras economías. La Segunda Gran Transformación nos mostrará cuán frágiles son nuestros Estados.
La segunda señal de esta nueva transformación nos la mostró la pandemia. Se trató de una exposición inédita del papel del Estado frente a una crisis de ese tamaño, y no repetiré aquí los fracasos que significó para numerosos gobiernos alrededor del mundo.
Las nuevas expresiones de la guerra muestran dimensiones que no sabíamos que regresarían a incrementar los riesgos que enfrenta la humanidad. Los conflictos comerciales, el poder de la tecnología, la interdependencia en las cadenas de producción y suministros hacen de esta dimensión un factor potencialmente grave de crisis. La salud pública, la falta de control sobre ciertos experimentos y el cambio climático nos hacen pensar, además, en riesgos compartidos para los cuales no hemos sido preparados.
Al parecer los gobernantes del mundo prueban que no han aprendido nada de la historia de las sociedades que gobiernan. Estamos ante conflictos que pensamos ya no viviríamos, con respuestas de gobiernos que perecen remontarnos a los años de la Guerra Fría. Ya las alianzas mundiales y los organismos internacionales son casi inoperantes y son atacados todos los días.
El sueño dorado de las democracias con crecimiento y desarrollo, paz y justicia parece cada día más lejano. ¿La tecnología? Parece más bien un arma en manos de un niño que no sabe cómo manipularla.
Tenemos ejemplos de desarrollo económico sin derechos humanos, hemos comprobado que un mercado común no significa necesariamente integración ni económica ni política. La democracia cae a manos de populistas, de ultraderechistas o de criminales. Ya vimos que la democracia no sólo colapsa en países poco desarrollados. Podemos experimentar máxima aceleración tecnológica y, al mismo tiempo, muy poco avance político y social. La crisis climática, por sí sola, podría anular casi cualquier desarrollo que no respete los límites ecológicos.
Ya hemos pasado el fin de la narrativa del progreso liberal, estamos viviendo la narrativa de los nuevos mesías donde todo se reparte aunque nadie produzca valor y esa narrativa acabará más pronto que la lógica del “derrame de riqueza” neoliberal.
El fin de la historia de Fukuyama parece lejos todavía. Regresamos a la lógica de las esferas de influencia sin recuperar siquiera la arquitectura de contención que terminó construyendo la Guerra Fría. Este desenlace podría ser el resultado de la segunda gran transformación y de la confluencia de la ignorancia, el populismo caquistócrata y la indiferencia popular. La política está perdiendo rápidamente la capacidad de abandonar posiciones maximalistas para construir una institucionalidad compartida. Los políticos necesitan adversarios, no interlocutores. Eso es una pérdida democrática.
La brutalidad política con tecnología avanzada, el oscurantismo con narrativa enajenante y la posverdad en un mundo deshistorizado, mal educado y preso de las tecnologías de la información, podrían marcar la pauta de la crisis que provoque la segunda gran transformación.
El retroceso no significa que hayamos regresado literalmente a los años sesenta. Es probablemente algo más preocupante: hemos revivido muchos de aquellos conflictos y categorías políticas de las que ya nadie hablaba aunque contemos hoy con capacidades tecnológicas que en aquellos años ni siquiera podían imaginarse.
La Segunda Gran Transformación podría producir una paradoja histórica: sociedades tecnológicamente aceleradas y políticamente regresivas. Todavía estamos a tiempo de evitar que el retroceso termine en debacle. Si vamos a revivir conceptos, rescatemos el de dialéctica; tal vez así logremos que la crisis anunciada se aleje, rescatando para la política los hechos, la verdad y el conocimiento. Será mejor que seguir adivinando el pasado.












