La psicología del odio político Por César Santomé López, analista y consultor. El reciente estudio de Alessandro Nai y colaboradores, publicado en el European Journal of Political Research (2025), lleva un título tan elocuente como inquietante: “Ripping the Public Apart? Politicians’ Dark Personality and Affective Polarization”, cuya traducción podría ser “¿Dividiendo a la opinión pública? […]
La psicología del odio político
Por César Santomé López, analista y consultor.
El reciente estudio de Alessandro Nai y colaboradores, publicado en el European Journal of Political Research (2025), lleva un título tan elocuente como inquietante: “Ripping the Public Apart? Politicians’ Dark Personality and Affective Polarization”, cuya traducción podría ser “¿Dividiendo a la opinión pública? La oscura personalidad de los políticos y la polarización afectiva”. El hallazgo central del estudio es devastador para la teoría democrática moderna: los rasgos oscuros de la personalidad de los líderes modernos —narcisismo, maquiavelismo y psicopatía— no sólo moldean el comportamiento político, sino que profundizan la polarización emocional entre sus seguidores. Pero, y aquí está la clave, ese efecto ocurre dentro de la comunidad de creyentes: son los fieles al líder quienes más se radicalizan, no sus adversarios. Aunque, en sociedades agotadas o fastidiadas de dichos liderazgos, ya vemos cómo la radicalización puede estar en todos los bandos.
El liderazgo como espejo del deseo. Nai et al. confirman empíricamente algo que René Girard anticipó desde la antropología del deseo: no imitamos ideas, imitamos modelos humanos. Cuando el líder encarna la agresión, el cinismo o la grandilocuencia, sus seguidores internalizan esos rasgos como forma legítima de participación política —y añadiría, de conducta pública—. Este interesante estudio muestra que el “efecto oscuro” se activa sobre todo cuando hay alta proximidad ideológica; es decir, cuando el votante ya se siente reflejado en el líder. De esa forma, la relación entre representante y representado deja de ser racional y se convierte en mimética: el seguidor no sólo vota al líder, sino que desea ser como él.
Del carisma al narcisismo colectivo. Para Hannah Arendt, el peligro de la política moderna es la desaparición del espacio intermedio donde los ciudadanos pueden pensar juntos. Entonces, el líder oscuro sustituye la pluralidad por obediencia emocional: la democracia termina por pervertirse y finalmente se marchita. En otras palabras, la sociedad en su conjunto se vuelve más torpe que uno solo de sus miembros, en este caso que el líder oscuro.
El estudio de Nai et al. pone cifras a esa advertencia: el narcisismo y el maquiavelismo de los líderes refuerzan la hostilidad afectiva de sus bases, normalizando la idea de que el adversario no es un opositor, sino un enemigo. En esa dinámica, el homo politicus cede su lugar al homo tribalis, movido por emociones primarias de identificación y repulsión. Los ciudadanos modernos se convierten en miembros primitivos de la turbamulta.
La simulación del antagonismo. Jean Baudrillard diría que la política se ha vuelto un simulacro donde el conflicto es necesario para mantener el espectáculo. La “personalidad oscura” no destruye el consenso por accidente, sino porque la polarización se convierte en la mercancía más rentable del mercado político. El estudio evidencia que los votantes responden más intensamente a los líderes que exhiben rasgos dominantes, fríos o calculadores, mientras los candidatos estables o empáticos generan menos adhesión emocional. En la era del algoritmo y de la atención en las redes, la amabilidad no moviliza; el escándalo, sí.
Democracia fatigada y élites tóxicas. Ivan Krastev y Stephen Holmes hablaron de “la imitación como tragedia” en las democracias postliberales. El trabajo de Nai et al. amplía esa idea al nivel psicológico: no sólo imitamos modelos políticos, sino personalidades disfuncionales. De ahí que las democracias populistas produzcan no ciudadanos deliberativos, sino comunidades afectivas hipersensibles a la figura del líder. La investigación revela que la psicología del poder se ha vuelto contagiosa: la oscuridad —o la insultante simpleza y cinismo del líder— legitima la oscuridad y la conducta del seguidor.
Una advertencia final. Si la democracia depende de la capacidad de convivir con quien piensa distinto, la expansión del liderazgo oscuro amenaza su fundamento mismo. La “Tríada Oscura” descrita por Nai y colegas —narcisismo, psicopatía, maquiavelismo— no sólo desgarra la convivencia pública: convierte la política en un ritual de espejo, donde cada bando se odia a sí mismo reflejado en el otro. Girard lo habría llamado sacrificio simbólico; Arendt, banalidad del mal; Baudrillard, hiperrealidad del conflicto.
La evidencia empírica ya no deja lugar a dudas: el autoritarismo emocional del siglo XXI no se impone con tanques, sino con personalidades carismáticas y tóxicas que colonizan la subjetividad de sus fieles. Y, como advierte Nai et al., el peligro no proviene del adversario odiado, sino del líder adorado. En ese espejo oscuro, en el que se refleja el deseo y la imitación, se está jugando el destino de millones de personas que aún piensan que la democracia contemporánea sigue siendo buena.
En el futuro, y sin producción ideológica, tal vez las batallas dejen de ser racionalmente constructivas para volverse psicológicamente destructivas.
¿Basado en el estudio académico “Ripping the Public Apart? Politicians’ Dark Personality and Affective Polarization”, publicado en el European Journal of Political Research (2025). Disponible en acceso abierto en: https://doi.org/10.1111/1475-6765.70002
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