Y bajo la misma negligencia de siempre De Política Alejandro Álvarez Manilla Cada temporada de lluvias en la zona centro de México parece un déjà vu: calles anegadas, avenidas colapsadas, el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) suspendiendo operaciones, carreteras fracturadas y una avalancha de baches que se multiplican como si fueran plaga. […]
Y bajo la misma negligencia de siempre
De Política Alejandro Álvarez Manilla
Cada temporada de lluvias en la zona centro de México parece un déjà vu: calles anegadas, avenidas colapsadas, el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) suspendiendo operaciones, carreteras fracturadas y una avalancha de baches que se multiplican como si fueran plaga. El cielo llueve, pero lo que inunda es la evidencia de décadas de abandono y mala planeación.
Esto no es nuevo. Desde las grandes inundaciones en la Ciudad de México a mediados del siglo XX hasta las tormentas de los años noventa que convirtieron periférico en un río improvisado, las autoridades han respondido con el mismo libreto: culpar a la naturaleza, prometer soluciones “definitivas” y anunciar obras que se estrenan con bombo y platillo… pero que colapsan al primer aguacero serio.
El AICM es un caso emblemático: cada temporada de lluvias se convierte en un escenario de caos. Retrasos, cancelaciones y pistas inundadas son la postal recurrente de una terminal que opera con infraestructura vieja, parchada y al límite de su capacidad. No es la tormenta la que sorprende, sino que un país que se precia de ser la segunda economía más grande de América Latina mantenga a su principal aeropuerto en condiciones tan vulnerables.
En las calles, los baches se reproducen como consecuencia directa de un sistema vial que se repara al vapor, con materiales de baja calidad y contratos que parecen más orientados a la foto política que a la durabilidad. Las carreteras federales y estatales no se salvan: deslaves, grietas y tramos intransitables son la norma en un país donde las concesiones privadas cobran peajes de primer mundo por caminos de tercer nivel.
El problema no es la lluvia; es la negligencia. México tiene ingenieros, estudios y tecnología suficientes para diseñar drenajes eficientes, sistemas pluviales modernos y vialidades resistentes. Lo que falta es voluntad política y una visión de largo plazo que supere el ciclo de improvisación y simulación. La historia nos ha demostrado que esperar a que pase la tormenta para actuar solo nos condena a repetirla.
El agua, en condiciones normales, es vida. En nuestro contexto urbano, se ha convertido en sinónimo de desastre por culpa de quienes gobiernan como si el clima fuera un imprevisto y no una certeza anual. Y mientras sigamos gestionando las lluvias como si fueran una sorpresa, lo único que lloverá sobre México será la misma vieja historia de siempre: promesas que se diluyen en el primer charco.
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