De Política Alejandro Álvarez Manilla México se encuentra en un momento decisivo. Los anuncios de flujos de capital extranjero reactivan esperanzas de crecimiento, pero detrás de esas cifras también emergen viejos dilemas: la calidad de las inversiones, su distribución regional, las condiciones para los inversionistas y los riesgos estructurales. Las cifras que alientan… y las […]
De Política Alejandro Álvarez Manilla
México se encuentra en un momento decisivo. Los anuncios de flujos de capital extranjero reactivan esperanzas de crecimiento, pero detrás de esas cifras también emergen viejos dilemas: la calidad de las inversiones, su distribución regional, las condiciones para los inversionistas y los riesgos estructurales.
Las cifras que alientan… y las que preocupan
Recientemente México logró un récord en Inversión Extranjera Directa (IED), con 34,265 millones de dólares en el segundo trimestre de 2025, lo que representa un alza de 10 % respecto al año anterior. Esto es alentador: señales de confianza en la economía mexicana en un entorno global volátil.
Sin embargo, si escarbamos en los detalles, notamos un claro desequilibrio. Del total de la IED captada, el 84.4 % corresponde a reinversión de utilidades, es decir, capital que ya estaba aquí y que vuelve a invertirse. Las nuevas inversiones representan apenas una fracción del total: 3,149 millones de dólares en ese trimestre.
Esto es doblemente importante: la reinversión habla de confianza de las empresas ya establecidas, pero no necesariamente impulsa nuevos proyectos, nuevas cadenas de valor o zonas menos desarrolladas. Si las “nuevas” inversiones siguen rezagadas, México podría estar atrapado en un crecimiento endeble y poco transformador.
Además, aunque los montos totales suben, la participación de la IED en la inversión fija del país ha perdido terreno. En 2024, el coeficiente de IED respecto a la formación bruta de capital fijo (FBCF) descendió a solo 8.2 %, uno de los niveles más bajos desde 1999. En otras palabras, las inversiones extranjeras contribuyen menos al crecimiento estructural del país.
¿Qué tipo de inversiones queremos?
No basta con atraer capital. Lo verdaderamente transformador son:
- Inversión productiva (greenfield): creación de nuevas plantas, instalaciones, ampliación de capacidad, en lugar de compras de empresas existentes o reinversiones meramente contables.
- Inversión con encadenamientos locales: que genere demanda de insumos en México, provoque transferencia tecnológica y beneficie a proveedores locales, no que solo importe componentes finalizados.
- Distribución geográfica equitativa: México no puede seguir concentrando la mayor parte de las inversiones en el centro, Valle de México o la frontera norte. Es vital que estados del sur, sureste y zonas menos conectadas también integren la dinámica del capital extranjero.
- Sectores estratégicos: tecnología, energías limpias, semiconductores, salud e industria con valor agregado deberían recibir prioridad. Ahí es donde se deciden la innovación y el desarrollo de largo plazo.
Ventajas competitivas de México… pero con condiciones
México tiene ventajas claras: ubicación estratégica como puerta entre América del Norte y América Latina, tratados de libre comercio que ofrecen acceso a mercado, una base industrial diversificada y mano de obra con costos competitivos.
Pero no es suficiente. Las inversiones extranjeras condicionan su llegada a que se garanticen:
- Seguridad jurídica y certidumbre regulatoria: cambios abruptos o intervenciones estatales generan desconfianza.
- Respeto al Estado de Derecho y combate a la corrupción: muchas empresas valoran que las reglas sean claras y aplicadas simétricamente.
- Infraestructura (energía, transporte, telecomunicaciones) en buen estado, para que no resulten cuellos de botella.
- Estabilidad política y de políticas públicas, de modo que los inversionistas no perciban “riesgo país” alto.
Riesgos latentes
- Si la mayoría de la IED es reinversión, existe poca creación de nuevos empleos y menor impacto estructural.
- Concentración regional: las zonas más pobres se quedan al margen.
- Dependencia excesiva en ciertos sectores o cadenas globales: si esas cadenas se desvían, México quedaría vulnerable.
- Volatilidad internacional: crisis financiera o decisiones proteccionistas en EE. UU. pueden volver a afectar fuertemente los flujos.
Mi postura: sí a las inversiones, pero con visión estratégica
Creo firmemente que México debe aspirar a más que cifras récords. El objetivo debe ser atraer inversiones que transformen, que generen valor agregado y que contribuyan a reducir desigualdades territoriales.
Un modelo pasivo —donde sólo se espera que los capitales aterricen sin exigencias ni regulaciones inspiradas— puede producir mucho ruido en redes y titulares, pero poco impacto para el desarrollo nacional real.
Para lograrlo, el Estado debe jugar un papel activo: definir zonas estratégicas, establecer incentivos bien diseñados, garantizar condiciones claras y atraer, no solo empresas, sino también alianzas de innovación.
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