De Política Alejandro Álvarez Manilla Las lluvias de los últimos días dejaron 64 personas muertas y 65 desaparecidas hasta la tarde noche de este lunes, en cinco estados del centro del país. Más allá del dolor humano que toda tragedia conlleva, el saldo revela algo que no podemos normalizar: México sigue reaccionando tarde ante los […]
De Política Alejandro Álvarez Manilla
Las lluvias de los últimos días dejaron 64 personas muertas y 65 desaparecidas hasta la tarde noche de este lunes, en cinco estados del centro del país. Más allá del dolor humano que toda tragedia conlleva, el saldo revela algo que no podemos normalizar: México sigue reaccionando tarde ante los desastres naturales.
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo admitió que “no existían indicios científicos” que anticiparan la magnitud de las precipitaciones. Una declaración que, aunque honesta, pone en evidencia una fragilidad institucional preocupante: el país carece de un sistema de alerta temprana robusto, capaz de combinar datos meteorológicos, información satelital y predicción de riesgo territorial en tiempo real.
El costo de no anticipar
En esta ocasión, las tormentas se desarrollaron de forma súbita, producto de la interacción de hasta cinco sistemas meteorológicos simultáneos. Pero la explicación técnica no basta para justificar la falta de prevención.
En países con estructuras de gestión del riesgo más sólidas, la coincidencia de fenómenos como bajas presiones, vaguadas, tormentas tropicales y frentes fríos activa automáticamente protocolos de protección civil y comunicación pública masiva. En México, en cambio, las alertas llegaron horas antes y sin capacidad de respuesta local.
La Conagua, el SMN y los organismos estatales de protección civil operan con recursos limitados y coordinación insuficiente. Y lo peor: la comunicación preventiva a la población es deficiente.
No basta con saber que lloverá fuerte; hay que advertir dónde, cuándo y con qué intensidad. Las comunidades rurales, los municipios serranos y las zonas ribereñas necesitan información precisa, no comunicados burocráticos.
La ciencia existe, lo que falta es decisión
El gobierno federal anunció la creación de dos grupos científicos, uno para el Pacífico y otro para el Atlántico, con el fin de fortalecer los mecanismos de predicción. Es una buena noticia, pero llega tarde y su efectividad dependerá de si esas mesas de trabajo cuentan con presupuesto, autonomía técnica y conexión con los sistemas de emergencia locales.
Desde hace años, la ciencia mexicana ha advertido sobre el aumento de eventos meteorológicos extremos. Las lluvias que hoy lamentamos no son un accidente, sino parte de una tendencia global de variabilidad climática exacerbada por el cambio climático. La pregunta es: ¿por qué seguimos actuando como si cada desastre fuera una sorpresa?
Entre la empatía y la responsabilidad
Las imágenes de ríos desbordados, viviendas destruidas y comunidades incomunicadas reflejan la ausencia de una política pública integral de prevención.
La empatía presidencial y los apoyos inmediatos son necesarios, pero la verdadera justicia climática se construye con planeación, presupuesto y responsabilidad institucional.
Porque detrás de cada cifra hay nombres, familias y comunidades que no debieron morir por falta de advertencia. Y si algo deberían dejar estas lluvias, es la convicción de que la prevención no puede seguir siendo la parte débil del Estado mexicano.
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