Polarización, represión hipócrita y otras sutilezas del populismo

Zona Analítica por César Santomé, analista y consultor

Esta nota abre una nueva serie donde revisaremos las categorías que conviene mirar para desenmascarar las intenciones del poder que claramente se han manifestado con los intentos de censura y cómo estas intenciones disfrazadas siempre de buenas intenciones despliegan una serie de herramientas de inhibición de los derechos ciudadanos a informar e informarse, a opinar, a criticar y a expresar crítica, análisis y descontento.

Una de estas categorías es la polarización, como herramienta del populismo para ejercer presión social, mediática y política contra los medios y contra la sociedad organizada de manera independiente. La polarización atenta contra la democracia en la medida en que esta herramienta es hipócrita porque es no formal, permanece oculta y manipuladora.

Unos dirán y tendrán razones que la polarización está sobrevalorada a pesar de que FundéuRAE la eligiera palabra del año en 2023, debido a su presencia creciente en los medios y a su uso para describir sociedades y opiniones divididas en posiciones enfrentadas. Y en efecto, y su definición más ruda no describe todavía el día a día de nuestra sociedad y en general en el mundo tal vez esto sea cierto, pero sin duda en algunas sociedades esta herramienta de la guerra sucia del populismo está en plena ejecución.

Desde luego que no digo que exista una conducta ya arraigada en lo general, pero sin duda sí la hay en determinados grupos de la sociedad, por ejemplo, en las redes sociales, pagadas o no, las posiciones de opinión y análisis ya son irreconciliables. En ciertos círculos de la sociedad, ya tenemos disputas, ceguera y enajenación y desprecio manifiesto hacia el otro, ya hay espacios muy agotados como para la conciliación y aun así el régimen alienta tales posiciones. Y me parece que nos negamos a ver claramente estos hechos, animados por la esperanza de que la situación mejore algún día. Sin embargo, sí existen signos de conflictos estables y hostilidad permanente hacia algunos grupos como las madres buscadoras o contra grupos sociales desplazados de sus lugares de origen todo porque se niegan a darles abrazos a los delincuentes.

Y creo que sí tenemos en el país conflictos entre bloques sociales muy rígidos y entre los cuales ya no hay espacios para el diálogo, para establecer compromisos y ni hablar de aspirar a un proceso políticamente dialéctico. Y para quien dude, basta ver uno de los “debates” parlamentarios o los “diálogos políticos” que nos obsequian en los medios de comunicación.

Negacionistas contra analistas, aduladores contra analistas, oficialistas contra oposicionistas; ninguno muestra la más mínima capacidad de diálogo, de razonamiento constructivo, de producción ideológica capaz de impulsar plataformas electorales. Todo se reduce a eternas letanías de campaña, sentencias doctrinarias y descalificaciones por todos lados. Nunca aparecen propuestas de solución, de método de análisis, nada.

En este plano resultan tan pecadores unos como los otros. Pecan de abuso de poder tanto como de impotencia ideológica y social.

Polarizar de esta forma busca provocar una eterna defensa contra el poder, lo que no equivale a construir oposición y así polarizar se convierte en una estrategia de quienes no desean que exista divergencia política, nada se puede salir de la narrativa impuesta por el populismo por encima de la realidad. Y la gran desgracia es que cada día el espacio político se llena con actores que no tienen el más mínimo equipamiento ideológico y que solo responden al mandato en turno y que no encajan, fuera de la esfera del poder en ninguna causa razonablemente viable.

Hannah Arendt advirtió en “Truth and Politics” (1967) que la diversidad de opiniones necesita un suelo factual común. Cuando los hechos mismos quedan subordinados a la disputa política, la conversación pública comienza a perder la realidad compartida sobre la que puede producirse. La polarización es el adhesivo de la “mayoría social” del populismo.

Hemos construido una trampa a partir del manual de campaña, ignorando por indiferencia y apatía que es posible evolucionar políticamente combatiendo la polarización con razón y moderación. Así explico el crecimiento electoral y político del populismo contemporáneo en México y el mundo. Esta modalidad populista dictatorial comparte estrategias e intereses. Por eso, aunque existen esperanzas de que un brazo justiciero llegue del extranjero, no pasará nada. Así que esto nos sitúa casi a la puerta de la ley de la selva sobre todo si por algún efecto exógeno el deterioro nacional en lo económico se acelera.

Especialmente preocupa que en México los debates sobre los grandes temas que ocupan al mundo, como redistribución real del ingreso, diversidad, nación, justicia, futuro, cuidado ambiental, energía y transición energética o inteligencia artificial, son debates de unos cuantos y dichos análisis no penetran hasta la imaginaria social.

Habrá quien diga que dramatizar es parte de la política hoy y puede ser que sí. Lo cierto es que podríamos proponernos recalibrar nuestros entendimientos de lo que es el debate político, sobre todo cuando hoy nos confrontan nuevos derechos sociales, retos climáticos que no podemos ignorar, desafíos energéticos que nadie está tomando en cuenta. Tarde o temprano el destino nos alcanzará y conviene que para ese entonces hayamos superado este afán destructor populista que en todo ve la mano de la ultraderecha y el complot contra su destino manifiesto.

Bien podríamos trasladar nuestros temores de incertidumbre al espacio del pensamiento y preguntarnos si la narrativa que nos cuentan diariamente es compatible con la realidad que nos hace sentir esta inseguridad y esta insatisfacción por el tipo de violencia y abuso que vemos a diario, y si realmente estamos convencidos de que sentarnos a negociar y analizar no vale la pena para detener este deterioro social, político y económico a manos de quien destruyó también todo mecanismo de compensación social y política. Mejor preparemos lo necesario para sobrevivir a una crisis largamente anunciada.

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