El actor que ganara el Oscar por ‘El beso de la mujer araña ‘ha muerto este domingo a los 71 años. Su carrera fue siempre a contracorriente, empeñado en dignificar una industria cada vez más infantilizada William Hurt consiguió definir una década entera desde su absoluto compromiso con justo lo contrario de lo que significó precisamente su […]
El actor que ganara el Oscar por ‘El beso de la mujer araña ‘ha muerto este domingo a los 71 años. Su carrera fue siempre a contracorriente, empeñado en dignificar una industria cada vez más infantilizada
William Hurt consiguió definir una década entera desde su absoluto compromiso con justo lo contrario de lo que significó precisamente su tiempo. Si el cine de los 80 se caracterizó, y así pasó a los anales de la nostalgia, por la feliz y descerebrada celebración del blockbuster, por la asunción tan trágica como irresponsable del fracaso de la revolución pretendida por el Nuevo Hollywood de Scorsese, Coppola y compañía, William Hurt no fue así.
Él se mantuvo firme para recordarnos lo que pudo ser y finalmente no fue. Cada una de las películas que marcó a fuego su carrera estuvo ahí para dejar constancia de la posibilidad de lo distinto, de la certeza de lo sublime, de la rareza de lo único.
Este domingo William Hurt murió a los 71 años y su imagen permanece indeleble asociada al personaje excesivo y desangrado de Luis Molina en El beso de la mujer araña. A él, trabajo por el que ganó el Oscar, y al de Ned Racine en Fuego en el cuerpo.
O al de Tom Grunick por Al filo de la noticia. Entre 1981 y 1988, entre el thriller algo más que sólo tórrido de Lawrence Kasdan junto a Kathleen Turner y su papel en El turista accidental, también de Kasdan y también con Turner en llamas, no hubo en Hollywood actor más contumaz en la desesperación y más amante del riesgo y de los caminos imposibles que él.
La Academia se lo reconoció nominándole de forma consecutiva en 1985, 1986 y 1987. Respectivamente, por la cinta de Héctor Babenco sobre la novela de Manuel Puig (la del Oscar), por el melodrama olvidable pese a todo Hijos de un dios menor,de Rada Haines, y por la citada Al filo de la noticia, de James L. Brooks.
Tendrían que pasar años de silencio y de enclaustramiento voluntario (o menos) lejos del ruido que siempre evitó para volver a recuperarle en el inmenso actor de carácter que siempre fue y quiso ser. A. I. Inteligencia Artificial (2001), El bosque (2004) o El buen pastor (2006) son sólo algunos de sus mejores y contados reencuentros. En 2005, David Cronenberg contó con él para Una historia de violencia y la Academia no pudo por menos que rendirse de nuevo a la evidencia.
Hurt nació el 20 de marzo de 1950 en Washington, DC. Sus padres, que poco tenían que ver con el mundo cine, se separaron cuando él tenía 6 años. Asistió a la Universidad de Tufts, donde estudió teología, antes de mudarse a la academia Juilliard para dedicarse a su vocación casi sagrada con todas las consecuencias y contra todos los dictados de su época.
Pocos actores pueden presumir de empezar en el cine de manera más sorprendente, visceral y colérica. Y entre el aplauso unánime. Su primer papel en la pantalla grande fue como el protagonista del thriller de ciencia ficción de Ken Russell Un viaje alucinante al fondo de la mente. Quizá sus efectos especiales hayan cogido algo de polvo, pero su inapelable puesta en escena sigue siendo tan audaz como magnética. Hurt hace suyo el papel de científico que se desmorona con una claridad que bien podría ser una suerte de vaticinio existencial de todo lo que vendría después.
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