Por César Santomé López. Analista y consultor. En este espacio, hemos insistido en la importancia de la crítica, del análisis, del discurso y de la razón pública como componentes fundamentales de la vida ciudadana en la democracia. Hoy toca hablar del papel que juega la complejidad en la política. Se trata de un componente que […]
Por César Santomé López. Analista y consultor.
En este espacio, hemos insistido en la importancia de la crítica, del análisis, del discurso y de la razón pública como componentes fundamentales de la vida ciudadana en la democracia. Hoy toca hablar del papel que juega la complejidad en la política. Se trata de un componente que sirve para articular todos los temas anteriores y no siempre hablamos de ello. La política es, en esencia, el arte de manejar la complejidad y el problema empieza cuando las sociedades y sus gobiernos intentan gobernar sistemas complejos bajo principios de simplificación.
La complejidad no es una abstracción. No es un concepto de elegancia académica para seminarios universitarios. Es la realidad concreta de los problemas contemporáneos, el pensamiento complejo sirve para; visualizar, analizar, comprender, planear, proponer soluciones y decidir. La economía global es interdependiente; la seguridad nacional es transnacional; el crimen organizado ya opera como una red que afecta la vida de las naciones en puntos neurálgicos; la política social está entrelazada con cultura, educación y estructura productiva. Nada ocurre de forma simple y aislada.
El pensamiento complejo desarrollado por autores como Edgar Morin, parte de una premisa sencilla pero incómoda: la realidad es multidimensional y no puede reducirse sin mutilarla. Cuando simplificamos lo complejo para descalificar al saber experto y entonces, hacer así una venta política, no estamos aportando explicaciones y visiones de la realidad no contribuimos a hacerla comprensible; la estamos distorsionando. Y una política basada en distorsiones termina produciendo decisiones equivocadas.
Daniel Innerarity ha insistido en que las democracias contemporáneas enfrentan un desafío central: gobernar sociedades atravesadas por incertidumbre, interdependencia y velocidad tecnológica. Gobernar hoy ya no consiste en imponer una voluntad, sino en administrar todo un sistema redes de decisión delicadas e interconectadas.
Sin embargo, el clima político actual premia lo contrario. Hoy, se valora la frase corta, la explicación inmediata, la solución binaria, premiamos la simplicidad que es el cáncer de la política moderna. Se sospecha lo que señala el experto, se ridiculiza la técnica y se reduce el análisis a una simple opinión. En este ambiente, la simplificación no explica nada, evade una realidad que no se comprende e impulsa una posverdad engañosa.
La simplificación puede ser útil para comunicar, pero es letal cuando sustituye la comprensión. Y gobernar sin comprender es administrar una sucesión de errores.
La gestionar la complejidad exige preparación. Esta afirmación resultará incómoda para algunos, pero ello exige formación académica, experiencia profesional, ética pública y capacidad de análisis. No se trata de falso elitismo, ni de aristocracia intelectual, tampoco se trata de excluir a quienes no poseen grados universitarios; se trata de reconocer que en los problemas críticos que enfrenta el Estado no hay lugar para improvisados o ignorantes.
Max Weber hablaba de la ética de la responsabilidad: actuar considerando consecuencias. En sistemas complejos, las consecuencias de un mal tratamiento de la complejidad no son lineales, ni inmediatas, se expanden en el tiempo, se entrelazan y reclaman su lugar de maneras muy desafortunadas. Una decisión fiscal puede afectar al empleo; una decisión en seguridad cuesta riesgos y vidas; una decisión educativa condiciona las capacidades sociales del futuro. Quien no entiende la complejidad de esta clase de vínculos gobierna a ciegas y participa en política bajo el método del dedo oscilante.
El deterioro de la política contemporánea tiene mucho que ver con la negación de lo complejo y ello ha tenido consecuencias por todo el mundo: en la producción ideológica; en la construcción de modelos de gobierno; en mejores niveles de seguridad, gobernanza y en el deterioro del discurso político, por ejemplo. Si insistimos en negar, explicar y abordar lo complejo, contribuimos a colapsar la razón pública.
Cuando la política le da la espalda al análisis complejo, todos perdemos y nos vamos acostumbrado a las explicaciones fáciles, a evadir responsabilidades, a perder la noción del tiempo y de las circunstancias y desde luego, dejamos de exigir como ciudadanos. La consecuencia no es solo mala política; es degradación institucional, es costo de oportunidad social ante el progreso. Los sistemas educativos se empobrecen porque pensar complejo exige esfuerzo. Los medios se simplifican porque lo complejo no genera clics inmediatos. El debate público se infantiliza porque la complejidad incomoda y no vende.
Gobernar lo complejo no es opcional. Es una condición de nuestro tiempo. Las sociedades actuales no son más simples que las del pasado; son radicalmente más interdependientes y agregan muchos más factores de análisis que en el pasado; pretender resolver los problemas que enfrentamos hoy solamente con ocurrencias, mentiras o popularidad es una forma de incompetencia traidora.
Si la política quiere recuperar su dignidad junto con el ciudadano, debemos recuperar la capacidad de gestionar complejidad. Y eso implica algo incómodo, pero necesario: debemos exigir preparación técnica, formación académica y cultural, honestidad y ética profesional a quienes ocupan posiciones críticas del Estado. La política en la democracia no niega el saber experto, lo integra responsablemente bajo mecanismos de control ciudadano. Negar la complejidad, mediante la simplificación no la elimina, solo la vuelve ingobernable.
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