El reto de comprender al adversario

Zona Analítica, por César Santomé López. Analista y consultor

Muchos generales en la historia perdieron batallas y guerras por no comprender al enemigo al que se enfrentaban. Le ocurrió a Marco Licinio Craso frente a los partos en Carras, en el año 53 a. C. Craso llevó a las legiones romanas contra un adversario que combatía de manera completamente distinta a la acostumbrada. Los partos del comandante Surena utilizaron movilidad, arqueros montados y hostigamiento constante. Roma no consiguió imponer la clase de batalla para la que estaba preparada. Craso fue derrotado y murió.

También le ocurrió a Napoleón en Rusia, en 1812. Esperaba una guerra semejante a otras que había librado: enfrentamiento decisivo, derrota del ejército contrario, ocupación y negociación. Rusia le presentó otra clase de guerra: retirada, inmensidad territorial, desgaste y tiempo. Napoleón tomó Moscú, pero ello no significó ganar la guerra. Encontró una ciudad casi evacuada y nadie dispuesto a negociar. El desgaste, la retirada tardía, el invierno y el hostigamiento ruso terminaron cobrándole demasiado.

En política, la experiencia también puede convertirse en debilidad cuando creemos que el próximo adversario peleará como el anterior. Las derrotas políticas comienzan muchas veces antes de la batalla. Comienzan cuando interpretamos mal al adversario, cuando dejamos de conocerlo y cuando entramos a una confrontación utilizando categorías que ya no sirven para comprender ni al enemigo ni a la realidad.

Pasar de la discrepancia al menosprecio y del menosprecio al desprecio suele ser el origen de muchos errores propios. Un buen general necesita comprender aquello contra lo que pretende luchar. En política ocurre lo mismo. Comprender, por supuesto, no significa justificar.

Ésta es una distinción que las democracias parecen olvidar cada vez con mayor facilidad. Intentar comprender por qué una parte de la sociedad se siente frustrada, abandonada, insegura, empobrecida o ignorada no equivale a conceder la razón a las soluciones políticas construidas sobre esas frustraciones. Que las respuestas populistas sean falsas o autoritarias no significa que también lo sean las condiciones sociales que las produjeron.

Éste es uno de los errores más frecuentes frente a las dictaduras populistas. Sus adversarios suelen concentrarse en demostrar la falsedad o el carácter autoritario de sus respuestas, pero prestan menos atención a las causas sociales que permitieron que esas respuestas encontraran millones de seguidores.

El populismo puede identificar correctamente una frustración y ofrecer entonces una solución falsa, regresiva y autoritaria. Puede detectar un hartazgo social verdadero frente a instituciones y liderazgos que ignoraban a la sociedad y responder destruyendo las instituciones y satanizando todo liderazgo que no sea el populista. Puede reconocer desigualdades reales y ofrecer culpables imaginarios. Puede comprender el miedo y utilizarlo para construir enemigos. Por eso ya resulta insuficiente limitarse a descalificarlo.

Los populismos y las extremas derechas suelen presentarse como portadores de soluciones inéditas. Pero buena parte de esas “novedades” son viejas respuestas presentadas ante sociedades mal informadas, con escasa cultura política y presa de una falsa narrativa que nos trae de vuelta lenguaje y categorías que ya habíamos superado. Concentración de poder, enajenación, nacionalismo excluyente y culto a la personalidad del mesías.

Esta aparente novedad política encuentra terreno fértil en una imaginaria social deshistorizada, con poca memoria histórica de las dictaduras latinoamericanas, del franquismo y de los fascismos. De esta manera nuestro olvido se convierte en una debilidad política.

Pero tampoco basta recordar el pasado. Hay que comprender por qué esas fórmulas vuelven a resultar atractivas. Los populistas autoritarios, sean de facto o de clóset, suelen cometer además el mismo error que sus adversarios: confunden adhesión con comprensión, popularidad con legitimidad permanente y concentración del poder con capacidad para gobernar. Ninguna votación crea hombres de Estado.

Los políticos nunca deberían dejar de escuchar ni convertir toda discrepancia en violencia o censura. Cuando la política deja de soportar la crítica y comienza a caminar sobre su propio ‘destino manifiesto’, empieza también a cavar su debacle.

Por eso comprender antes de actuar no es disculpar aquello que no nos gusta. Significa reconocer las propias frustraciones, los miedos que tenemos y las razones, correctas o equivocadas, que explican una posición política, profesional o cultural que no comprendemos ni compartimos.

Si queremos cambiar el rumbo que llevamos necesitaremos algo más que descalificar la narrativa populista y la soberbia neoliberal. Tendremos que desmontar, contrastar sus mitos y narrativas con la terca realidad, recuperar la memoria histórica colectiva y sobre todo, comprender las razones y circunstancias que explican su capacidad de seducción y su creciente desconexión de la sociedad.

Las democracias en crisis y los populismos están aprendiendo a condenar a sus adversarios mucho más eficazmente de lo que están aprendiendo a comprenderlos. Y ésa puede convertirse en una de las mayores debilidades de la política. Comprender al adversario no significa concederle la razón. Significa dejar de atribuirle nuestra propia ignorancia.

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