Violencia cotidiana, discursos vacíos y ausencia de autoridad: el rostro actual de México Por Alejandro Álvarez Manilla La violencia, la incongruencia y la demagogia parecen haberse normalizado en nuestras calles, en nuestra política y hasta en nuestras luchas sociales. No importa el ámbito, el ciudadano común enfrenta un entorno cada vez más agresivo, donde la […]
Violencia cotidiana, discursos vacíos y ausencia de autoridad: el rostro actual de México
Por Alejandro Álvarez Manilla
La violencia, la incongruencia y la demagogia parecen haberse normalizado en nuestras calles, en nuestra política y hasta en nuestras luchas sociales. No importa el ámbito, el ciudadano común enfrenta un entorno cada vez más agresivo, donde la ausencia de autoridad y la falta de coherencia alimentan el caos.
Basta con mirar el actuar de algunos integrantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), quienes, escudados en demandas legítimas, terminan comportándose como malhechores. Lejos de construir puentes de diálogo, destruyen propiedades ajenas, atacan a quienes no piensan igual y dañan el tejido social que dicen defender. Las protestas, en lugar de visibilizar causas, acaban opacadas por la violencia y el vandalismo contra el patrimonio privado.
A esto se suma el deterioro evidente de la infraestructura urbana. Las calles de la Ciudad de México y las carreteras del país son un riesgo permanente. Baches, desniveles e irregularidades hacen que transitar por ellas sea una experiencia peligrosa, agravada por el descuido gubernamental. Ni automovilistas, ni motociclistas, ni ciclistas, ni peatones están a salvo; por el contrario, muchas veces ellos mismos alimentan la violencia vial, disputando el espacio público como si se tratara de un campo de batalla.
Todo esto ocurre ante la mirada ausente de la autoridad. Policías, inspectores y funcionarios brillan por su ausencia o su pasividad, como si ignoraran que la falta de presencia institucional solo deja espacio para el caos. El vacío de poder, tarde o temprano, lo ocupa la violencia.
En el terreno político, el panorama no es más alentador. La demagogia reina. Se dicen frases que suenan bien, que agradan a los oídos, pero que evaden las verdaderas necesidades del país. La realidad desmiente día tras día los discursos oficiales que pintan un México que solo existe en las conferencias matutinas o en los informes institucionales. El ciudadano, en cambio, enfrenta carencias, inseguridad y corrupción, mientras escucha promesas vacías.
Y en medio de esta violencia y simulación, las mujeres siguen esperando justicia real. Se habla de defensa de sus derechos, pero los feminicidios, el acoso, la desigualdad laboral y la impunidad continúan. La defensa de la mujer, tristemente, muchas veces queda reducida a declaraciones, hashtags y actos simbólicos, pero no a políticas públicas efectivas que transformen su día a día.
México enfrenta así un grave problema de coherencia social: exigimos respeto, pero agredimos; pedimos orden, pero actuamos con violencia; prometemos igualdad, pero seguimos discriminando. Mientras no exista una verdadera voluntad de cambiar este doble discurso, el país seguirá atrapado entre la barbarie callejera, el discurso político hueco y la ausencia de autoridad.
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