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Pero todo sigue igual que antes. Que entonces. 113 días después de la debacle de Lusail, la selección Mexicana de Fútbol volvió al ruedo, pero repitió los mismos yerros. Nueva era, nuevo entrenador, mismos bríos naftalinos, mismos temores de antaño, mismos vicios, mismas conclusiones y desazones. El aire tampoco es más claro en Paramaribo. El […]
Pero todo sigue igual que antes. Que entonces. 113 días después de la debacle de Lusail, la selección Mexicana de Fútbol volvió al ruedo, pero repitió los mismos yerros. Nueva era, nuevo entrenador, mismos bríos naftalinos, mismos temores de antaño, mismos vicios, mismas conclusiones y desazones. El aire tampoco es más claro en Paramaribo.
El proceso de la ‘reestructuración’, si es que tal cosa existe, comenzó de la forma más engorrosa posible: no en el glamour de los estadios inteligentes y futuristas de Estados Unidos, si no en una esas visitas fastidiosas a Concacaf de las que suelen petardear el autoestima de jugadores y entrenadores
Parece que el ‘Tricolor’ sufre de una especie de paroxismo. Eso, o es que Surinam no entendió de rituales de iniciación. Lo que para Cocca era un estreno, para los pupilos del insigne Aron Winter era una noche especial.
Una situación de todo o nada (y algunos millones de dólares de premio, si acaparan un boleto a Copa Oro). Cuando Hilterman pifió en las narices de Acevedo, más que motivo de burla, fue una señal de alerta.
La colonial y dulce Paramaribo parece un lugar idóneo para un paseo, pero es, en realidad, una trampa. El comando de Cocca se internó en la espesura de la selva surinamesa y se enredó en la maleza. Solo Alvarado y Reyes pudieron blandir los machetes, pero Roggeveen se encargó de echar las lianas.
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