Por César Santomé López. Analista y consultor Cayó en mis manos el libro de Alejandro Moreno, La evolución cultural en México: Cuatro décadas de cambio de valores, 1982-2023, publicado por el Banco Nacional de México en 2025 y no quiero dejar pasar la oportunidad de comentar lo que esta obra permite observar con claridad. México […]
Por César Santomé López. Analista y consultor
Cayó en mis manos el libro de Alejandro Moreno, La evolución cultural en México: Cuatro décadas de cambio de valores, 1982-2023, publicado por el Banco Nacional de México en 2025 y no quiero dejar pasar la oportunidad de comentar lo que esta obra permite observar con claridad.
México atraviesa un proceso silencioso que pocos están analizando con la profundidad que exige el momento histórico: una transformación cultural de largo alcance que está modificando la forma en que la sociedad piensa, se organiza y actúa. No se trata de un cambio coyuntural ni de una reacción política coyuntural, sino de una mutación estructural que se ha venido gestando durante al menos cuatro décadas.
El problema es que este cambio no ha sido acompañado por una transformación equivalente de las instituciones. La sociedad en muchos países y en México ha cambiado más rápido que su Estado, que su sistema político y que sus marcos institucionales. Este desfase es una de las claves para entender la crisis contemporánea de la política, la pérdida de confianza institucional y la emergencia de liderazgos que desafían los equilibrios razonables.
Durante este periodo, México ha experimentado un deterioro progresivo de capacidades institucionales, sociales y políticas para la vida colectiva: la educación como eje formativo, la cultura como espacio de construcción simbólica, la política como ejercicio de deliberación y la producción ideológica como herramienta para interpretar la realidad. Este proceso, acentuado en las etapas de apertura económica y transición política de finales del siglo XX y Principios del XXI, ha generado un distanciamiento creciente entre la idea política y la imaginaria colectiva.
En ese vacío, la política dejó de ser un espacio de mediación entre sociedad e instituciones. Ivan Krastev y Stephen Holmes han descrito en La luz que se apaga el proceso mediante el cual las ideas políticas pierden su capacidad de articular expectativas sociales, generando un desfase entre lo que las sociedades viven y lo que las instituciones son capaces de representar. Este divorcio debilita a la política y deja a la sociedad sin marcos interpretativos sólidos para comprender su propio devenir.
México no es ajeno a este fenómeno. Como muestra Alejandro Moreno, los valores sociales han cambiado de manera profunda a lo largo de cuatro décadas. Las generaciones más jóvenes han sido socializadas en contextos radicalmente distintos: mayor acceso a la información, exposición global y transformación tecnológica, pero también inseguridad, desigualdad y fragmentación social. Este doble entorno ha reconfigurado de manera compleja los valores de la sociedad.
Por un lado, se expanden valores asociados a la libertad individual, la diversidad, la igualdad de género y la participación crítica. Por otro, persisten e incluso se reactivan valores de supervivencia vinculados al orden, la estabilidad y la seguridad frente a contextos adversos.
El resultado es una sociedad en transición, en la que coexisten por lo pronto, varias culturas, que compiten con distintos sistemas de valores. No estamos ante una evolución lineal, sino ante una tensión estructural que atraviesa la vida social, redefine identidades y se expresa con particular intensidad en la política.
Como hemos señalado en este espacio, la política ya no se organiza exclusivamente en torno a intereses económicos o de clase, sino alrededor de narrativas, emociones, identidades y percepciones. En este contexto, sectores que enfrentan inseguridad material o simbólica tienden a privilegiar orden, autoridad y protección, mientras que otros, especialmente jóvenes y urbanos, demandan libertad, pluralismo y reconocimiento de la diversidad.
En esa tensión se inscribe el populismo contemporáneo. No como una solución al problema que veníamos arrastrando, sino como una expresión más de este proceso de deterioro social y cultural. Su fuerza radica en ofrecer respuestas simples a problemas complejos, apelando a emociones e identidades en contextos de incertidumbre.
El populismo, en este sentido, no es la causa del problema, sino uno de sus síntomas más visibles. Sin embargo, reducir el fenómeno a la acción de liderazgos específicos sería un error. Lo que estamos observando es el resultado de un proceso más amplio: una sociedad que ha perdido, en buena medida, su capacidad de pensarse colectivamente. Como ha señalado Daniel Innerarity, el gran desafío de las democracias contemporáneas no es únicamente político, sino cognitivo: la dificultad de procesar la complejidad del mundo actual, echando mano de herramientas que ya no son suficientes.
A esta dificultad se suma lo que Jean Baudrillard describió como la sustitución de la realidad por el simulacro y lo que Umberto Eco anticipó como la saturación discursiva que impide distinguir entre información y manipulación. En ese entorno, la política se convierte en representación, el discurso en instrumento y la ciudadanía en audiencia.
El resultado es una democracia debilitada no sólo en sus instituciones, sino en sus fundamentos culturales. México enfrenta hoy una brecha crítica: instituciones diseñadas para una sociedad del siglo XX operan en un contexto social profundamente transformado en el siglo XXI. Mientras las generaciones más jóvenes redefinen valores, expectativas y formas de participación, las estructuras institucionales permanecen rezagadas, incapaces de procesar la complejidad de una sociedad en evolución.
Esta brecha genera frustración, desconfianza y desarticulación. Pero también plantea una pregunta fundamental: ¿puede sostenerse una democracia cuando la sociedad que la habita ha cambiado más rápido que las instituciones que la organizan?
Esta serie de cuatro entregas parte de una premisa clara: la crisis política que observamos no puede entenderse sin analizar la transformación cultural que la precede. En las siguientes entregas exploraremos, con mayor detalle, las características de este cambio, sus implicaciones generacionales y las tensiones que está produciendo en la vida pública del país.
Porque entender lo que está cambiando en la cultura social es, en última instancia, la única manera de comprender lo que está ocurriendo en la política.
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