Acusaciones, poder y el costo político para Morena De Política Alejandro Álvarez Manilla Sinaloa se ha convertido, una vez más, en el epicentro de una conversación incómoda pero necesaria sobre la relación entre poder político, crimen organizado y gobernabilidad en México. Las recientes acusaciones y señalamientos desde autoridades de Estados Unidos contra funcionarios, exfuncionarios y […]
Acusaciones, poder y el costo político para Morena
De Política Alejandro Álvarez Manilla
Sinaloa se ha convertido, una vez más, en el epicentro de una conversación incómoda pero necesaria sobre la relación entre poder político, crimen organizado y gobernabilidad en México. Las recientes acusaciones y señalamientos desde autoridades de Estados Unidos contra funcionarios, exfuncionarios y figuras políticas vinculadas presuntamente con redes del narcotráfico y otros delitos reavivan una vieja herida nacional: la sospecha de que el narco no solo corrompe instituciones, sino que puede infiltrarlas hasta sus niveles más altos.
Aunque las acusaciones provenientes del extranjero deben analizarse con responsabilidad jurídica y bajo el principio de presunción de inocencia, el impacto político ocurre mucho antes que una sentencia. En política, la percepción pública pesa tanto como los expedientes judiciales. Y en ese terreno, Morena —como partido gobernante y principal fuerza política del país— enfrenta uno de sus desafíos más complejos.
Desde su llegada al poder, Morena construyó gran parte de su narrativa en torno a la lucha contra la corrupción, el combate a los privilegios y la promesa de una transformación ética del ejercicio público. Por ello, cualquier señalamiento que vincule a personajes cercanos, aliados o emanados de sus filas con estructuras criminales golpea directamente su principal activo: la credibilidad moral.
Sinaloa no es cualquier estado. Es un símbolo histórico del narcotráfico global, cuna de organizaciones criminales que durante décadas han moldeado dinámicas económicas, sociales y políticas. Gobernar o tener influencia política en esa región implica inevitablemente enfrentar sospechas, presiones y escrutinio internacional. Sin embargo, cuando los nombres de actores políticos aparecen en investigaciones o versiones difundidas por agencias estadounidenses, el daño rebasa fronteras y se convierte en un problema de imagen para todo el gobierno mexicano.
El riesgo para Morena no es únicamente electoral, aunque ese factor será determinante rumbo a futuros comicios del 2027, en la mayor elección que habrá en el país. El verdadero peligro radica en la erosión del discurso. Si el partido en el poder no logra marcar distancia clara, investigar con transparencia y permitir que la ley actúe sin cálculos políticos, corre el riesgo de parecer aquello que prometió erradicar: una estructura donde la impunidad depende de la cercanía con el poder.
Además, Estados Unidos juega un papel crucial en esta ecuación. Más allá de intereses políticos o geoestratégicos, cuando agencias de seguridad estadounidenses exhiben presuntos vínculos criminales de actores mexicanos, también se tensiona la relación bilateral en materia de seguridad, cooperación e inversión. La percepción de un país infiltrado por el crimen puede impactar desde tratados económicos hasta confianza diplomática.
Para Morena, el desafío será doble: defender su proyecto político sin caer en la negación automática y demostrar que su compromiso con la legalidad está por encima de cualquier figura o grupo. La sociedad mexicana, cada vez más polarizada pero también más informada, observará con atención si las respuestas son institucionales o meramente discursivas.
Sinaloa hoy no solo representa un foco rojo de seguridad; representa una prueba política para el gobierno federal. Porque en un país cansado de escándalos, pactos oscuros y corrupción, la verdadera transformación no se mide en discursos de campaña, sino en la capacidad de enfrentar las crisis propias con transparencia, justicia y congruencia.
Si Morena no logra contener el desgaste que provocan estos señalamientos, el costo podría ser más profundo que una pérdida electoral: podría abrir grietas en la narrativa que lo llevó al poder. Y cuando un movimiento pierde su narrativa, comienza a perder también su fuerza. Pese a tener 25 estados gobernados por su partido. Y apoyos económicos de todo tipo, a casi la mitad de la población mexicana existe el riesgo del desdén y el rechazo, que puede empezar dentro del mismo MORENA.
Porque la traición esta donde menos se espera como con el senador Enrique Inzunza, que busca ser testigo protegido de autoridades de EUA., tal y como lo hacen los narcotraficantes detenidos en nuestro país del norte. Ya que podrá hacer cambio de trinchera, pero no de ambición, como lo dijo la saliente líder de MORENA Luisa María Alcalde en su despedida este domingo.
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