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Durante el gobierno talibán de 1996-2001, las mujeres no podían trabajar, tenían que cubrirse la cara y estar acompañadas por un pariente masculino si querían salir de sus hogares. Ashraf Haidari, economista del Ministerio de Finanzas de Afganistán, esperaba ansioso en su casa cuando recibió una llamada de los talibanes: un comandante le ordenó que […]
Durante el gobierno talibán de 1996-2001, las mujeres no podían trabajar, tenían que cubrirse la cara y estar acompañadas por un pariente masculino si querían salir de sus hogares.
Ashraf Haidari, economista del Ministerio de Finanzas de Afganistán, esperaba ansioso en su casa cuando recibió una llamada de los talibanes: un comandante le ordenó que volviera a trabajar para que pudiera ayudar a dirigir el país una vez que los “extranjeros locos” se marcharan del territorio.
Al igual que miles de personas que trabajaban para la administración saliente respaldada por los países de Occidente, barrida por la conquista relámpago de Afganistán por los militantes islamistas, le preocupaba ser víctima de represalias.
En la llamada estaba un comandante talibán, instando a Haidari a regresar a su ministerio donde trabaja asignando fondos a las 34 provincias del país.
“Me dijo que no tenga pánico ni intente esconderme, que los funcionarios necesitan mi experiencia para gobernar el país después de que los extranjeros locos se vayan”, dijo Haidari en entrevista a Reuters.
Para adaptarse a las normas del anterior régimen talibán, cuando aplicaron brutalmente una interpretación estricta de la ley islámica, Haidari se dejó crecer la barba.
Tras la llamada telefónica del domingo, cambió su traje por túnicas tradicionales afganas para conocer a sus nuevos jefes, otros tres funcionarios de nivel medio del Ministerio de Finanzas y del Banco Central indicaron que los talibanes les dijeron que regresaran al trabajo, ya que el país enfrenta una agitación económica y una escasez de efectivo.
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