La Secretaría de Cultura publicó un mensaje por el fallecimiento del actor Héctor Bonilla quien perdió la vida a los 83 años. El famoso fue egresado de la Escuela de Arte Teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes y era considerado por muchos como uno de los mejores actores de México. “Amo la vida profundamente: […]
La Secretaría de Cultura publicó un mensaje por el fallecimiento del actor Héctor Bonilla quien perdió la vida a los 83 años. El famoso fue egresado de la Escuela de Arte Teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes y era considerado por muchos como uno de los mejores actores de México.
“Amo la vida profundamente: tuve la fortuna de conocer a mi mujer, llevo 38 años de convivencia con ella, tengo a unos hijos que amo y siete nietos”.
Con esas palabras, Héctor Bonilla se describió en junio pasado, durante un homenaje en Cineteca Nacional.
Subió al escenario sin cabello, pero caminando firme y rápidamente. Aclaró que no era por el cáncer en el riñón que padecía, para el cual no existen tratamientos.
“Estoy así por un personaje de una película en la que estoy”, indicó para anunciar Más que mil palabras, su más reciente historia.
A sus 80 años el actor seguía trabajando tanto en cine como teatro, actividad última en donde colaboró en más de 120 puesta en escena, en las que fue director en alrededor de 50.
Cuando todo actor inicia, su sueño es representar a Hamlet, yo no fui la excepción; sin embargo, nunca lo hice”, dijo durante la entrega del Ariel de Oro, otorgado por su trayectoria.
Tenía 15 años y cursaba la educación secundaria cuando una maestra montó La tierra de jauja, de Lope de Rueda, en la que obtuvo un personaje a pesar de su timidez natural.
Sus padres querían que todos sus hijos fueran médicos, pero se rebeló y optó por Derecho en la UNAM, en donde también pudo combinar la práctica del futbol americano y clases en la Escuela de Arte Teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes.
“Iba a los Estudios Churubusco a ver qué salía. Me acuerdo que íbamos a las oficinas de don Alfredo, el papá de Arturo Ripstein, y nos ponían así, contra la pared a todos y pasaban y nos veían, nomás faltaba que nos vieran como caballos para ver a quién levantaban para qué papel”, recordó en una entrevista a la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas.
A fines de los 80’s, junto con Jorge Fons, levantó el proyecto Rojo amanecer, que retrataba lo ocurrido en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco.
Al rodaje llegaba sin tener aprendido bien el guion, pues estaba más preocupado en conseguir los recursos. Y fue cuando entró Valentín Trujillo para el empuje final.
Logró dirigir una película, Mónica y el profesor, de la cual sabía no quedó como estaba planeado. Pese a su experiencia actoral, la historia no saltó en la edición final.
Pero como actor, siempre tuvo mucho control, sabiendo lo que debía tocar.
Héctor formó parte del grupo disidente de casi mil actores que, a fines de los setentas, renunció a la Asociación Nacional de Actores, por temas de corrupción, para integrar el Sindicato de Actores Independientes.
Rogelio Guerra, Enrique Rocha, Claudio Obregón, Oscar Chávez y Enrique Lizaldi fueron algunos que se sumaron a la iniciativa que provocó que la ANDA se asociara con el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica y, con ello, el cierre de puerta para el SAI.
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