Por César Santomé López. Analista y consultor. Con este artículo retomaremos algunos temas que hemos abordado últimamente convencidos de que el análisis y la crítica deben alimentarse de propuesta constructiva, esa intención inspira los siguientes textos. Hoy toca el turno a la nueva geopolítica cuyo abordaje no es una hipótesis académica, ni una exageración periodística, […]
Por César Santomé López. Analista y consultor.
Con este artículo retomaremos algunos temas que hemos abordado últimamente convencidos de que el análisis y la crítica deben alimentarse de propuesta constructiva, esa intención inspira los siguientes textos. Hoy toca el turno a la nueva geopolítica cuyo abordaje no es una hipótesis académica, ni una exageración periodística, es solamente una llamada de atención a la nueva condición estructural de este mundo que ya vivimos.
La política internacional ha dejado atrás la ilusión de que la interdependencia económica por sí sola garantizaría estabilidad. El poder duro ha regresado en lo político, económico, tecnológico, energético y militar y este hecho obliga a los Estados a repensar sus capacidades si no quieren quedar subordinados mientras se construye un nuevo equilibrio global.
Durante décadas asumimos que la globalización neutralizaría los conflictos estructurales y reduciría la lógica de la geopolítica del pasado. Esa clásica premisa ya demostró ser muy frágil. Francis Fukuyama ha señalado que el problema del orden liberal fueron tanto las complicaciones globales, como su incapacidad de adaptarse a nuevas formas de poder político, estatal, tecnológico y desde luego su incapacidad de sumar a toda la sociedad en la lógica del progreso y del liberalismo económico. El mundo no regresó al siglo XIX, pero tampoco siguió la ruta lineal que muchos imaginaron.
Ante este escenario, resulta fundamental la estrategia de cada Estado Nacional para construir las capacidades necesarias para competir y convivir dignamente con un nuevo orden internacional.
Para cualquier país, sin importar si es desarrollado o no, la realidad rebasa los discursos, las declaraciones y las narrativas de soberanía. El problema real que enfrentan todos es el diseño o la adaptación de una arquitectura institucional capaz. Los invito a revisar de qué capacidades hablamos:
Primera capacidad: reconstrucción del Estado. La cambiante realidad geopolítica demanda Estados totalmente funcionales. La legitimidad electoral es solo una pieza del rompecabezas, se requiere capacidad administrativa, planeación estratégica, diplomacia profesional y continuidad institucional. Fukuyama ha insistido en que la fortaleza de un país descansa menos en su tamaño y más en la calidad de sus instituciones. Sin competencias especializadas, sin inteligencia estratégica, sin seguridad y sin desarrollo económico estable, cualquier política exterior corre el riesgo de caer en la improvisación.
Segunda capacidad: educación, investigación y desarrollo tecnológico. En el nuevo orden global, el desarrollo y control de infraestructuras digitales, datos y tecnologías críticas se ha convertido en una variable estratégica. Yuval Noah Harari ha advertido que el dominio de los datos redefine la capacidad de gobernar sociedades. Para México, esto implica invertir en formación científica, innovación tecnológica y seguridad digital aplicadas para evitar dependencias estructurales en sectores críticos para la vida nacional.
Tercera capacidad: seguridad energética pragmática. La transición energética no es neutral, ni lo será; genera nuevas asimetrías. La energía define alianzas, potencia económica, competitividad y estabilidad. Henry Kissinger señaló que el orden internacional descansa en equilibrios de poder reales, no solo en principios normativos. Una política energética de certeza técnica y de alta eficiencia no solo es atractiva en el discurso, también podría garantizar seguridad, diversificación y competitividad.
Cuarta capacidad: inteligencia geoeconómica. El regreso de la política industrial como herramienta estratégica es evidente en Estados Unidos, Europa y Asia. México, inserto en el T-MEC y en cadenas de suministro norteamericanas, necesita una visión de largo plazo que combine atracción de inversión con desarrollo interno de capacidades profesionales y productivas en todos los terrenos. La geopolítica no se aborda solo con lobistas y cancillerías que juegan en los pasillos del poder, también se juega en cadenas de valor, infraestructura, calidad, logística y formación de capital humano.
Quinta capacidad: blindaje democrático interno. La geopolítica puede impactar directamente la estabilidad interna. Ivan Krastev y Stephen Holmes han mostrado cómo la incapacidad de las democracias para ofrecer horizontes creíbles alimenta el resentimiento y el populismo. Cuando el Estado no parece capaz de proteger, anticipar o competir, el vacío lo ocupan soluciones simplistas. La fortaleza geopolítica comienza por cohesión institucional y confianza ciudadana.
La sugerencia de cinco capacidades es solo la descripción de las condiciones mínimas de adaptación estratégica. El mundo actual no siempre premia discursos grandilocuentes, premia Estados que comprenden su posición relativa y actúan con racionalidad.
La decisión para países como México es sin duda construir o reconstruir capacidades reales a riesgo de quedar atrapados en el juego global del poder frío y duro, Los países que comprenden esta transición apostarán por negociar con mayor margen de maniobra y autonomía, en el otro lado de la moneda, habrá países atrapados en dinámicas que no controlan.
Para algunos de nosotros, el futuro ya no es como lo pensábamos, la dinámica del mundo está definiéndose, para los más jóvenes, su realidad les exigirá recapacitar, con qué contamos para enfrentar realidades más exigentes, así que, lo mejor es prepararnos para el cambio, en nuestras estructuras conocidas, en la educación, en la producción, en la política, en la competitividad, en la ciencia, en la tecnología y en la sociedad, luego…luego cambiemos en el discurso.
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