Por César Santomé López. Analista y consultor.
Hoy en día la política se ha vuelto un concepto difuso, casi la hemos perdido. Las últimas discusiones públicas utilizan la palabra política como algo de intenciones malignas, amenazantes e injerencistas. También se utiliza para tratar de dignificar la tarea de un puñado de improvisados que desde los partidos o las cámaras pretenden hacer “política”.
Para Aristóteles, era el arte de gobernar la ciudad para alcanzar el bien común. Para Hannah Arendt, la política surge cuando los seres humanos hablan, deliberan y actúan juntos en un espacio público compartido. Para Max Weber, era la actividad orientada a participar en el poder o influir en la distribución del poder. Y para Daniel Innerarity, la política es la gestión colectiva de la complejidad social.
Podemos concluir que la política es necesaria porque en sociedad todos somos diferentes y necesitamos convivir. Y para ello necesitamos que la sociedad sea capaz de generar gobiernos capaces y liderazgos responsables. En la política, particularmente en la mexicana, existe una figura que resulta engañosa el día de hoy: hablamos del Tlatoani.
Miguel León-Portilla y Alfredo López Austin coinciden en presentar al Tlatoani como mucho más que un simple gobernante. Era al mismo tiempo máxima autoridad política de la comunidad, depositario de responsabilidades militares, religiosas y comunitarias, cuya legitimidad descansaba en la compleja estructura institucional y simbólica de aquella época. Reducir esta figura histórica a la imagen contemporánea de un populista o de un caudillo carismático significa desconocer la naturaleza política de una de las instituciones fundamentales de la organización política mesoamericana.
El Huey Tlatoani no era una celebridad política ni un líder mediático. Era una magistratura compleja cuyo prestigio descansaba en la capacidad demostrada para gobernar, conducir la guerra y preservar la comunidad. Hoy ya no existen Tlatoanis. Sin embargo, persiste una pregunta inquietante: ¿por qué una parte de nuestra sociedad sigue necesitando creer que existen?
Últimamente he leído descripciones periodísticas que invocan a algún líder político como el último Tlatoani. La comparación resulta atractiva, pero es históricamente equivocada y políticamente insuficiente. El Tlatoani no era un simple caudillo oportunista. Era una figura legítima dentro de un orden político específico. Lo que observamos hoy no es la figura de ningún Tlatoani, sino la persistencia de una cultura política que sigue esperando hombres providenciales capaces de resolver por sí solos los problemas colectivos y los de cada uno de nosotros y eso es un error.
Esa expectativa persistente no surgió de la nada. Durante décadas, el proyecto neoliberal logró estabilizar instituciones, modernizar sectores de la economía y construir una burocracia técnica en muchos casos muy eficiente. Sin embargo, padeció una falla fundamental: dejó de explicar. La tecnocracia supo administrar, pero olvidó persuadir a la sociedad; sabía mucho pero no entendía nada de política; gestionaba pero no integraba, excluía; producía indicadores, pero dejó de producir sentido político.
Mientras la economía neoliberal hablaba de eficiencia, millones de ciudadanos dejaron de entender razones. La política dejó de ser una conversación nacional y se convirtió en un lenguaje reservado para especialistas. Los partidos abandonaron la producción ideológica, los liderazgos se burocratizaron y la ciudadanía comenzó a retirarse de la esfera pública mediante la indiferencia, la abstención y el desencanto.
La consecuencia fue una creciente orfandad política. Amplios sectores de la población dejaron de sentirse representados, escuchados o incorporados a un proyecto nacional. Esos fueron los factores que aprovechó esta nueva forma de populismo.
La pandemia profundizó esta condición. Frente a la incertidumbre, el miedo y la fragilidad colectiva, muchas sociedades buscaron nuevamente certezas, liderazgos y explicaciones simples para problemas complejos. El populismo terminó por meterse hasta los huesos de la nación.
Lo que tenemos hoy son líderes populistas que no gobiernan mediante instituciones, sino mediante emociones y ocurrencias, que gobiernan mediante una representación simbólica, que ocupó un vacío que dejó el Neoliberalismo. El poder del que se rodea el populista no emana de una autoridad excepcional, ni de una claridad resolutiva, sino de la descomposición simultánea de la política democrática y del fracaso neoliberal.
Nos engañamos con la supuesta genialidad de ciertos líderes cuando en realidad contemplábamos las consecuencias de la descomposición del sistema político.
Desde entonces el ambiente político se ha llenado de negaciones y agresiones. Allí caben los atentados contra la democracia, el desprecio por el saber experto, la dilución del concepto de nación frente al crimen organizado y el deterioro del orden constitucional.
Hoy, opiniones y conceptos políticos viven en un abismo, ya no existen instancias que puedan contrarrestar las inercias destructivas o desmentirlas y la crítica, el análisis y el pensamiento son actos calificados como subversivos y criminales.
El verdadero fetiche no consiste en desear un Tlatoani. Consiste en creer que una sola persona puede resolver los problemas nacionales y también los nuestros. Cada vez que una sociedad deja de confiar en la política comienza a buscar salvadores. Y entonces aparece el simulacro.
Quizá el problema de nuestra sociedad no es que haya surgido un falso Tlatoani. Quizá el problema sea que seguimos esperando uno verdadero. Ninguna democracia o sociedad madura necesita Tlatoanis. Necesita ciudadanos, partidos, ideas e instituciones capaces de producir futuro.












