La nota escrita a mano en papel rosa, pegada en un camerino, revela el nivel de estrés detrás de la gira de estadios más grande del año. Con 64 fechas agotadas en América y más de dos millones de espectadores, Shakira celebra el resultado de más de un año de trabajo meticuloso.“Pulí cada detalle del […]
La nota escrita a mano en papel rosa, pegada en un camerino, revela el nivel de estrés detrás de la gira de estadios más grande del año.
Con 64 fechas agotadas en América y más de dos millones de espectadores, Shakira celebra el resultado de más de un año de trabajo meticuloso.
“Pulí cada detalle del espectáculo, así que esta recompensa es increíble”, le dijo a la BBC con una sonrisa.
En Miami, el ambiente tras bastidores es sereno y profesional. Los bailarines se preparan en los pasillos, las costureras cosen cristales a los trajes y los técnicos revisan incansablemente cada instrumento.
“Viajamos con dos lavadoras y dos secadoras”, cuenta Hannah Kinkade, jefa de vestuario. “Con casi 300 trajes que cuidar, cada pieza se renueva antes de cada show. Shakira y los bailarines sudan tanto que hasta los zapatos hay que repintarlos a diario”.
El director de escena, Kevin Rowe, nos guía por los túneles bajo el escenario, donde el equipo guarda Gatorade y café frío para resistir el calor sofocante de Florida.
“En Miami, o hace un calor infernal o llueve a cántaros. Pero así es la vida en el submundo del espectáculo”, bromea.
A las 14:30 arranca la prueba de sonido. A las 15:00, Shakira llega escoltada por la policía. Viste jeans plateados y una camiseta blanca sin mangas. Baila mientras inspecciona el escenario.
“Vine al show de Beyoncé aquí y sonó impecable. Así que más les vale que me hagan sonar igual”, bromea… o tal vez no tanto.
Entre su equipo, hay consenso: Shakira es una perfeccionista absoluta.
“Cuando entra, ya está en personaje. Está entregada”, dice la bailarina principal Darina Littleton.
“Es meticulosa con todo: sonido, luces, visuales, pulseras. Todo”, añade Tim Mitchell, su director musical desde los años 90.
El espectáculo dura dos horas y media. Incluye 13 cambios de vestuario, coreografías intensas y una lista de éxitos bilingües sin pausa. Desde una danza del vientre en “Ojos así” hasta riffs de guitarra en “Objection (Tango)”, pasando por la euforia tribal de “She Wolf”, Shakira ofrece una experiencia total.
La gira, “Las Mujeres Ya No Lloran”, toma su nombre del álbum más reciente de la artista, marcado por una serie de eventos personales devastadores: su separación de Gerard Piqué, la enfermedad de su padre y una acusación de fraude fiscal que resolvió con un acuerdo.
“Estos últimos años no han sido fáciles”, dice en escena. “Pero una caída puede ser el inicio de un camino mejor”.
La turbulencia personal impulsó una nueva etapa creativa. En 2023, su sesión con Bizarrap se volvió viral con dardos hacia su expareja y ganó canción del año en los Grammy Latinos. Luego llegaron “Te felicito”, “TQG” junto a Karol G, y miles de millones de reproducciones.
“Es una inspiración para todas”, dice una fan con orejas de loba antes del show. “Ella es poder”.
Shakira quiere hablar con la BBC después del show. Pasa la medianoche y aparece sonriente: “Advertencia: puede que no tenga mucho sentido ahora mismo”, bromea. “Todavía me estoy recuperando”.
Admite que la humedad y el calor son extenuantes, pero la adrenalina lo compensa.
“No importa si estás enferma o tuviste un mal día, tienes que salir y darlo todo. Y milagrosamente, lo haces”.
Tocar en Miami fue especialmente emotivo: es la ciudad donde comenzó su transición al mercado internacional.
“Tenía 19 años y no hablaba inglés”, recuerda. “Estaba rodeada de diccionarios, sin Google ni ChatGPT. Luego me puse a leer a Cohen, Whitman, Dylan… y así aprendí”.
Esa experiencia marcó su visión sobre el rol de los inmigrantes. En su discurso en los Grammy dijo:
“Dedico este premio a todos mis hermanos inmigrantes. Son valiosos y siempre lucharé por ustedes”.
Al preguntarle cómo se siente ser inmigrante en EE.UU. hoy, responde con firmeza:
“Significa vivir con miedo constante. Es doloroso. Ahora, más que nunca, debemos alzar la voz. Las políticas pueden cambiar, pero el trato humano es innegociable”.
La conexión con sus raíces y su comunidad es la base de su éxito. En Miami, el público canta sus himnos de los 90 y baila “Waka Waka” como si el tiempo no hubiera pasado.
El momento más emotivo llega con “Acróstico”, la balada dedicada a sus hijos, Milan y Sasha, quienes aparecen en pantalla cantando con ella.
“Cada noche que los veo ahí, se me derrite el corazón”, confiesa. “Ellos son mi motor”.
Por primera vez, los niños tienen edad para verla en concierto.
“Se estresan un poco porque quieren que todo me salga bien”, cuenta. “Me preguntan si me caí, si estoy bien. Y yo les digo: no hay show perfecto. Equivocarse está bien”.
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