Poder, discurso y prospectiva para un mundo que ya cambió Por César Santomé López. Analista y consultor. La política internacional ha entrado a una nueva época, se reconfigura profundamente y ello no admite lecturas superficiales, ni análisis anclados en categorías anacrónicas. La reciente reunión del Foro Económico Mundial en Davos reveló de nuevo la clase […]
Poder, discurso y prospectiva para un mundo que ya cambió
Por César Santomé López. Analista y consultor.
La política internacional ha entrado a una nueva época, se reconfigura profundamente y ello no admite lecturas superficiales, ni análisis anclados en categorías anacrónicas. La reciente reunión del Foro Económico Mundial en Davos reveló de nuevo la clase de tensión de nuestro tiempo: mientras algunos discursos apelan a valores democráticos, cooperación y reglas compartidas, la realidad geopolítica se reorganiza cada vez más intensamente en torno a los ejes del poder duro: poder político, poder económico, poder militar, poder tecnológico y poder energético.
Davós en esta ocasión, más que un espacio de consensos, fue un termómetro de la nueva realidad. Allí se festejaron discursos, en especial el de Mark Carney que con su sentencia “Las potencias medias deben actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú”, fue la pauta para análisis coyunturales, interpretádolo como una advertencia sobre el debilitamiento del orden global tradicional y una invitación a que los países dejen de depender pasivamente de viejas reglas y comencen a construir su propia autonomía estratégica en un mundo menos predecible.
A pesar de que vale la pena un análisis profundo de ese discurso, el problema más allá de lo que debe y puede ser dicho es la brecha creciente entre el discurso y la estructura real del sistema internacional.
El retorno de la geopolítica y el fin de las ilusiones. Durante décadas, muchas democracias asumieron que la globalización económica, el comercio y la interdependencia reducirían el peso de la geopolítica clásica. Esa ilusión ha quedado atrás. Como advirtió Francis Fukuyama en sus trabajos más recientes, el orden liberal no colapsa por un enemigo externo único, sino por su incapacidad para adaptarse a un mundo donde el poder estatal, la tecnología y la identidad vuelven a ocupar el centro.
Hoy asistimos a un escenario donde: la política industrial regresa como herramienta estratégica, la seguridad energética define poder y alianzas, la tecnología se convierte en un activo al nivel de un buen ejército y el Estado o los Estados Nacionales reaparecen como actores decisivos en la seguridad y el estado de derecho para dar certidumbre.
La geopolítica ya no es solo se juega en lo territorial y político, juega en todos los terrenos estratégicos: economía, capacidad militar, ciencia, tecnología e innovación y energía.
Poder tecnológico y control del futuro. En este nuevo contexto, el poder tecnológico ocupa un lugar central. Yuval Noah Harari ha insistido en que el control de los datos, la inteligencia artificial y las plataformas no solo redefinen la economía, sino la capacidad de gobernar sociedades. Los países líderes en estos campos no solo innovan: definen reglas, dependencias y jerarquías.
La pregunta geopolítica clave ya no es únicamente quién produce más, sino quién controla infraestructuras digitales, quién domina tecnologías críticas y quién y cómo convierten conocimientos en ventajas estratégicas concretas. Y en este sentido, el concepto de soberanía, se ha desplazado e integrado a la seguridad del territorio, el control de sistemas complejos aplicado a la seguridad nacional en el interior de los países.
Energía, economía y bloques de poder. A este escenario se suma el factor energético, la transición energética, lejos de ser un proceso neutral, está generando y descubriendo nuevas asimetrías, principalmente derivadas de sus costos, regulaciones, tecnologías y capacidades de eficiencia energética. Aquí la geopolítica se cruza con la economía política: no todos los países pueden transitar al mismo ritmo ni con los mismos recursos. Y quienes no lo hagan quedarán subordinados en la nueva arquitectura global.
Democracia, descontento y regresión política. Este escenario global también impacta la política interna de las naciones, Ivan Krastev y Stephen Holmes han mostrado cómo la incapacidad de las democracias neoliberales para ofrecer horizontes creíbles de futuro, alimentaron el resentimiento, el populismo y la desconfianza institucional. Cuando el Estado no parecia capaz de proteger, anticipar, competir, regular y preservar su poder, la frivolidad generó vacíos que el electorado llenó con soluciones simplistas y liderazgos providenciales. Esta es la conexión entre la fortaleza nacional para la nueva geopolítica las crisis de las democracias contemporaneas.
El realismo que vuelve. En este punto resulta inevitable recordar a Henry Kissinger, quien advertía que el orden internacional siempre descansa en equilibrios de poder, no solo en principios. Ignorar esta dimensión no conduce a un mundo más justo, sino a sociedades menos preparadas para defender sus intereses.
El problema no es ideológico es estratégico. ¿Qué activos deben cultivar los países?. Al menos cinco resultan evidentes: Capacidades de Estado (instituciones que funcionen); Capital humano y científico; Infraestructura tecnológica y energética; Políticas Democráticas capaces de articular poder limitado, proyectos factibles y sentido social; Visión prospectiva, para dar aliento a las naciones más allá de la coyuntura y la emergencia..
El mundo ya cambió y la geopolítica no espera. La decisión es reconstruirse política, económica, social y tecnológicamente o quedar atrapados en sueños de poder, discusiones anacrónicas sin fin, polarizaciones simbólicas y en narrativas que no dialogan con la realidad. Estamos frente a una nueva arquitectura del poder mundial y nadie se podrá llamar víctima de una conspiración externa si no reacciona a tiempo, estamos más bien de frente a un llamado a evitar ser víctimas de la incapacidad para leer el mundo que hoy ya estamos habitando.
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