De Política Alejandro Álvarez Manilla El Congreso de la Unión cerró su periodo ordinario de sesiones y, con ello, vuelve a instalarse la misma conclusión incómoda de cada año: senadoras y diputados cumplen con levantar la mano, pero no con responder al país. Termina el calendario, pero no las deudas legislativas. Terminan las sesiones, pero […]
De Política Alejandro Álvarez Manilla
El Congreso de la Unión cerró su periodo ordinario de sesiones y, con ello, vuelve a instalarse la misma conclusión incómoda de cada año: senadoras y diputados cumplen con levantar la mano, pero no con responder al país. Termina el calendario, pero no las deudas legislativas. Terminan las sesiones, pero no la simulación.
El cierre legislativo DEL 2025, dejó al descubierto un Congreso que opera por inercia, atrapado entre intereses partidistas, cálculos electorales y una preocupante desconexión con la realidad que viven millones de mexicanos.
Un Senado paralizado por el cálculo político
El Senado, que debería ser la cámara de la reflexión y la contención democrática, volvió a demostrar que los acuerdos sólo aparecen cuando convienen a las cúpulas, no cuando urgen al país.
Nombramientos atorados por meses, reformas dictaminadas sin rigor, comisiones operando en automático y una agenda que avanzó a trompicones entre litigios internos y presiones externas.
La parálisis selectiva se volvió el sello del periodo. Y lo más grave: las grandes discusiones nacionales —justicia, seguridad, energía, contrapesos constitucionales— fueron evitadas o pateadas al siguiente periodo, como si el país pudiera esperar.
Diputados: mayorías que aprueban rápido, discuten poco y rinden menos cuentas
La Cámara de Diputados trabajó con una comodidad que ya no sorprende: mayoría sólida y debate mínimo.
Las decisiones presupuestales se aprobaron a toda velocidad, sin la mínima seriedad en la evaluación del impacto económico y sin abrir espacios reales para escuchar a especialistas o ciudadanía.
Lo preocupante no es que la mayoría imponga su agenda —esa es la lógica parlamentaria—, sino que lo haga sin transparencia, sin contrapesos y sin autocrítica.
Mientras las familias enfrentan inflación, pérdida de poder adquisitivo e incertidumbre económica, los legisladores aprobaron números más que políticas. Ejercicios contables, no soluciones de fondo.
Un Congreso incapaz de enfrentar los temas incómodos
El periodo que termina dejó fuera los debates que realmente importan:
- Reforma profunda al sistema de justicia
- Crisis de desapariciones y seguridad pública
- Regulación digital y de inteligencia artificial
- Política energética y transición real hacia energías limpias
- Agenda anticorrupción, hoy prácticamente desaparecida
- Estrategias para enfrentar desigualdad, informalidad y precariedad laboral
- Reglas fiscales claras y evaluación del gasto federal
El Congreso evitó estos temas porque políticamente incomodan, electoralmente desgastan y mediáticamente no suman. Pero son los que más afectan a la ciudadanía.
Un Congreso que parece vivir en otro país
Mientras el país enfrenta violencia, crisis hídrica, rezagos educativos, presiones económicas y demandas sociales crecientes, el Congreso parece operar en una burbuja, más preocupado por comunicados, posicionamientos políticos y agendas partidistas que por producir reformas útiles.
El cierre de sesiones confirmó algo que la gente ya percibe: tenemos un Congreso hiperactivo en lo mediático, pero insuficiente en resultados.
La deuda es con el país, no con las dirigencias
El receso legislativo no debe ser un paréntesis de silencio.
Debe ser un recordatorio incómodo para quienes legislan: la responsabilidad no se congela porque el pleno ya no sesiona.
México necesita un Congreso que asuma el tamaño de los desafíos actuales, que debata de verdad, que fiscalice sin miedo, que regule con visión y que legisle sin obedecer a voluntades superiores.
Ahora, lo que cierra no es sólo un periodo legislativo. Lo que cierra es la paciencia ciudadana ante un Congreso que cumple con asistir, pero no con legislar para el país que dicen representar.
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