Por César Santomé López. Analista y consultor. Uno de los fenómenos más inquietantes de la política contemporánea no es únicamente el ascenso de líderes autoritarios de dudosas capacidades, sino la incapacidad de sociedades enteras para impedir que la estupidez, el odio, la arbitrariedad y la mediocridad de un solo individuo termine dominando el destino colectivo. […]
Por César Santomé López. Analista y consultor.
Uno de los fenómenos más inquietantes de la política contemporánea no es únicamente el ascenso de líderes autoritarios de dudosas capacidades, sino la incapacidad de sociedades enteras para impedir que la estupidez, el odio, la arbitrariedad y la mediocridad de un solo individuo termine dominando el destino colectivo. Lo verdaderamente alarmante no es que aparezcan líderes deficientes, sino que las sociedades han perdido los mecanismos sociales, políticos, culturales y cognitivos para neutralizarlos.
La paradoja es más profunda de lo que pensamos: un propósito de la vida democrática es, hacer que la inteligencia colectiva sea superior a la de cualquiera de sus integrantes individuales, sobre todo a la hora de gobernar, sin embargo, estamos presenciando cómo la torpe ignorancia de una sola persona ha pasado la factura a sociedades enteras.
La democracia era el antídoto contra el capricho, el error y la arbitrariedad del poder concentrado. Tristemente hoy observamos el fenómeno inverso: sociedades complejas, con altos niveles de información, con recursos materiales poderosos y con grupos de recursos humanos de muy alto nivel, terminan subordinadas al pensamiento simplificado del líder caquistócrata de la oclocracia. Este problema no es regional ni es coyuntural. Se manifiesta en democracias consolidadas y frágiles, en regímenes híbridos y en sistemas abiertamente autoritarios. Estados Unidos, Europa, América Latina y otras regiones lo muestran, con matices distintos, pero con una misma falla estructural. El problema tiene tres capas.
El colapso de la producción ideológica. La primera capa del problema es la renuncia prolongada de las sociedades a la producción ideológica en la política. Hace más de 30 años, partidos, instituciones y élites gobernantes dejaron de construir ideas políticas, sobre las cuales se diseñaban plataformas electorales, estrategias de debate político, programas de gobierno racionales con horizontes definidos y desde luego, políticas de Estado que no eran perfectas, pero eran funcionales. El saber experto estaba presente en casi todo el proceso y poco a poco, esta clase de ejercicio político fue reducido a la administración de la protesta, al marketing electoral y a diseminar consigna política que se replica, sin pensar.
El vacío que deja la ausencia de ideas políticas funcionales y constructivas no permanece vacío, es ocupado por narrativas simplistas, por soluciones mágicas, por ritos chamánicos, por reacciones virulentas y por promesas de identidad, polarización, censura, castigo y por pan y circo.
En este contexto, el autoritarismo y la oclocracia caquistócrata aparecen como síntoma crónico. A la renuncia ideológica se suma una segunda capa: la pérdida del discurso político en su función de mediación entre poder y sociedad. No basta con tener ideas; es necesario construir discursos capaces de dotarlas de sentido social, económico, político y de factibilidad, así el discurso político se aleja de la retórica. El discurso integra, explica, crea, define ventanas de tiempo y va formando una especie de estructura cognitiva colectiva.
Cuando el discurso político se degrada, la deliberación, la discusión racional y el análisis mueren y de esta forma nadie es capaz de pensar si quien gobierna lo hace bien. La evaluación pasa a segundo plano y al final la política deja de explicar y se comienza a utilizar para imponer emociones, gestionar descalificaciones e imponer una posverdad. Lo que antes fue discurso ya no se usa para ordenar la realidad y para explicarla; se sustituye por narrativas simplistas que fragmentan la realidad y la evitan. Todo evento y problema se simplifican y la imaginaria colectiva pierde.
La ruptura entre élites intelectuales y el gran público. La tercera capa del fenómeno es especialmente delicada, se da cuando sobreviene una ruptura progresiva entre el saber experto, la intelectualidad y el gran público. Durante los últimos años, el pensamiento especializado se replegó a espacios cerrados: universidades, centros de investigación, foros técnicos, empresas o consorcios privados, al mismo tiempo, el gran público quedó expuesto a un ecosistema comunicativo dominado por redes sociales, algoritmos y estímulos emocionales.
Se configuraron así dos públicos desconectados: un público amplio, con poca, mala y fragmentada información, altamente expuesto a desinformación y polarización. Y del otro lado, un público más informado, mejor educado o altamente especializado, incapaz o renuente a traducir conocimiento en discurso político comprensible, dadas las condiciones de represión abierta y la violencia de un ecosistema de comunicación y redes altamente polarizado. El resultado es un vacío discursivo en el centro de la sociedad. Allí donde debía existir mediación, espíritu pedagógico y explicación, emergieron la consigna, el insulto y la descalificación.
Consecuencias sistémicas: educación, comunicación y control. Las consecuencias de este deterioro no se limitan al ámbito político electoral, estas pérdidas colectivas se trasladan a los sistemas educativos, empobreciendo sus contenidos, al gobierno limitando sus capacidades ejecutivas, elevando su adversidad a la crítica y promoviendo o tolerando formas crecientes de censura directa o indirecta y finalmente se traslada a la cultura colectiva que se transforma en un simple adoctrinamiento.
Cuando una sociedad pierde su capacidad de imponer su inteligencia colectiva por encima de la estupidez de un solo gobernante, es incapaz también de impedir los desastres sucesivos por los que pagan todos. Entonces el poder deja de justificarse racionalmente y comienza a girar sobre su propio eje ideológico, a imponerse por la fuerza, el control, el miedo y la saturación simbólica. No es casual que los regímenes autoritarios del siglo XX, desde la Alemania nazi hasta el arribo de las modernas ultraderechas, se hayan caracterizado por la destrucción deliberada del pensamiento crítico, la simplificación ideológica y la captura total del lenguaje político, como parte de la estrategia de esta nueva “política”.
No hay lección histórica que entendamos. Bien dicen que el humano es el único ser que se tropieza dos veces con la misma piedra, es claro: no son los líderes los que vuelven estúpidas a las sociedades; son las sociedades que renuncian a pensar las que habilitan líderes estúpidos o peligrosos. El autoritarismo, la oclocracia y la caquistocracia no prosperan por generación espontánea ni solo por el carisma o manipulación, sino por la ausencia previa de ideología, discurso y proyecto.
Reconstruir la política democrática, la libertad y el desarrollo de una nación exige algo más que reformas electorales o reformas constitucionales, exige recuperar la capacidad colectica de pensar, evaluar, analizar, educar y debatir razonablemente, de seguir así pronto las sociedades dejaran de preguntar ¿quién gobierna? y en cambio, preguntaran en medio del desastre ¿por qué dejamos que cualquiera lo haga?
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