Por César Santomé López. Analista y consultor.
El Mundial de fútbol nos muestra una vez más algo extraordinario sobre la sociedad mexicana: su enorme capacidad de organización. Somos capaces de movilizar recursos públicos y privados, recibir visitantes de todo el mundo y convertir ciudades enteras en un terreno de hermandad y celebración colectiva. Pocas naciones tienen tal capacidad
El problema no es el fútbol, tampoco la fiesta. Ambos cumplen una función legítima. Los pueblos necesitan espacios de convivencia, celebración y desfogue sobre todo después de años marcados por pandemias, crisis económicas, violencia e incertidumbre, nadie puede reprocharle a una sociedad el deseo de celebrar.
Lo anterior nos lleva a una pregunta que hacemos una y otra vez: si somos capaces de semejante esfuerzo para una gran y merecida fiesta, ¿por qué esa misma energía rara vez la convertimos en combate a la corrupción, en exigencias de seguridad, en mejoras educativas, o en impulso a la ciencia y a la construcción de instituciones más fuertes y autónomas?
La fiesta mundialista revela una paradoja profundamente mexicana. Tenemos una enorme capacidad de organización colectiva. Se manifiesta en festivales, conciertos, peregrinaciones, eventos deportivos y celebraciones populares. Sin embargo parece faltar voluntad para sostener proyectos comunes de desarrollo para el largo plazo.
Más allá del mundial quedarán nuestros problemas estructurales, cuya solución nos exige justamente aquello que menos practicamos: continuidad, disciplina, análisis, planeación y responsabilidad pública. Aquí aparece otro de los grandes fetiches del populismo contemporáneo: el Pueblo Feliz o la felicidad administrada.
Los nuevos populismos han aprovechado algo que muchas democracias olvidaron: conectar emocionalmente con el Pueblo. Gobernar no consiste solamente en administrar recursos o resolver problemas de manera eficiente, por encima de ello se trata de administrar emociones, para el populismo, el ciudadano preocupado, crítico o inconforme representa una dificultad política del otro lado de la moneda, el ciudadano distraído, entretenido, celebrado y emocionalmente conducido representa un activo político.
Por eso el espectáculo ocupa cada vez más espacios en la vida pública. No hablamos solamente del Mundial. Hablamos de conciertos financiados con recursos públicos, festivales permanentes, ceremonias, celebraciones oficiales, espectáculos multitudinarios y una comunicación política diseñada para mantener a la sociedad en una permanente montaña rusa emocional.
La felicidad administrada se convierte entonces en otro fetiche y en una forma particularmente eficaz de simulación política. No elimina los problemas que afectan a la sociedad. No combate la corrupción. No mejora la productividad. No fortalece la educación. No reduce la violencia. Simplemente desplaza temporalmente esas preocupaciones del centro de atención, una y otra vez. Mientras dura la celebración, la realidad parece suspendida. Cuando termina la fiesta, los problemas siguen allí.
Hace casi dos mil años Juvenal describió este fenómeno mediante una expresión que ha sobrevivido hasta nuestros días: panem et circenses. Pan y circo. El poder obtiene aprobación popular mediante alimento simbólico y entretenimiento, cuando no puede ofrecer resultados consistentes o buen gobierno.
Ya no se trata únicamente de distraer a la población. Se trata de sustituir gradualmente ciudadanos por espectadores, invitados permanentes a la fiesta.
Guy Debord advirtió en La sociedad del espectáculo que el espectáculo no es simplemente entretenimiento. Es una forma de organizar la vida social mediante imágenes, consumo, propaganda y pasividad. El ciudadano deja de actuar para convertirse en espectador. Observa, consume, celebra, se indigna momentáneamente y vuelve a observar.
Octavio Paz observó en El laberinto de la soledad que la fiesta mexicana representa una explosión colectiva que permite al individuo salir de sí mismo. Es júbilo, exceso y comunión. La fiesta revela una enorme energía social pero, ¿que hacemos con esa energía cuando acaba la celebración?
Intentemos cambiar con el Mundial nuestra capacidad de celebrar por capacidad de construir. Las naciones que hoy admiramos no se hicieron ricas gracias a los eventos que organizaron y celebraron. Se hicieron prósperas gracias a décadas de educación, disciplina institucional, inversión, innovación científica y esfuerzo sostenido.
La sociedad mexicana demuestra una enorme disposición al sacrificio cuando la recompensa es inmediata, emocional y festiva. Sin embargo, parece encontrar muchas más dificultades para sostener esfuerzos colectivos cuyos beneficios aparecen años o décadas después.
¿Por qué somos tan eficaces para organizarnos como espectadores y tan débiles para organizarnos como ciudadanos? Daniel Innerarity ha insistido en que gobernar democráticamente implica enfrentar la realidad, no sustituirla por relatos tranquilizadores.
México no carece de energía social. Tampoco carece de talento o capacidad de organización. Lo que parece faltar es la voluntad necesaria para transformar esa energía en ciudadanía, derechos, instituciones y prosperidad sostenida. Podríamos pasar cien días celebrando un Mundial con la misma intensidad. El verdadero desafío sería dedicar, cien días a exigir mejores gobiernos, combatir la corrupción, fortalecer nuestras instituciones y construir el futuro que decimos querer para nuestros hijos.
Porque la diferencia entre ciudadano y espectador es que uno exige y el otro aplaude.












