Por César Santomé López. Analista y consultor Una de las características más preocupantes de nuestro tiempo es la crisis de la política y particularmente de la democracia, pero no es lo único, detrás está la progresiva incapacidad de las sociedades para comprender la complejidad del mundo que habitan. La degradación del análisis, la simplificación del […]
Por César Santomé López. Analista y consultor
Una de las características más preocupantes de nuestro tiempo es la crisis de la política y particularmente de la democracia, pero no es lo único, detrás está la progresiva incapacidad de las sociedades para comprender la complejidad del mundo que habitan.
La degradación del análisis, la simplificación del discurso público y la sustitución del conocimiento por la opinión no son fenómenos aislados, forman parte de una transformación cultural muy profunda que está reconfigurando las bases mismas de la vida colectiva, impactará la manera de gobernar, las expectativas de los individuos y nuestro futuro.
La política contemporánea está dejando de ser un espacio de reflexión y de discusión racional objetiva. Ya no basamos la política en conocimientos, verdad y certezas, sino en emociones y posverdades. Hemos convertido el espacio público en un campo de producción simbólica donde predominan narrativas fantásticas, falsedades y pensamientos anacrónicos en los que se anclan los símbolos que el colectivo debe adorar. En este sentido, como advirtió Jean Baudrillard, la realidad ha sido desplazada por sus representaciones: el simulacro no sólo sustituye a lo real, sino que ahora organiza la experiencia social. La política, en esta lógica, deja de ser un ejercicio de comprensión social para convertirse en un dispositivo de construcción de percepciones.
Este fenómeno tiene implicaciones graves. Cuando la representación sustituye al análisis, el lenguaje pierde densidad conceptual y se convierte en instrumento de movilización antes que de comprensión. La palabra deja de explicar y comienza a operar. Umberto Eco ya advertía que en contextos de sobreproducción discursiva, la proliferación de mensajes no conduce necesariamente a una mayor claridad, sino a una mayor confusión, en la que, distinguir entre información, interpretación y manipulación se vuelve cada vez más difícil.
En este entorno, la razón pública, entendida como la capacidad de una sociedad para razonar y comprender sus asuntos a partir de argumentos, evidencia y criterios compartidos, ya está muy debilitada. Daniel Innerarity ha señalado que las democracias contemporáneas enfrentan un problema central: la dificultad de gobernar la complejidad. No se trata sólo de que los problemas sean más difíciles, sino que nuestras herramientas cognitivas, institucionales, colectivas y culturales resultan cada vez menos adecuadas para comprenderlos y procesarlos.
La consecuencia es una doble reducción: por un lado, los retos de una nación se simplifican a narrativas épicas e insuficientes y por otro lado, la capacidad ciudadana para evaluar críticamente dichas narrativas ya no existe. En ese espacio emerge una forma de racionalidad agotada y pobre que privilegia la inmediatez, el resentimiento social, la polarización y el apego a dogmas y creencias que no pasan por el razonamiento, mucho menos por el análisis.
Este proceso no tiene un origen exclusivamente institucional. Tiene raíces culturales muy diversas. Durante las últimas décadas, múltiples sociedades han experimentado una transformación en sus sistemas de valores que se han reconfigurado gracias al deterioro persistente de las economías, de la seguridad, de la salud pública, de la educación y de la reproducción cultural e ideológica de las sociedades.
Esto ha alterado la relación entre individuo, conocimiento y comunidad. El prestigio del saber experto, la ética del esfuerzo y la responsabilidad colectiva que son elementos fundamentales para la construcción de sociedades críticas y fuertes, han perdido terreno frente a lógicas de gratificación inmediata, relativización del conocimiento y desconfianza generalizada hacia las fuentes de autoridad cognitiva. No hemos sabido cómo encaminar un proceso de apropiación de conocimientos pero si uno muy efectvio de apropiación de emociones, resentimientos y odio.
En este contexto, la crítica que debería ser una herramienta de esclarecimiento colectivo es atacada desde casi todas las tribunas públicas, el análisis que exige tiempo, rigor y método, se ha desplazado por la demanda histérica de una ilusión o de opiniones instantáneas. Como resultado, la sociedad no sólo enfrenta problemas más complejos, sino que dispone de menos capacidades para entenderlos.
A esta transformación se suman factores que en el pasado no existían pero que hoy forman parte de la ecuación: la hiperconectividad, la interdependencia económica y de producción, las redes de la desinformación, la carrera tecnológica, el cambio climático, la transición energética y las crisis geopolíticas, le dan a los problemas una dimensión sistémica y transnacional.
La vida humana del presente y del futuro ya no puede ser comprendida ni resuelta desde marcos simplificadores o desde perspectivas estrictamente locales y sin embargo, padecemos cada vez más de respuestas políticas y sociales que están ancladas en el pasado, en lógicas reduccionistas y negacionistas que no corresponden a la escala ni a la complejidad de los problemas que padecemos todos los días.
En este punto, la cuestión deja de ser lo que ocurre en la élite política, es necesario ahora preguntarnos qué ocurre en nuestra sociedad. La progresiva normalización del absurdo en la política, de la violencia y la inseguridad, de la falta de salud pública, del insuficiente progreso económico y nuestra majadera indiferencia frente al deterioro institucional debemos explicarlo y plantear una solución cuanto antes. No podemos seguir delegando el pensamiento y el análisis que nos corresponde en un sistema político incapaz e ignorante, debemos poner alto al deterioro colectivo de nuestra capacidad de pensar y comprender.
Sin la capacidad aplicada de nuestra inteligencia colectiva, la política seguirá deteriorando nuestro presente y el futuro de nuestra comunidad, veremos pasar el punto de no retorno hacia una oclocracia caquistocrática donde seremos presa de relatos fantásticos y de mentiras que terminarán por destruir lo que queda de nuestra sociedad democrática.
Esto no es un artículo, es una provocación. En las siguientes entregas analizaremos la crisis contemporánea de la política como inseparable de una transformación cultural profunda, una en la que la sociedad ha dejado de pensar y ha pausado sus propias capacidades para comprender, analizar y actuar sobre su realidad, en espera del próximo mesías que nos traiga el pan y el circo a la mesa.
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