Cada vez más terapeutas coinciden en que las decisiones más importantes de nuestra vida —la pareja, la profesión o incluso ciertos padecimientos— pueden tener un origen anterior a nuestro nacimiento. El doctor Salomón Sellam denominó Proyecto Sentido al conjunto de emociones, deseos y expectativas que los padres proyectan sobre el hijo antes de concebirlo, durante […]
Cada vez más terapeutas coinciden en que las decisiones más importantes de nuestra vida —la pareja, la profesión o incluso ciertos padecimientos— pueden tener un origen anterior a nuestro nacimiento. El doctor Salomón Sellam denominó Proyecto Sentido al conjunto de emociones, deseos y expectativas que los padres proyectan sobre el hijo antes de concebirlo, durante el embarazo y en sus primeros años de vida.
Desde esta mirada, nadie llega al mundo por casualidad. Cada persona nace dentro de una historia emocional que, en muchos casos, responde a necesidades inconscientes de los padres o a situaciones no resueltas del árbol familiar. Así, alguien puede venir al mundo “para unir a la pareja”, “reemplazar a quien se fue” o “dar sentido a una pérdida”. Aunque nunca se pronuncien, esas ideas quedan grabadas en la memoria emocional y moldean la manera en que vivimos y nos relacionamos.
Quien nació para sostener a su madre puede convertirse en un adulto que cuida a todos antes que a sí mismo. Quien llegó para devolver la alegría quizá tema mostrarse vulnerable. Y aquel que vino tras una pérdida podría sentir que debe ganarse el derecho a existir. Son guiones silenciosos que se repiten hasta que los hacemos conscientes.
El cuerpo, desde la mirada de la psicosomática, actúa como un traductor de esos mandatos. Cuando vivimos atrapados en fidelidades inconscientes, el cuerpo empieza a hablar: con ansiedad, bloqueos o enfermedades que reflejan lo no resuelto. El síntoma, más que un castigo, es un mensaje que invita a revisar lo que se ha mantenido en silencio.
Comprender el Proyecto Sentido no implica buscar culpables ni mirar al pasado con reproche. Se trata de reconocer con madurez que, antes de tener una historia propia, formamos parte de una historia que nos precedía. Darle un lugar a ese origen nos permite distinguir qué decisiones responden a nuestros deseos y cuáles a mandatos heredados. Solo así es posible dejar de actuar desde la lealtad inconsciente y comenzar a elegir desde la conciencia.
En consulta, es común descubrir historias que se repiten sin que nadie las haya planeado. La hija que elige una profesión sanitaria porque su madre perdió un bebé y necesita “salvar vidas”. El hijo que no logra mantener una relación estable porque nació para cuidar a una madre que se sintió sola. O la mujer que no se permite ser madre porque, sin saberlo, carga con la tristeza de una abuela que perdió a su hijo. Ninguno de ellos lo decidió conscientemente; fue el guion familiar el que escribió parte de su historia.
Liberarse de ese guion no significa romper con la familia, sino comprenderla desde otro lugar. Es poder decir: “Esto me dio fuerza, pero ya no necesito seguir repitiéndolo”. Cuando entendemos que podemos honrar el pasado sin continuar sus heridas, algo dentro de nosotros se acomoda: la culpa se disuelve, el cuerpo se relaja y la vida recupera movimiento.
Cada nacimiento tiene un propósito, aunque no siempre podamos entenderlo desde la lógica. Algunos llegan para cerrar ciclos, otros para abrir caminos o dar continuidad a algo que el linaje dejó pendiente. Reconocer ese propósito personal nos ayuda a tomar decisiones más libres: elegir una carrera por vocación y no por deber, una pareja por amor y no por compensación, una vida que nos pertenezca.
Porque nacer con propósito no es cumplir un mandato, sino descubrir el sentido real de nuestra existencia. Cuando comprendemos eso, dejamos de reparar lo que fue para construir lo que puede ser. Esa, quizá, sea la forma más profunda y humana de honrar nuestro origen.
Laura Aline Pérez — Consultora e Instructora Holística
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