Por César Santomé López. Analista y consultor Existe una pregunta que aparece de manera recurrente detrás de muchos de los problemas contemporáneos y que rara vez formulamos con claridad: ¿quién generará los conocimientos, las capacidades y las ideas que necesitaremos para enfrentar el futuro? La pregunta no es menor. Basta revisar las noticias que describen […]
Por César Santomé López. Analista y consultor
Existe una pregunta que aparece de manera recurrente detrás de muchos de los problemas contemporáneos y que rara vez formulamos con claridad: ¿quién generará los conocimientos, las capacidades y las ideas que necesitaremos para enfrentar el futuro?
La pregunta no es menor. Basta revisar las noticias que describen el estado actual de muchas sociedades para advertir que atravesamos simultáneamente una crisis política, educativa, cultural, de seguridad, económica, de salud e institucional. Sin embargo, detrás de todas ellas existe una crisis aún más profunda y probablemente más peligrosa: la crisis de legitimidad del conocimiento.
La cuestión central de hoy ya no es solamente quién gobierna o quién controla la economía, la salud, la seguridad, etc. La cuestión decisiva comienza a ser quién produce verdad, quién produce conocimiento y quién posee legitimidad social y política para definir qué debe considerarse válido o falso dentro del espacio público.
Durante las últimas décadas, las sociedades construyeron instituciones encargadas de producir y validar conocimiento: universidades, centros de investigación, comunidades científicas, medios especializados y sistemas educativos relativamente estables. Estos mecanismos nunca fueron perfectos, pero permitían establecer ciertos consensos mínimos sobre hechos, evidencias y racionalidad pública. Ese equilibrio se ha fracturado.
Hoy la autoridad del conocimiento ya no depende necesariamente de la investigación, del rigor metodológico o de la experiencia técnica. La influencia política y social puede construirse a partir de algoritmos, viralización y capacidad emocional de movilización. En muchos casos, el prestigio intelectual compite en desventaja frente a la inmediatez digital y frente a narrativas simplificadoras que ofrecen certezas rápidas para sociedades cada vez más ansiosas. El resultado enajenación y desinformación.
El problema aparece cuando la sociedad comienza a desconfiar sistemáticamente del saber experto, de la ciencia, de la crítica intelectual y de toda forma de intermediación racional y cuando la narrativa oficial por todo el mundo entra en crisis, es el momento cuando se debilita la capacidad colectiva para distinguir entre verdad, conocimiento, propaganda, percepción, manipulación y evidencias.
Y cuando una sociedad pierde confianza en sus mecanismos para producir verdad verificable, también comienza a deteriorar sus capacidades para formar capital humano, diseñar instituciones funcionales y construir proyectos racionales de futuro.
Hannah Arendt advertía en Verdad y política que uno de los mayores riesgos para la vida pública surge cuando la distinción entre hechos y opiniones comienza a desaparecer. Cuando la verdad factual pierde legitimidad, la política deja de organizarse alrededor de la realidad y comienza a hacerlo alrededor de narrativas emocionalmente eficaces.
Ese proceso se ha acelerado radicalmente gracias al entorno digital y a una narrativa populista que lleva más de 20 años enajenando a la población. La capacidad de influencia ya no corresponde necesariamente a los mecanismos tradicionales de validación del conocimiento. La autoridad pública de una idea, de una narrativa, de una persona, puede depender más de seguidores, likes, viralización y algoritmos que de capacidad profesional, investigación científica, experiencia técnica o trabajo intelectual serio.
El resultado es una transformación profunda de la vida pública. En el mundo digital conviven políticos, influencers, periodistas, científicos, activistas y ciudadanos bajo una lógica de aparente igualdad discursiva. Todos poseen capacidad de difusión y todos pueden disputar legitimidad pública. El problema es que los mecanismos para distinguir entre conocimiento validado y simple percepción emocional se han debilitado desde hace tiempo.
Como anticipó Jean Baudrillard, la representación termina sustituyendo a la realidad. La lógica de la simulación desplaza lentamente la necesidad de comprender los hechos.
El fenómeno se agrava porque la desconfianza hacia el saber experto ha sido utilizada políticamente por múltiples formas de extremismo político. El populismo, ciertos movimientos radicales y diversas expresiones de polarización cultural comparten un rasgo común: la construcción de sospecha permanente hacia los hechos que no les convienen, hacia figuras como intelectuales, científicos, universidades, periodistas y especialistas no alineados al régimen en turno. El problema aparece cuando el cuestionamiento legítimo se transforma en desprecio sistemático hacia toda forma de análisis complejo o razonamiento especializado que revela verdad y descubre simulaciones.
En ese contexto, el pensamiento crítico comienza a percibirse como elitismo; el rigor intelectual como desconexión social; y la preparación técnica como una forma sospechosa de privilegio. Este es el núcleo del problema para el futuro, cuando las sociedades enfrentan simultáneamente muchas crisis, es cuando requieren desarrollar más rápidamente capacidades científicas, técnicas e institucionales.
Y he aquí la cuestión; ¿quién y cómo formará a las generaciones capaces de enfrentar el mundo del futuro? Las universidades continúan siendo fundamentales, pero ya no poseen el monopolio de la producción de conocimiento. Hoy conviven con empresas tecnológicas, think tanks, plataformas digitales, laboratorios privados y nuevos circuitos de influencia cultural. Algunos producen conocimiento de enorme calidad; otros producen desinformación altamente sofisticada.
La batalla contemporánea ya no es únicamente por el control político o económico. También es una disputa por la legitimidad del conocimiento. En este entorno, reconstruir capacidades nacionales implica mucho más que reformar sistemas educativos. Significa recuperar el valor social de la verdad verificable, del método, del pensamiento crítico y de la formación técnica seria. Significa volver a conectar conocimiento y sociedad en una época dominada por la inmediatez y la saturación informativa.
Yuval Noah Harari advierte en 21 Lessons for the 21st Century que las sociedades contemporáneas enfrentan crecientes dificultades para procesar la complejidad de un mundo hiperconectado. Y quizá esa sea la gran advertencia de nuestro tiempo: una civilización tecnológicamente avanzada puede convertirse simultáneamente en una sociedad cognitivamente debilitada.
México no es ajeno a este fenómeno no estamos aislados y enfrentamos una condición particularmente delicada: la erosión simultánea de capacidades educativas, institucionales, culturales y políticas en un momento histórico que exigirá exactamente lo contrario.
Por ello, el verdadero debate hacia el futuro no será únicamente quién gobierna, sino quién piensa, quién investiga, quién forma capacidades y quién será capaz de producir el conocimiento necesario para sostener una sociedad democrática, productiva y racional en medio de la complejidad que se nos viene encima. Porque el futuro no dependerá solamente de recursos naturales, poder político o crecimiento económico. Dependerá, sobre todo, de la capacidad de las sociedades para seguir pensando.
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